Me olvidaba contar que, para poder pagar mi universidad, tuve que cubrir algunas licencias por maternidad de algunas profesoras
y que, en el momento de la huelga, por la mañana enseñaba en el colegio 6063 y en tarde en el Pronoei. También recuerdo
a la Vilcachagua, la cual saba que yo era la dirigenta de las animadoras y me ofreció darme un contrato y hasta conseguirme
un puesto seguro en algún colegio, tratando de convencerme de que los que impulsaban esa huelga eran politiqueros. Yo la
rechacé. Por supuesto, no pude volver a enseñar en un colegio después del término de la huelga. Pero tengo
la satisfacción de que cuando se levanta la huelga la Vilcachagua les promete a los dirigentes y a las animadoras que no
habría represalias, pero ponía como condición que no volvieran a enseñar en el Pronoei. Recuerdo como todas las compañeras
le dan la espalda a la Vilcachacgua y todas por unanimidad acuerdan continuar la huelga si es que Vilcachagua no me reincorpora
al Pronoei. No tiene más remedio que aceptar y puede terminar el año escolar en mi Pronoei.
Sin trabajo y con la presión de mi madre porque no ayudaba en nada a la casa, que por ayudar esa huelga ya no me
darían más licencias, habiendo dejado y perdido el ciclo de estudios por estar en la huelga y luego descubrir
más tarde que en cada toma estarían los partidos políticos y luego recordar que unos profesores me
invitaban a algunas reuniones "internas": después con toda la presión de mi familia, con cientos de profesores
subrogados, con algunos compañeros presos, me sentía frustrada, sin haber logrado algo. Tenía sólo el
consuelo de mi siempre paciente enamorado. Cumplíamos ya cinco años de enamorados y era la adoración de mi
madre, el hombre ideal para el matrimonio.
Decidí entregarme a él, tener un hijo. Tenía la intención de tener un niño. No lo puedo entender, pero
quería un hijo para formarlo y educarlo y darle todo lo que yo no pude tener: una familia con un padre ejemplar. Salgo
embarazada. Yo no quería casarme, e incluso no quería que Gustavo se responsabilizara de mantenerlo, pues
Gustavo pasaba por problemas económicos. Era el mayor de siete huérfanos y su padre estaba en la carcel;
tenía una hermana embarazada que mantener. En fin, toda una familia bajo su responsabilidad. Yo ya era demasiado.
Buscaba trabajo, pero no encontraba y, para remate, el embarazo me agarra con una fuerte anemia, producto de las ollas comunes
y un mal de los riñones. Me tumba a la cama y mi hermano descubre que estoy encinta. Se crea un caos familiar. Mi madre me llora
y me reprocha ese hijo. Me dijo que si ella no pudo casarse de blanco su hija tenía que hacerlo; mis hermanos me
querían matar a golpes. Mi hermano menor me martirizaba en mi casa mientras estaba enferma. Nadie me perdonaba haber
perdido el trabajo y dejado la universidad por una huelga que no tuvo frutos visibles. Me echaban en cara que yo había sido
utilizada por los políticos. Mientras estaba en cama me preguntaban: ¿Dnde estáán tus amigos ahora que vas a tener
un hijo?