NI SE CREA NI SE DESTRUYE ... 
Algunos comentarios en torno a ``La destrucción del lenguaje''1

Miquel Vidal
Luis Pueyo



Antes de nada, queremos dejar claro que compartimos el texto como expresión política, nos sumamos a su preocupación por la banalización del lenguaje, a su crítica al imperio de la opinión y del Espectáculo y su denuncia de la falta absoluta de ideas que nos rodea. Si el escrito fuera sólo eso, no habría nada que objetar, al contrario: habla de cosas justas que pueden ser herramientas muy útiles de discutir en términos de acción política.

El problema que le vemos al texto y lo que nos ha llevado a escribir estas líneas es su pretensión teórica. Justo es reconocer que el artículo que comentamos va por caminos menos trillados de lo habitual, pero se queda a medio cocer. Y es que no se puede ir demasiado lejos sirviéndose sólo de ciertos prejuicios que no ayudan, antes al contrario, dificultan cualquier aproximación interesante --es decir, relevante-- al estudio del lenguaje en sociedad. Aunque es cierto que un prejuicio no tiene por qué ser necesariamente falso (simplemente puede no estar avalado por las pruebas disponibles), nos vamos a referir a tres de ellos, que sí consideramos verdaderos ejemplos de ``absurdos convencionales'': 1) el rechazo a la idealización en ciencia; 2) la equiparación entre lenguaje y pensamiento, y 3 el (actual) empobrecimiento e incluso la destrucción del lenguaje y, por ende, del pensamiento.
 

La necesidad de la idealización

Empecemos con la crítica al ceteris paribus --es decir, la necesidad de idealización de la ciencia--, un lugar común de toda crítica humanista y que probablemente es una de las razones principales del estancamiento y la postración en que se encuentran desde hace mucho las disciplinas llamadas de letras. En el texto se tiende a confundir las exigencias del método científico --por ejemplo a la hora de estudiar el lenguaje-- con quienes intentan extrapolar ese método a la ideología. Extrapolarlo para tratar de reconducir las acciones humanas (poesía, política, comunicación o lenguaje) es un evidente (y, denunciable, como hace el texto) ejercicio de ideología; aplicarlos a un objeto de estudio (por ejemplo, al lenguaje humano o a los cuerpos en movimiento) y obtener resultados significativos (la gramática universal o las leyes de la mecánica) es hacer ciencia. Denunciar la manipulación ideológica de los media no requiere ninguna formación especial, cualquiera con sentido común puede (y debe) hacerlo; explicar la afasia o dilucidar las reglas y algoritmos con los que un niño adquiere el lenguaje sólo es posible mediante una preparación previa y un método muy estricto.

Creemos que mantener esta distinción es fundamental cuando se quiere hacer algo más que emitir opiniones (por muy justas que sean estas) y hacer un trabajo teórico, al menos tan fundamental como saber localizar el objeto de la crítica para que esta no sólo sea simple flatus vocis. El conocimiento científico necesita la idealización. Por ejemplo, sería excesivo criticar a Newton o a la física clásica en general porque reduce las leyes del movimiento a fórmulas que sólo se cumple en condiciones ideales (sin rozamiento, sin gravedad). Tampoco se le puede reprochar a Marx el monumental trabajo de abstracción que realizó para formular la ley del valor o para explicar cómo funciona el capital. En ambos casos --mecánica y economía política-- hubo resultados extraordinarios, verificables. Era pues un método adecuado para la explicación de su objeto. Análogamente, los lingüistas trabajan con formas idealizadas del lenguaje, para dar cuenta de los procesos de adquisición del mismo y explicar las reglas que lo rigen. No tratan con ello de alejarse de lo real, sino de explicar su objeto de estudio: ``Juzgar es fácil, lo difícil es lograr la explicación'', escribió un joven e inspiradísimo Hegel en el prólogo a la Fenomenología del espíritu.

De modo que la idealización en ciencia no es un problema, sino una necesidad. A esta máquina de abstracción se la denomina ceteris paribus --``si lo demás es igual''--. En las ciencias exactas, el ceteris paribus es una herramienta indispensable. A los físicos se les deja trabajar, nadie les critica que no den cuenta de fenómenos reales --por ejemplo, la extraña parábola que imprimía Cruyff al balón en sus centros de rosca-- y que en cambio se empeñen en estudiar espacios de miles de dimensiones o partículas inexistentes para nosotros y encima mediante ecuaciones complejas y no con hexámetros latinos, como hacía Lucrecio dos mil años atrás (aunque los cuánticos usen también metáforas y juegos de palabras para nombrar a sus escurridizas partículas). Es evidente que la física, tal y como se concibe desde Galileo y Newton, es muy eficaz para explicar su objeto y, lejos de empobrecer con su rigor y su idealización, ha expandido el pensamiento. Nos atreveríamos a decir que los grandes pensadores del siglo XX no han sido filósofos ni gente de letras: han sido físicos como Einstein, Heisenberg, Schrödinger, Prigogine, Hofstadter, Gell-Mann... Ellos, junto a biólogos o a matemáticos, han planteado los grandes problemas metafísicos de nuestro tiempo, los límites de nuestro saber y de nuestro modo de ver el mundo.2 Lamentablemente, en las ciencias humanas, mucho más blandas intelectualmente, nos encontramos con una gran resistencia y desconfianza hacia la idealización, y una ignorancia absoluta del ceteris paribus, lo cual están pagando con creces pues impide cualquier construcción teórica fuerte en esos ámbitos.
 
 

Lenguaje y pensamiento

El texto le da un peso determinante al lenguaje a la hora de configurar el pensamiento, llegando a afirmar de modo taxativo que ``no hay pensamiento sin lenguaje''. Se trata de una opinión muy extendida, pero falsa. Esta idea representa un ejemplo paradigmático del ``absurdo convencional'' y conduce a muchas apreciaciones equivocadas sobre el lenguaje. Evidentemente, no es que el lenguaje no importe: el lenguaje es un modo muy eficaz de expresar el pensamiento, pero no es condición imprescindible para que haya pensamiento, por mucho que esta afirmación resulte asombrosa en una cultura tan logocéntrica como la nuestra. Los estudios más recientes procedentes de las ciencias cognitivas (lugar de encuentro de psicólogos, lingüistas y neurocientíficos) más bien demuestran que no pensamos exclusivamente con la ayuda del lenguaje. Hay análisis rigurosos realizados con afásicos --o sea, personas privadas o desprovistas de lenguaje-- que han conseguido volver a hablar y que entonces describen lo que han vivido como un pensamiento consciente sin lenguaje, no muy diferente al de cualquier persona sana, a pesar de que (y en esto son unánimes) no tenían más palabras en el interior que en el exterior.3 Otro hermoso ejemplo nos lo recordaba recientemente Steven Pinker con respecto a Einstein, quien decía razonar combinando imágenes mentales de ``tipo visual y muscular''. Al parecer, sólo cuando Einstein se veía capaz de reproducir a voluntad una secuencia crucial de su juego mental se dedicaba ``laboriosamente'' a buscar palabras y símbolos para comunicar su idea a otros.
 
 

La destrucción del lenguaje

Es una tópico recurrente desde dios sabe cuándo que ``cada vez se habla peor''. De nada sirve que la lingüística sostenga que ninguna lengua actual difiere sustancialmente de la que hablaban los hombres y mujeres de la Edad de Piedra: cada tanto, en todo tiempo y lugar, alguien se ve obligado a advertirnos del peligro del progresivo empobrecimiento de la lengua o, como en este caso, de la destrucción del lenguaje. El aviso puede venir de posiciones reaccionarias (``el contacto entre lenguas corrompe el lenguaje'', ``los jóvenes están perdiendo vocabulario'', etc.) o políticamente radicales (sociológicas, ilustradas o preocupadas por la manipulación lingüística, como el texto que nos ocupa).4

Se puede manipular el lenguaje si entendemos como lenguaje ``el cómo decimos las cosas'', es decir, la parte estilística del lenguaje, la que algunos llaman parte connotativa.5 Poetas y publicistas han sido dos grandes grupos de manipuladores. Pero manipular no es empobrecer: manipular es empaquetar el pensamiento del modo más eficaz a nuestra intención.

Connotar, pues, es usar signos y referencias culturales, más o menos colectivos, es decir, lo que hay. Si no hay más no usaremos más, si parece que las connotaciones se han simplificado o se han reducido, lo que ocurre es que el mundo de los hablantes es menos complejo.

Dicho de otro modo: que un sistema de valores socioculturales se simplifique, implica que el lenguaje, que es uno de sus vehículos, también se simplifique en algunos de sus subsistemas. No al revés, nadie puede empobrecer una lengua que necesita expresar mundos más complejos que el precedente. Nadie, por mucho poder que tenga y por mucho que se empeñe (véanse los vanos intentos de las academias de la lengua), puede impedir la creación o importación de palabras nuevas, el uso de sinónimos, de la ironía o de cualquier otro recurso estilístico.

Los sistemas lingüísticos no pueden empobrecerse o enriquecerse a voluntad, responden a la realidad de la que se tienen que ocupar, de la que dan cuenta. El lenguaje podría ser visto --así lo plantea el físico cuántico Gell-Mann-- como un sistema complejo adaptativo, al igual que la evolución biológica. De este modo, el lenguaje interactuaría con el medio (en este caso, la realidad del hablante) y confrontaría diversos esquemas; aquel esquema que mejor se adapta al fin que debe cumplir (en este caso, la expresión del pensamiento) seguirá adelante y los demás serán desechados.

Desde este punto de vista no cabe hablar de intencionalidad en la evolución lingüística, sería como hacer plantamientos finalistas en el campo biológico. Las lenguas sólo responden al medio, es magnífico ver cómo mutaciones aleatorias (el leísmo, la creación o destrucción de una palabra...) son premiadas o desechadas por todo el complejo medio que los ``valora'': cerebros, comunidad, cultura...La lengua, pese a quien pese, es una construcción colectiva, un bien común cuyos cambios ``varían con la dirección del viento'' (Darwin), no son obra de intelligentsia alguna, y su adquisición es una cualidad biológica de la especie humana, no una prebenda del Gran Hermano. Por supuesto, es posible la extinción de la especie humana tal y como hoy lo conocemos o bien su autodestrucción: sólo así es posible concebir la destrucción del lenguaje. Pero sin recurrir al arsenal nuclear, no está al alcance de nadie la alteración consciente de su sintaxis o la destrucción de su gramática. Y esto sí que es axioma y punto de partida de cualquier reflexión seria sobre el lenguaje.
 
 

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Algunos comentarios en torno a ``La destrucción del lenguaje''1

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La traducción fue iniciada por Miquel el 2000-05-16


Notas al pie

... lenguaje''1
``La destrucción del lenguaje'' aparece publicado en Filosofía y acción, Amador Fernández Savater, EditoriaLímite, Santander, 1999
... mundo.2
Paradójicamente, mostrar los límites es expandir el conocimiento pues las restricciones son consustanciales a la existencia del propio saber: sin límites no habría posibilidad de conocimiento.
... exterior.3
Véase el art. del neurólogo parisino Dominique Laplane, en Mundo Científico-La Recherche nº 208.
... ocupa).4
Para esta cuestión nos remitimos al artículo ``Las alarmas del profesor Antonio Vaquero'', revista Novática nº 143, enero-febrero 2000, donde tratamos de desmontar este tipo de prejuicio ideológico tan extendido de que las lenguas se corrompen, se empobrecen o de que hay modos más correctos que otros de hablar.
... connotativa.5
La distinción entre connotación y denotación es otro falso axioma que el texto da por bueno. A nosotros nos parece muy problemática esa división: pensamos que para el hablante todo el lenguaje es connotativo. Sin embargo, vamos a prescindir de esa objeción y a dar por buena su existencia para poder discutir otro asunto que nos parece más interesante señalar.

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Miquel 2000-05-16