| Por
Carlos Terreros
Para los
conquistadores españoles, los nativos no sabían
hablar. Gruñían, o -en el mejor de los casos-
tenían una lengua bárbara, inferior y primitiva.
Gente ruda y aventurera, Francisco Pizarro y compañía,
carecían de la sutileza necesaria para encontrar en
esas lenguas ignotas un sentido y un universo. Eran idiomas
paganos, alejados de las lenguas latinas y gentiles del mundo
regido por el dios católico. Debido a esa peculiaridad,
que ante los ojos conquistadores aparecía como una
minusvalía o un crimen, la labor evangelizadora incluyó
como eje central la enseñanza del idioma de Castilla,
lo que hoy conocemos como idioma español.
Así,
esa lengua -que nació como una feliz perversión
del latín- se introdujo junto a la cruz y la espada
en estos territorios que con el correr de los años
y las batallas se llamarían América y Perú.
Podemos comprobar hoy que la labor iniciada por los conquistadores
españoles no ha terminado. En algunos casos, ni siquiera
continúa: las lenguas indígenas se han convertido,
las más de las veces, en un objeto de estudio, curiosidad
y hasta de protección. En pleno siglo XXI -mientras
el español es plenamente afectado por los términos
ingleses provenientes de la revolución informática-
se hablan en nuestro país decenas de lenguas nativas.
Cada una de éstas guarda o esconde, en su sintáxis
o semántica, otra concepción del mundo, un eco
de otra manera de mirar las cosas, un espíritu diferente.
Sin embargo,
estas lenguas nativas languidecen bajo las lupas de los estudios
de investigación, ensimismadas frente a la curiosidad
occidental o enfrentadas a la abrumadora vigencia de una cultura
"en español". Si el idioma español
-temen los amantes de la lengua de Cervantes- cede terreno
ante el inglés, podemos imaginar la suerte que corren
los idiomas indígenas o nativos: no sólo ceden
mucho más terreno, sino que se empiezan a extinguir.
Muchos miles de personas hablan esos idiomas, manteniéndolos
aún vivos, pero la suerte, evolución y permanencia
de un lenguaje está ligada a la comunidad que se inventa
con él. Sin ir muy lejos, en la sierra del departamento
de Lima, existe una lengua en peligro de extinción.
¿Qué actitud podemos tomar? Por un lado, se
puede caer en actitudes paternalistas; por otro, en un pleno
apoyo a la labor "civilizadora" que Francisco Pizarro
y cía. no concretaron. El término medio, en
este caso, sí existe, y pasa por reconocer que un idioma
no se mantiene vivo por decretos sino porque se habla. Y que,
cuando se habla -y cuando se mezcla con otros- es toda una
riqueza cultural...
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