| Existen
personas a las cuales escuchar hablar en jerga, o escuchar una
palabra recién inventada o desviada de su uso "normal",
les produce urticaria. Les molesta. En el peor de los casos,
incluso les duele. "No maltraten el idioma", dicen.
No sólo lo dicen: lo exigen. Como si el lenguaje fuera
una copa de cristal que debe tocarse con muchísimo cuidado,
con suma corrección, porque se puede manchar o romper.
Una de estas preocupadas personas es el intelectual Marco Aurelio
Denegri, quien ha desarrollado la extraordinaria capacidad -erigido
en un insobornable policía de las palabras- de leer poesía
como si fuese un artículo periodístico, atento
a las incorrecciones idiomáticas.
Sin embargo,
el lenguaje es algo en permanente movimiento y transformación:
el español jamás se habría formado desde
el latín -el ser humano jamás habría
abandonado las primeras onomatopeyas- si no fuese así.
Un poeta peruano -experto en inventar palabras que hasta ahora
ha dejado turulatos a los investigadores- salió al
paso de las críticas afirmando: "La gramática,
como norma colectiva en poesía, carece de razón
de ser. Cada poeta forja su gramática personal e intransferible,
su sintaxis, su ortografía, su analogía, su
prosodia, su semántica. Le basta no salir de los fueros
básicos del idioma. El poeta puede hasta cambiar, en
cierto modo, la estructura literal y fonética de una
misma palabra, según los casos".
Lo que
nos dice César Vallejo es que el poeta puede jugar
con el idioma. Pero, ¿sólo el poeta puede hacerlo?
En un manifiesto pro-spanglish, se lee: "Todos podemos
inventar palabras, no sólo los científicos,
políticos y publicistas". Suena democrático.
Además, describe la realidad: es lo que pasa. Alguien
tiene una ocurrencia feliz, que es repetida por otra persona:
si sirve para comunicar -y si pega- se forma una bola de nieve
que terminará en la oficina de la Real Academia. Allí,
los nobles funcionarios tendrán que elegir entre la
norma y la innovación, entre la vida y la muerte del
idioma español. Recordarán las lenguas muertas
habladas por los grandes pueblos, y les dará miedo.
Porque lenguaje que no se atreve a probar la impureza de la
transformación, se detiene. Por supuesto, el lenguaje
tiene reglas. Pero, como en todos los juegos, éstas
reglas pueden ser quebradas, incentivando el juego, haciéndolo
más interesante o transformándolo radicalmente.
La jerga
del Callao seguramente no es la misma que se usa en Ate Vitarte
o en Villa El Salvador. El spanglish, por otro lado, hablado
por la comunidad latina en EE.UU., ha generado tantas simpatías
como enemigos. Algunas de sus palabras -glassos, por ejemplo-
recuerda al "Nadsat", el idioma -mezcla de ruso,
inglés y español- que el escritor Anthony Burgess
inventó para que sea hablado por los chicos malos de
"La Naranaja Mecánica". El lenguaje es una
señal de identidad, y las jergas no son cosa distinta.
Vienen a ser sublenguajes dentro de un mismo código
lingüístico. Pueden identificar a grupos sociales,
a barrios de una ciudad, a gremios profesionales, a subculturas
urbanas... Lo que importa, siempre, es que sirva para comunicar.
También -para los estetas- puede ser importante que
suene bien.
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