Prosas Apátridas

(fragmentos)

Los dos barrenderos franceses de la estación de metro, con sus overoles azules hablando en argot, gruñendo más bien, acerca de su trabajo. ¿En qué los ha beneficiado la Revolución Francesa? Escala ínfima de los ferroviarios. Inútil preguntarles qué opinan sobre la guerra de Vietnam o la fuerza nuclear. Son justamente los tipos que hacen fracasar los sondeos de la opinión pública. ¿Culpa de ellos? ¿culpa del sistema? Cabe pensar que la Revolución Francesa, toda revolución, no soluciona los problemas sociales sino que los transfiere de un grupo a otro no siempre minoritario. Este endoso no se produce necesariamente en el momento de la revolución, sino que puede diferirse durante años y decenios. Es cierto que 1789 produjo la burguesía más inteligente del mundo, pero al mismo tiempo miles de epiceros, de conserjes y de barrenderos de metro.

Lo fácil que es confundir cultura con erudición. La cultura en realidad no depende de la acumulación de conocimientos incluso en varias materias, sino del orden que estos conocimientos guardan en nuestra memoria y de la presencia de estos conocimientos en nuestro comportamiento. Los conocimientos de un hombre culto pueden no ser muy numerosos, pero son armónicos, coherentes y, sobre todo, están relacionados entre sí. En el erudito, los conocimientos parecen almacenarse en tabiques separados. En el culto se distribuyen de acuerdo a un orden interior que permite su canje y su fructificación. Sus lecturas, sus experiencias se encuentran en fermentación y engendran contínuamente nueva riqueza: es como el hombre que abre una cuenta con interés. El erudito como el avaro, guarda su patrimonio en una media, en donde sólo cabe el enmohecimiento y la repetición. En el primer caso el conocimiento engendra el conocimiento. En el segundo el conocimiento se añade al conocimiento. Un hombre que conoce al dedillo todo el teatro de Beaumarchais es un erudito, pero culto es aquel que habiendo sólo leído "Las Bodas de Fígaro" se da cuenta de la relación que existe entre esta obra y la Revolución Francesa o entre su autor y los intelectuales de nuestra época. Por eso mismo, el componente de un tribu primitiva que posee el mundo en diez nociones básicas es más culto que el especialista en arte sacro bizantino que no sabe freír un par de huevos.





Dichos de Luder

(Recopilado por Julio Ramón Ribeyro)

- ¿ A qué te dedicas ahora ? -le preguntan a Luder-
- Estoy inventando una nueva lengua.
- ¿ Puedes darnos algunos ejemplos ?
- Sí: dolor, amistad, libre...
- ¡ Pero esas palabras ya existen !
- Claro, pero ustedes ignoran su significado.

- Estoy preocupado - dice Luder -
he leído que nuestro nuevo Presidente no fuma,
ni bebe, ni juega, ni enamora.
- ¿y qué ?
- Me espantaría ser gobernado por un hombre que haya ganado un premio de virtud.

- Si me quejo a menudo de mis males
no es para que me compadezcan - dice
Luder - sino por el infinito amor que le tengo
a mis semejantes. Me he dado cuenta que la
gente duerme más tranquila arrullada por la
música de una desgracia ajena.

Ribeyro -según cuentan sus más íntimos amigos- era un hedonista confeso y frustrado. Observador irredento que tenía la capacidad de describir con asombrosa agudeza y economía de palabras lugares, hechos, y personas imborrables; los cubiertos sucios y pegoteados después de la jarana, la pelea de una pareja de enamorados en la vía pública, el pasajero que viaja a su costado en el avión, el homosexual de clase alta que trata de levantar a un sujeto en un bar de la Costa Azul.