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Equipo
de Investigación
Dirección: Sandro Venturo
Jefe de investigación y edición: Nidia Cerna
Investigación y redacción: Eiko Kawamura, Carlos
Mayhua. |
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Identidades
y tecnologías
Por: Carlos Terreros
Juan Velasco
Alvarado, en los años '70, decretó que el término
indio o indígena era peyorativo. El general gobernante quiso
terminar con la explotación latifundista y dar dignidad al
colectivo humano que trabajaba la tierra. Le llamó campesino.
Entre burocracias, corrupciones y falta de instrucción para
aprovechar nuevas tecnologías, la Reforma Agraria no funcionó.
El Perú no recuperó el esplendor agrario de su pasado
incaico. La minería, que fue exacerbada con fruición
por los conquistadores españoles, continúa siendo
hoy -en términos macroeconómicos- la más importante
actividad de un país con altísimos índices
de pobreza y hambre.
A diferencia
de la mayoría de países latinoamericanos, en el Perú
oficialmente no hay pueblos indígenas. Hay comunidades campesinas
(en la sierra) y comunidades nativas (en la selva), siendo éstas
últimas las únicas que se reivindican indígenas.
A medio camino entre una cultura ancestral y una ciudadanía
occidental, el campesino peruano vive fracturado. Tiene un espacio
-el 24 de junio- en el calendario oficial del Estado, pero eso no
impide al antropólogo Ricardo Laos afirmar que, en los Andes,
el Estado no existe. Dos millones de comuneros campesinos mantienen,
en gran medida, una organización social de otras épocas.
Vitales, utilizando herramientas y semillas incaicas, atomizadas
en una economía que es básicamente de autoabastecimiento,
ni siquiera la Confederación de Comunidades Campesinas del
Perú las representa.
Los problemas
de identidad no se reducen, por supuesto, a las nomenclaturas oficiales
ni a las relaciones con el pasado indígena. La población
rural que no tiene el rango de comunidad campesina (alrededor de
7 millones de personas), las ciudades, las ciencias y tecnologías,
los idiomas y las religiones occidentales, la poderosa influencia
del lejano centro occidental plantean también un reto para
su identidad, que hace mucho tiempo no puede reclamar ningún
tipo de pureza. El contraste entre las comunidades campesinas propiamente
dichas y el campesino de la costa es también revelador.
Mientras
en la sierra permanecen enclaves de agricultura puramente tradicional,
el campesino costeño asimiló todas las tecnologías
que trajo la llamada Revolución Verde de los años
60 y 70, y todo indica que será el primero en experimentar
los controvertidos progresos de la biotecnología agrícola.
Mejor integrado en el mercado agrícola, sin conflictos con
la propiedad privada, más orientado a la comercialización
y exportación de sus productos, y más alfabetizado,
el campesino costeño será también el primero
en aprovechar las nuevas tecnologías de la información
y la comunicación.
Respecto
al rumbo de la agricultura peruana y mundial, el debate es intenso.
El economista Jeremy Rifkin ha sentenciado que el siglo XXI será
el siglo de la biotecnología. Las multinacionales del ramo
-como Monsanto- y un número creciente de Estados aseguran
que sólo la ingeniería genética podrá
asegurar la producción agrícola necesaria para alimentar
a los 10 mil millones de personas que albergará el planeta
en el año 2030. También afirman que esta tecnología
no es dañina, y que permite productos más resistentes
a las plagas y con mejor sabor.
Por otro
lado, movimientos y organizaciones ambientalistas, ecologistas y
campesinos señalan que los Organismos Genéticamente
Modificados (OGM's) no sólo pueden dañar la salud
humana -existen estudios que afirman que puede causar deficiencias
en el sistema inmunológico- sino que dañan irreversiblemente
la biodiversidad del planeta. Las multinacionales de los transgénicos
son acusadas de aprovechar los productos ancestrales de los pueblos
campesinos y de haberse atrevido a patentar la vida buscando el
lucro, con lo que comprometen la existencia misma de la agricultura
tradicional y de los pequeños productores.
Como alternativa
a los transgénicos, incluso como alternativa a las tecnologías
derivadas de la Revolución Verde, proponen una agricultura
orgánica o ecológica, que rechace o evite en lo posible
el uso de elementos químicos. Los críticos de las
tecnologías afirman que la Revolución Verde no cumplió
su promesa de terminar con el hambre en el mundo, y que la biotecnología
promete lo mismo con los mismos inevitables resultados.
La FAO
afirma que la producción agrícola mundial decrece
porque cuantitativamente ya existen suficientes alimentos para todo
el mundo. El problema sería de distribución, desigualdad
y acceso a los mercados. Fernando Silva Santisteban, como muchos
otros, ha estudiado y elogiado las tecnologías agrarias andinas
-desde la que produce el chuño a partir de la papa hasta
las que permiten abastecer de agua tierras alejadas de los valles-
y propone su rehabilitación y perfeccionamiento. Sin embargo,
consciente de que la base social que permitió su éxito
ya no existe, no rehúye el uso de otras tecnologías
adaptadas a nuestra realidad, incluso de tecnologías de punta,
siempre y cuando sean armónicas con el Medio Ambiente.
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