Del poemario "Las Imprecaciones" - 1955


Yo soy el desterrado

 

América,

a mí también debes oírme.

Yo soy el estudiante pobre

que tiene un sólo traje y muchas penas.

Yo soy el provinciano

que no encuentra la puerta en las pensiones.

Te digo en las calles,

y en las azoteas y en las cocinas,

y al fin de cada día y en mi pecho,

algo se está muriendo.

 

A mí también debes oírme.

Yo soy el desterrado,

yo vagué por las calles

hasta que los perros cerraron sus alas

sobre mi corazón.

 

Acuérdate, acuérdate de mí.

Hay días

que no tengo ganas de ponerme los ojos,

días en que los pájaros

se pudren en mitad del vuelo.

Ay, orgullosa,

a ti no te hablaron de cuartos inmundos,

tu no sabes lo que es vivir con una mujer

que zurce la ropa llorando.

Porque durante siglos los poetas callaron,

y en el silencio sólo se escuchaba

un susurro de abejas que sonaba.

Pero un día ya no se pudo más,

y el dolor comenzó a mancharlo todo:

la mañana,

el amor,

el papel donde cantábamos.

Un día el dolor empezó a gotear desde abajo,

daban los muros gritos desgarradores,

una mano amarguísima derribó mi pecho.

Ahora vengo a ti gimiendo,

aquí está mi voz encarcelada,

aquí estoy yo, debajo de esta frente, derrumbado.