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La comida norteña
tiene un merecido sitial en el mapa culinario del Perú. Y es que
los cocineros y las guisanderas del norte, además de su proverbial
buena mano, tienen a su disposición espléndidos recursos,
un litoral rico en pescado y mariscos, así como una variada provisión
de carnes que incluye patos, cabritos pavitas y pichones. Mariano Valderrama,
autor de la "Guía de Gastromanía" y de "El
Libro de Oro de las Comidas Peruanas" nos alcanzó unos apuntes
de sus recorridos por el Norte.
Sazón
norteña: para chuparse los dedos
Se asocia a Tumbes
y al norte de Piura, con langostas y langostinos, con cangrejos, ostiones
percebes, así como con buenos meros o pez espadas. Langostas las
hay simples, como las que sirven los pescadores de la Playa Acapulco en
Tumbes. Pero para comerlas con comodidad no hay como las que prepara Harry
Schuler en el hostal Punta Ballenas. Por 55 soles puede uno comerse tres
hermosas y frescas langostas bañadas en una deliciosa salsa de
mantequilla derretida con limón. Como quien dice: ¡Para chuparse
los dedos!
Máncora es
una zona con un encanto especial. Su clima, sus playas, su animado muelle
de pesca artesanal atiborrado de pescado fresco, la multitud de rústicos
restaurantes marinos, entre otros. Vale la pena probar un mero o un ojo
de uvas frescos y simples: a la parrilla o en sudadito. En la salida de
Máncora, en un restaurante campestre, denominado El Puente, para
salir de la rutina de la comida de mar, déjese sorprender con un
buen cabrito, un suculento pato al horno y una sangrecita ("rachi")
excepcional.
Por nostalgia pasamos
por Cabo Blanco, que está algo venido a menos, aunque están
remodelando el antiguo "Fishing Club" (el de Heminghway), centro
de la pesca del Merlín.
Al llegar a Piura
encuestamos a los entendidos. Para comida tradicional recomendaron a Los
Santitos (en la calle Libertad). Para pescados y mariscos sobresale El
Caracol Azul, que tiene de todo: conchas de pala, conchas negras, langostas,
conchas sudadas, mero, lenguado, chupes, enrollados, sudados. También
ofrecen buena comida marina Los Percebes, La Isla o El Paraíso.
La comunidad de Catacaos es cuna del buen comer. El hermoso poblado esta
lleno de vida, artesanías y tradicionales picanterías. La
Corona es conocida por su cabrito, carne seca y pescado pasado por agua.
El repertorio de buenas picanterías es muy amplio incluyendo entre
otras: El Bosque, Chayo, Casa de Tejas y La Cholita. El monopolio culinario
de Catacaos encuentra hoy contendores. En la vecina La Legua los sibaritas
recomiendan El Cantarito Rojo, donde la veterana guisandera, doña
Alejandrina, prepara los mejores pescados pasados por agua. También
encontramos la picantería del Teniente Gobernador. En Sullana El
Cholo Jesús es sinónimo de una buena empanzada, como lo
es El Gordo Toño en Castilla, con sus cangrejo, camarones o criadilla.
La fama de la comida
de Chiclayo trasciende fronteras. Cuentan con una dispensa privilegiada:
un arroz de primera (que ellos saben preparar graneadísimo en ollas
de fierro forjado), unos hermosos patos verdes, y unos cabritos tiernos
cebados en Olmos o en Motupe con algarrobo y buen pasto, y naturalmente,
un poco de buena chicha y el zapallito loche rallado como ingredientes
que perfilan el sabor local. Y como si esto no bastará cuentan
con abundancia de pescado de Pimentel, Santa Rosa y San José.
Chiclayo tiene restaurantes
para todos los gustos. Entre los más parados están El Fiesta,
Las Tinajas y el recién estrenado El Pueblo Viejo. Uno de los lugares
más populares sigue siendo La Oficina, en la urbanización
Villareal. Ahí uno puede saborear una rica tortilla de raya, un
sudado de ojo de uva y platos tradicionales como el arroz con pato a la
chiclayana y el cabrito a la norteña, todos muy generosamente servidos
con la amable atención de la anfitriona, doña Yolanda Sosa.
En Pimentel, en la caleta de pescadores con sus caballitos de totora y
botes artesanales, se recomienda probar un rico concentrado de pescado
de clara vibración afrodisiaca, conocido como Noche de Bodas.
A los cazadores de
huariques les fascinará visitar al céntrico restaurante
Canal 9 (Vicente Vega #973) con la sazón tradicional de doña
Manuela y, luego, probar la cocina del Sr. Cedrón. En un saloncito
lateral de una bodega en la calle Pascual Saco #10 A (frente al IPSS),
acuden comensales de todos los alrededores a saborear sus platos tradicionales:
la papa a la huancaina a la chiclayana (un puré de causa suple
a la papa), el arroz con pato y un cabrito suave. Pocas veces hemos probado
un arroz tan bien graneado. ¡Sabía a gloria con la sabrosa
salsa del cabrito y los frejoles! Y para frenar el calor, una jarra de
deliciosa chicha morada o un vaso de cebada. La visita a Chiclayo resultó
completa con el Festival Gastronómico convocado por el Gran Hotel
Chiclayo en el cual participaron los principales restaurantes de la zona.
Entre Chiclayo y Trujillo,
a la altura de la divisoria a Cajamarca, resulta altamente gratificante
hacer un alto donde El Gordo, restaurante carretero de pescado y mariscos
renombrado por sus camarones preparados en chupe o fritos al ajo. En Mohce,
a las afueras de Trujillo, es toda una institución el tradicional
restaurante El Mochica. Doña Fresia Díaz Cordero y un equipo
de expertas guisanderas preparan desde hace unos 18 años, en una
amplia cocina, los platos tradicionales: pato, cabrito, pichones, camarones,
pepián de pava, pava estofada. Y en pleno centro de Trujillo, sus
hijos administran un concurrido local apegado a las recetas familiares
incluyendo la famosa sopa teóloga.
En Huanchaco, recalamos
en El Mococho, restaurante con una reducida, pero buena selección
de platos de pescado. Hace un par de años comimos ahí un
delicioso cebiche de bonito. Esta vez los propietarios, don Victor Sulem
y su señora, nos aconsejaron un tiradito de dorado y una chita
al vapor con verduras orientales. Realmente sabrosos. Nos quedamos sin
visitar El Belga, que goza de gran renombre.
Visitamos de paso
Pacasmayo, balneario de ensueño donde uno retrocede a un mundo
de décadas atrás. Ahí nos recomendaron el restaurante
Pez de Oro y el pequeño snack japonés Café Café.
En la ruta entre Casma y Pativilca, a la altura del Km. 345, paramos en
La Balsa, un restaurante de carretera más conocido como el de La
Caleta La Gramita, por los viajeros que frecuentan la ruta. La casa ofrece
un cebiche de chanque, una apetitosa chita frita y un tramboyo sudado
en un caldo atomatado de primera. No en vano lleva 20 años.
Para los que en el
tramo final tengan aún apetito, pueden hacer última escala
en Chancay, en plena Panamericana, visitando al clásico Marcelo,
con sus excelentes cebiches, camarones, lenguados, arroz con mariscos,
cabrito al horno, lomo fino o asado de res con tallarín verde.
Por
Mariano Valderrama
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