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| Inauguración de la Casa de José Carlos Mariátegui "La Casa de Washington", publicado en el Suplemento "Dominical" del Diario El Comercio |
La Casa de Washington
Aunque parezca onirismo desiderativo, la "Casa de Washington",
la noble morada que habitara José Carlos Mariátegui en los
cinco últimos y más fecundos años de su vida, ha sido
recuperada como bien público, aligerada de los precarios habitantes
que por años la invadieron y tugurizaron, y está en proceso
de reconstrucción. En la fecha natalicia, 14 de junio, o dentro del
año calendario del Centenario del Amauta, abrirá sus puertas
como Casa-Museo, y centro de estudios e investigaciones mariateguianas.
Es el principal aporte del Gobierno a la conmemoración del Centenario
Limitado el movimiento voluntario como consecuencia de la amputación
de la pierna derecha, José Carlos Mariátegui se organizó
espacialmente en la Casa de Washington, de modo tal que podía permitirse
una rutina doméstica provechosa y agradable. "Mudadas mis condiciones
físicas", escribió, fue adquiriendo "gustos sedentarios",
tan distintos a los de la época de su adolescencia literaria. "En
mi época de diarista -declaró-, escribía en cualquier
parte y a cualquier hora". En la casa sintió la necesidad de
un "gabinete de trabajo". Ahí encontró escenario
su vida familiar, social, política etc. Esa Casa fue el cuartel general
de su trabajo de escritor y editor; ahí estaba la oficina de la revista
Amauta y desde ahí se despachaban los números, las suscrip-ciones
y el canje.
Anna Chiappe le aligeraba del manejo económico y le graduaba "el
ruido doméstico", sin anularlo totalmente puesto que José
Carlos disfrutaba de la compañía espontánea y bulliciosa
de sus hijos, entonces pequeños, alrededor de él. La casa
se compone de un "hall" de entrada, un escritorio a la izquierda
y una amplia sala frente a la puerta de entrada. Ahí estaba la biblioteca,
conformada por una gran variedad de libros, revistas y periódicos,
coleccionados sin orden en sencillos estantes; la biblioteca fascinaba a
dos bibliófilos consagrados como Jorge Basadre y Honorio Delgado.
Basadre recordaba que "en su biblioteca se podía encontrar libros
y periódicos sobre temas literarios, políticos y sociales
que en ninguna otra parte de Lima había"; Delgado estaba sorprendido
por lo bien informado que estaba José Carlos sobre los movimientos
de vanguardia europeos, las ciencias sociales y la psicología profunda,
en especial el psicoanálisis freudiano.
Al fondo de la sala, en ángulo recto entre las dos paredes a la izquierda,
se encontraba "el rincón rojo", un ambiente formado por
un mueble con las paredes empapeladas de ese color, con asientos de cuero
en la parte baja y una repisa donde estaban algunos objetos, mates burilados,
huacos y fotografías. Basadre describe con precisión los detalles
de esta Casa sobria, sin adornos ni muebles de más. Se exhibían
en la Casa algunos cuadros, principalmente de José Sabogal, Julia
Codesido y Camilo Blas, entre otros pintores, mayormente de la "corriente
indigenista". Algunos eran cuadros obsequiados por los artistas y que
por tanto pertenecían a Mariátegui; pero la mayoría,
eran cuadros colgados en las paredes de la casa "como exhibición,
en busca de comprador". Nada le agradaba más a José Carlos
que ofrecer las paredes de su casa a los artistas amigos y colaborar en
la venta de los cuadros.
Recibía a los amigos al final de la tarde "porque reservaba
celosamente para su propio trabajo o para entrevistas especiales las horas
que otros gastan en oficinas". Los visitantes, si eran pocos, lo encontraban
sentado en el sofá, con una manta que cubría la parte inferior
del cuerpo: "Vestía un sencillo e impecable traje, e invariablemente
lucía una corbata de lazo". Cuando convergían varios
grupos, se dispersaban por la gran sala, entre el "rincón rojo"
y los restantes espacios: entonces José Carlos, en la silla de ruedas
que él mismo manejaba, se desplazaba con contagiosa alegría
entre los grupos, participando en la conversación y animando los
comentarios. No era un "salón literario", puesto que la
animaba "una conversación libre de banalidad y expansiva biografía",
con su dueño siempre dispuesto a escuchar, participando "con
agudas y ágiles observaciones". Mariátegui recibía
a sus visitantes "tranquilamente con una sonrisa de sus labios delgados
que no era convencional ni afectada. Sus ojos negros, brillantes en su macerado
rostro color café claro, llamaban la atención. Sus rasgos
eran afilados y su grueso y negro cabello estaba siempre cuidadosamente
peinado, aunque a veces un mechón bohemio caía sobre su frente"
(todo el texto entre comillas corresponde a Basadre, principalmente al Prólogo
que escribiera para la traducción al inglés de 7 ensayos,
Universidad de Texas, 1971).
Escritores, artistas, estudiantes y obreros iban colmando la sala, a los
que se agregaba, en los últimos años, visitantes del exterior;
los concurrentes se unían libremente o por afinidad, para participar
en una tertulia abierta. No faltaban las notas de humor, en las que destacaba
el propio Mariátegui, quien era un ironista consumado; frecuentes
carcajadas indicaban que no todos los temas conversados eran necesariamente
solemnes. Los interesados por los aspectos políticos y sociales y
el grupo cercano de colaboradores de José Carlos permanecían
hasta la noche. "La esposa de Mariátegui -escribe Basadre- aparecía
ocasionalmente de regreso de compras o del correo. Sus hijos no eran exhibidos
con la infatigable complacencia típica de muchos hogares que desean
hacer ver su vida privada".
Esta Casa fue el escenario de la aparición de Amauta, en 1926, de
7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, en 1928, de Labor
en 1929. Ahí se vivió también la clausura temporal
de Amauta y en ella tuvo lugar el "asalto a Washington izquierda"
que tan gráfica y expresivamente describe César Miró
en un hermoso opúsculo.
El Paseo Colón dividía el Jirón Washington en "izquierda"
y "derecha". La Casa queda en Washington izquierda, Nº 554.
En junio de 1925, antes de partir a la Quinta de Reposo del Dr. Luis Pesce,
en Chosica, se produjo el traslado de José Carlos de Leuro a Lima,
a Washington izquierda. En septiembre de ese año, se instaló
teléfono: 2404. Gran comodidad para la comunicación, pero
que redujo hasta casi desaparecer la correspondencia semanal de Mariátegui
con Ricardo Vegas García, Jefe de Redacción de Variedades.
Es interesantísimo ese carteo, conservado en el Instituto Porras
Barrenechea de San Marcos, hoy reunido en Correspondencia de José
Carlos Mariátegui, 2 tomos (Empresa Editora Amauta, 1985), esperando
quien estudie la metodología de la producción intelectual
de un gran periodista, la selección de los temas, el cuidado en las
ilustraciones, en fin, el grado de responsabilidad asumido por el escritor
con el público lector.
Volviendo del personaje habitante a la Casa misma, conviene leer a César
Miró: "Transcurridos estos años, vuelvo a ver el rostro
de José Carlos en su tertulia de Washington izquierda. Y siento lo
mismo que puso en marcha mi inquietud cuando todo me decía que algo
estaba ocurriendo en esa casa. ¡Qué clase de amanecer inesperado,
qué luz diferente nos descubría ocultos compromisos del hombre!
Era como si hubiera llegado, en esa hora que no señalaban nuestros
relojes, álguien portador de un mensaje que todos, sin embargo, estábamos
esperando..."
Esa Casa fue testigo también de la crisis final de la enfermedad
y ahí se velaron los restos y partió su sepelio, el 17 de
abril de 1930, en hombros de escritores, estudiantes y obreros, en gran
grupo que fue engrosándose con miles de acompañantes conforme
se extendía por el Paseo Colón hasta la Plaza de Armas, donde
subió por el Jirón Ancash con dirección al Cementerio
Presbítero Matías Maestro. Pero este es ya un recuerdo triste,
y la tristeza no debe nublar estos días de júbilo en que asistimos
nada menos que a la reconstrucción de la Casa de Washington izquierda,
la Casa de José Carlos Mariátegui. [J.M.]
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