| Fresco
de los mercados y alimentos del Perú
La fama que goza el
Perú de contar con la mejor cocina de América Latina se
asocia a su patrimonio culinario, enriquecido a lo largo de los siglos
por la confluencia de diversas vertientes culturales externas y matizado
por las variedades de las cocinas regionales. Pero hay otros factores
importantes que influyen en su renombre gastronómico. Uno de los
más destacados es la pródiga naturaleza que le permite contar
con una variedad de productos singulares que aseguran frescura, calidad
y diversidad a la mesa peruana. Para los amantes de la cocina resulta
de lo más gratificante recorrer los mercados para dejarse deslumbrar
por la oferta colorida de frutas, verduras y condimentos.
Los más destacados
jóvenes chefs peruanos coinciden en que la base para el desarrollo
de la nueva cocina radica en el uso de los productos de calidad con los
cuales cuenta el Perú, antes que el simple y ortodoxo apego a las
recetas de la abuela. Fieles a la escuela de cocina de mercado, sostienen
que la elaboración de la carta y la selección de los platos
del día depende de los productos de primera calidad que encontramos
en el mercado. Y en ese sentido el mercado peruano es generoso.
Serge Bebko, un chef
parisino que decidió asentarse en el país, nos dice: "Uno
va al mercado y encuentra todo el año una gran variedad de frutas,
hierbas, condimentos. Un chef europeo daría cualquier cosa por
contar con tanta oferta de productos". La diversidad del mercado
peruano y la disponibilidad de productos a lo largo de todo el año
se asocia a la diversidad ecológica y climática del Perú,
un país marcado por tres grandes regiones naturales: costa, sierra
y selva, y cuya geografía reúne 84 de los 115 ecoclimas
del mundo.
El sabor de las comidas
regionales también se asocia a la calidad de sus productos. Gran
parte de la riqueza de la buena mesa costeña se basa en los generosos
recursos del Océano Pacífico, abundante en peces y mariscos
que tornan suculenta la oferta gastronómica. La comida norteña,
que tiene su epicentro en la ciudad de Chiclayo, se sustenta en una despensa
privilegiada: un arroz de primera de la variedad naylamp, que ellos saben
preparar como nadie en ollas de fierro, engreídos patos y tiernos
cabritos cebados con algarrobo y pasto en Olmos o Motupe. Lo mismo sucede
en Trujillo, que se ufana de productos como la pavita, el cabrito o las
perdices regionales.
Lo mismo es válido
para la comida de la sierra. Poco quedaría de ella si no fuera
por los sabores inigualables de sus múltiples y sabrosas variedades
de papa y maíz, por el cuy (conejo andino) o la carne de auquénido
seca (charqui), o las ranas, que constituyen el centro de uno de los más
populares caldos de la sierra central. Para garantizar los aromas de los
potajes están las hierbas como el paico y la lima-lima. Y en el
caso de la selva, la particularidad la dan los productos del río,
las frutas y los animales de caza (sajino, huangana, venado rojo, pava
silvestre y tortugas como la charapa y el motelo).
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