:Artículo
El
idioma y los dilemas de la identidad
La discusión sobre la protección del quechua
sigue siendo una discusión entre no-quechuas.
Escribe:
Sandro Venturo Schultz
Red Científica Peruana
Entrevistar
a un antropólogo, a un indigenista, a un promotor de
la interculturalidad. Preguntarle si considera necesario que
exista la educación bilingüe a propósito
del anuncio presidencial acerca del respectivo lanzamiento
de un programa gubernamental. Recordarle que los campesinos,
según cuentan los mayores, no querían que sus
hijos aprendan el quechua porque eran absolutamente conscientes
de que ello los excluía en una sociedad donde se habla
el español para ejercer el poder político y
económico. Citarle un estudio de Debora Poole, actual
asesora del Ministerio de Educación en asuntos de interculturalidad,
que constata que los propios quechuas castigan a los suyos
en quechua. Preguntarle qué opina de esto.
Que no
me diga que estas paradojas de la identidad expresan viejas
relaciones de poder entre la cultura dominante y las culturas
sometidas. Eso es obvio. El latín desplazó al
griego una vez consolidada la invasión militar (y,
a su vez, el griego invadió espiritualmente al latín).
Del latín emergieron cinco lenguas distintas después
del derrumbe del imperio romano. Ahora el inglés es
el idioma de la traducción universal (¿por qué
será así?). Que nuestro entrevistado no intente
proteger un idioma que ni sus propietarios defienden preocupados
por integrarse a un mundo que les ofrece una forma de bienestar
que ellos desean. Que me explique por qué debemos proteger
el quechua y fomentar su contemporaneidad si ya resulta todo
un exceso afirmar que existe una nación quechua en
despliegue. A fin de cuentas, o son ecuatorianos o son bolivianos
o son argentinos o son peruanos.
Lo mismo
podemos decir del aymara a pesar del éxito de los movimientos
indigenistas latinoamericanos. Lo que hoy consideramos prehispánico
y, por lo tanto andino, es en realidad una versión
derivada de la cultura occidental. Historiadores como Alberto
Flores Galindo lo documentaron profusamente. Sociólogos
como Roberto Miró Quesada lo analizaron lúcidamente,
sin prejuicios. Los antropólogos cuentan que el propio
José María Arguedas quedó profundamente
sorprendido cuando visitó España y sus zonas
rurales: descubrió cuán hispanos eran nuestros
indios, estructuralmente católicos.
La discusión
sobre la protección del quechua sigue siendo una discusión
entre no-quechuas. ¿No les parece sospechoso? No es
casual, entonces, que en estos imprescindibles debates nos
invada una de las formas de paternalismo: es necesario proteger
a los más débiles. Sentir eso es, seguramente,
gratificante pero no suficiente. ¿Estamos discutiendo
acerca de la vigencia de un idioma o del desarrollo de una
identidad? Mi gran temor es que estemos valorando al quechua
con la misma consideración con la que miramos los objetos
que nos ofrecen los museos, esto es, con el cariño
y la admiración que nos provoca lo hermoso e inerte.
Por eso sostengo que ese paternalismo nos suele llevar en
la dirección contraria y así terminamos agregando
un objeto más a la lista del Patrimonio Cultural de
la Nación, exponiéndolo al olvido.
Que los
idiomas nativos persistan y se actualicen permanentemente
dependerá básicamente de las poblaciones que
lo necesitan. Los demás, preocupados por la suerte
de la riqueza cultural de nuestra región, tendremos
que buscar las formas más audaces para documentar formas
de comunicación hermosas y estrictamente útiles
(¿será verdad que en el Japón utilizan
el aymara para la investigación microelectrónica?).
No en vano en las facultades de filosofía se enseñan
el griego y el latín del siglo V antes de Cristo. A
los clásicos se les tiene que leer en su contexto para
comprender con fidelidad su pensamiento.
De hecho,
la desaparición del quechua como idioma cotidiano nos
privará de formas de verbalizar la experiencia humana
que idiomas como el español y el inglés ignoran
(¿sucederá esto en dos o tres generaciones más?).
El idioma de la letra eñe está plagado, eso
sí, de nombres provenientes de los idiomas nativos:
ciudades y comidas, animales y plantas, personas y eventos
han encontrado en los restos de la cultura del quechua, por
ejemplo, su propia identidad aunque no seamos conscientes
de ello. Nuestra occidentalidad está invadida, eso
sí, de ciertos espíritus indígenas que
celebran su trascendencia invisible.
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