La Plaza de Acho

 La de Acho es la plaza de toros más antigua de América y la tercera más antigua del mundo; renovada por el Virrey Amat en 1766, fue completamente remodelada en 1946, tomando la forma que mantiene hasta la actualidad.

Según el historiador y conocedor de la tauromaquia peruana, Calmey, el nombre de Acho le fue atribuido al ruedo limeño debido a que este término significa "monte alto y escarpado en las inmediaciones de la costa, desde el cual se descubre bien el mar".

El coso tenía tribunas de madera sobre recias bases de adobe, que aún se conservan en parte, con capacidad para más de siete mil personas. Su ruedo fue respetado por los toreros, pues se caracterizaba por ser el más extenso, sin callejón y con burladeros - parapetos de madera pegados a los muros de trecho en trecho.
 
Sin embargo, para dar seguridad al torero existió, hasta principios de este siglo en el centro de la plaza, un laberinto llamado "el templador", formado con postes de tamaño de un hombre en el que se refugiaban los matadores en momentos de apremio. 

"Los cuartos" fueron otra de las peculiaridades de esta plaza, limeñísimo recurso para que personas notables presenciaran el espectáculo por una larga y achatada ventana, sin que los demás espectadores se dieran cuenta de su presencia. Por ello también era desusada la altura de la primera fila de las tribunas. 

 
Paseillo en la antigua 
Plaza de Acho
En 1946, al hacerse la transformación total de la estructura de la Plaza de Acho, se construyeron tribunas de cemento y se aumentó al doble su capacidad prolongándolas bajo el nivel del piso. El ruedo quedó reducido considerablemente y se le dio forma completamente circular a la plaza.
 
         Plaza de Acho
La reconstrucción de la plaza durante el mandato del Virrey Amat se efectuó mediante contrato con el empresario Agustín Hipólito Landaburu, estableciéndose que después de dos años la edificación pasaría a ser propiedad de la Beneficencia Pública de Lima, a cuyo patrimonio pertenece desde 1827.

Originalmente, Landaburu tenía permiso sólo para ofrecer ocho corridas al año, pero la autorización se fue ampliando poco a poco hasta que el límite desapareció. Hecho anecdótico que revela el arraigo que había tomado la afición taurina en Lima fue la queja de la autoridad eclesiástica ante el Virrey de que los limeños no concurrían a misa los domingos por asistir a las corridas, que en esa época comenzaban desde temprano.

Tales proporciones habrían tomado el ausentismo de los oficios dominicales que se tuvo que expedir una real cédula (6 octubre de 1798) que prohibía las corridas los domingos y ordenaba que se hicieran los lunes. Dicha ordenanza, sin proponérselo, causó que se estableciera en Lima, hace 170 años, la semana laboral de cinco días, pues la tradición alentaba a los limeños a prolongar el descanso dominical.
 
Desde sus comienzos, los festejos taurinos estaban ligados a la ciudad. La primera corrida en Lima, según los especialistas, se realizó en 1540 como celebración de la Pascua de Resurrección. Tuvo lugar en la Plaza de Armas y desde entonces y por muchos años continuaron corriéndose toros en ese lugar. 

El toreo estaba en ese entonces muy lejos de las reglas, formas y estilos que hoy se conocen, tenía más el carácter de una fiesta medieval, en la que los caballeros hacían gala de destreza con los rejones. 

Debido a la falta de normas había una gran variedad de suertes taurinas; los peruanos aportaron nuevas modalidades, tales como las "pallas", "cacheteros", "paralampanes", "lanzadores", etc. Algunas de éstas consideradas realmente bárbaras. 
 

Plaza de Toros de Lima (hoy Plaza de Acho), en impresionante vista
La "suerte nacional" apareció a fines del siglo XVIII y consiste en capear a caballo como entretenimiento de personas deseosas de demostrar su habilidad de jinetes. Esta suerte se convirtió luego en actividad profesional y tuvo, durante el siglo pasado, practicantes que se hicieron famosos.