De los Mártires de Chicago a la Nueva Economía
 
   
   

De los Mártires de Chicago a la Nueva Economía
Por: Carlos Terreros

Los Mártires de Chicago, aquellos sindicalistas ahorcados el 1° de mayo de 1884, nunca se lo hubieran imaginado. Ciento dieciocho años después, en la ciudad de Lima, miles de trabajadores marchan por las calles luchando por la jornada de 8 horas laborales. Y no porque esas luchas no se hayan registrado exitosamente en el Perú, a inicios del siglo pasado, sino porque muchas cosas nuevas -la tecnología informática, el e-business, el llamado "neoliberalismo"- han cambiado la naturaleza de la economía y de las relaciones laborales.

La sociedad salarial se está derrumbando, iniciándose una era de prestación de servicios y flexibilidad laboral. La estabilidad, las 8 horas de trabajo, los seguros y las prestaciones se convierten cada vez más en palabras del pasado: conceptos anacrónicos para las nuevas dinámicas laborales que, para asegurar la competitividad, exigen una capacidad de ajuste permanente. Con razón, los sindicalistas de hoy protestan porque los trabajadores se encuentran desprotegidos como hace un siglo. Sin embargo, no se trata de un “retroceso”: al igual que en los albores de la edad industrial, se vive una época de cambios y desajustes. Ya no provocados por las máquinas, la imprenta, las altas chimeneas y las fábricas, sino por las vastas redes informáticas, las computadoras, las comunicaciones digitales y los centros de teletrabajo. La tecnología informática está cambiando las estructuras sociales y económicas. Algo nuevo va a venir.

Lo que viene, puede ser una etapa de abundancia, o una tragedia. Autores de agudas obras de análisis económico como Jeremy Rifkin (El Fin del Trabajo) o Viviane Forrester (El Horror Económico) no son muy optimistas respecto al futuro. El trabajo seguirá desapareciendo por los procesos de automatización (en el Primer Mundo) o de recesión económica (en el Tercer Mundo). La producción y las riquezas aumentará y la riquezas seguirán acumulándose. Sin embargo, los niveles de extrema pobreza aumentan dramáticamente mientras las corporaciones acumulan ganancias. Rifkin es claro sobre el destino de estas ganancias: si no se distribuyen socialmente, no habrá paz social. La crítica más avanzada reclama a lo que queda de la izquierda y a los movimientos sindicales que asimilen los cambios producidos por la tecnología y que ofrezcan alternativas que estén a la altura.

Así, los discursos reivindicativos empiezan a cambiar. Los más avanzados, ya no piden una jornada de 8 horas laborales, sino de 6 ó 4, para que se pueda repartir el escaso trabajo entre más personas y las horas de disfrute sean mayores. Incluso, ya no se pide trabajo: se pide dinero. Salarios sociales que no se fundamentan en la caridad, sino en el hecho de que toda la sociedad es la base de los procesos de comunicación -deseos, hábitos, valores- en los que se apoya la Nueva Economía. Se exige al sistema económico que se ponga a la altura de las transformaciones tecnológicas y que se cuestione la vieja ley de que es necesario trabajar para tener derecho a vivir, en un mundo donde el trabajo desaparece. Como meta, se encuentra la Era del Acceso, la utopía de la “sociedad del conocimiento” y del “ocio creativo”. Como un hito imprescindible se encuentra el reto de hacer efectiva una democratización de la riqueza y de la tecnología digital puesta al servicio del desarrollo.

 
-   Miles de trabajadores peruanos marchan por las calles luchando por la
jornada de 8 horas laborales, como si los Mártires de Chicago no
hubiesen existido. Al igual que en los albores de la edad industrial,
vivimos una época de desajustes y cambios, provocados ahora por las
tecnologías de la información
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