Los primeros indicios de una posible tumba importante se presentaron en la misma unidad central, en el momento de alcanzar un nivel comprometido por las tumbas posteriores y remoción de los profanadores. La homogénea disposición de adobes unidos por argamasa que integra la estructura platafórmica, se encontraba alterada por un relleno de tierra. Este, formaba la figura de un rectángulo de 5 mts. de largo total y 3 mts. de ancho, por donde continuaba hacia el Este sobrepasando el límite de la unidad de excavación. Afortunadamente, las muy recientes perforaciones clandestinas, interrumpidas por nuestra presencia, quedaron en la parte superior y sólo la más profunda de ellas pasó de largo rozando apenas el extremo Norte del rectángulo.

Al llegar a las vigas carbonizadas del techo, nuestro personal debió mantener especial cuidado en definir improntas y huellas. Finalmente, pudieron apreciarse en toda su disposición y detalles las características y espesor de los maderos casi inexistentes, formando una trama original de diecisiete vigas transversales que corren paralelamente de Norte a Sur y apoyan sus extremos sobre dos pares laterales. Se trataba de maderos rústicos con una longitud variable entre 3.50 y 4 mts. y un espesor de8 a 20 cms., ligeramente separados uno del otro entre 10 y 20 cms. Por la curvatura, nudosidades y algunos restos en barro húmedo, podrían considerarse como troncos de algarrobo, árbol de madera fibrosa y resistente, típico de la Costa Norte. La superficie de todo el techo mostraba un fuerte hundimiento de hasta 30 cms. en la sección central, donde algunas vigas dejaron seNales de fracturas y asomaban partes de unas extrañas cintas de cobre que despertaron las más variadas conjeturas del grupo.

La mayor sorpresa y quizá el momento más importante de toda la excavación, nos esperaba al extremo Sur. Retirando con cuidado una concreción de barro, al fondo de un espacio vacío, un pequeño y diminuto rostro de oro plantó su enérgica mirada. Tratábase de una figura humana central de una oreja de oro, sin duda el objeto de arte más bello y delicado del conjunto y, probablemente, el mejor exponente de orfebrería Mochica conocido hasta la fecha.

Los restos de quien comenzó a ser llamado "El Señor de Sipán", en alusión a su evidente rango, se encontraban orientados cardinalmente con mucha exactitud: la cabeza hacia el Sur y los pies hacia el Norte. El mayor problema que debió afrontarse era la mala conservación de los objetos de cobre, fuertemente afectados por la oxidación. Muchos de ellos se encontraban en total proceso de desintegración y resultaba prácticamente imposible movilizarlos sin un tratamiento previo efectuado con consolidantes acrílicos aplicados a pincel para evitar una adhesión masiva de objetos individuales. En algunas piezas, este proceso sólo podía efectuarse por un lado y en varias aplicaciones sucesivas para garantizar su integridad y posterior movilización hacia un tablero cuadriculado que correspondientemente reproducía con exactitud la ubicación de cada especie o fragmento. Pese al considerable tiempo y esfuerzo que se debía invertir, se era a la vez consciente de que constituía esta la única manera de facilitar su interpretación, futura restauración y restitución museográfica como conjuntos unitarios.

Las representaciones principales se repiten con notable exactitud debido a su confección sobre un molde bivalvo común, llamando la atención el burdo acabado superficial con rebordes, imperfecciones y faltas de retoque o bruñido antes de la cocción. Todo parece indicar que estas vasijas, de apresurada manufactura en serie y sin huellas tangibles de uso, fueron fabricadas única y exclusivamente para depositarse como ofrendas, cumpliendo un importante requisito de cantidad.