José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Proceso de la Literatura
XVI. MAGDA PORTAL
Magda Portal es ya otro valor-signo en el proceso de nuestra literatura.
Con su advenimiento le ha nacido al Perú su primera poetisa. Porque
hasta ahora habíamos tenido sólo mujeres de letras, de las
cuales una que otra con temperamento artístico o más específicamente
literario. Pero no habíamos tenido propiamente una poetisa.
Conviene entenderse sobre el término. La poetisa es hasta cierto
punto, en la historia de la civilización occidental, un fenómeno
de nuestra época. Las épocas anteriores produjeron sólo
poesía masculina. La de las mujeres también lo era, pues se
contentaba con ser una variación de sus temas líricos o de
sus motivos filosóficos. La poesía que no tenía el
signo del varón, no tenía tampoco el de la mujer -virgen,
hembra, madre-. Era una poesía asexual. En nuestra época,
las mujeres ponen al fin en su poesía su propia carne y su propio
espíritu. La poetisa es ahora aquella que crea una poesía
femenina. Y desde que la poesía de la mujer se ha emancipado y diferenciado
espiritualmente de la del hombre, las poetisas tienen una alta categoría
en el elenco de todas las literaturas. Su existencia es evidente e interesante
a partir del momento en que ha empezado a ser distinta.
En la poesía de Hispanoamérica, dos mujeres, Gabriela Mistral
y Juana de Ibarbourou, acaparan desde hace tiempo más atención
que ningún otro poeta de su tiempo. Delmira Agustini tiene en su
país y en América larga y noble descendencia. Al Perú
ha traído su mensaje Blanca Luz Brum. No se trata de casos solitarios
y excepcionales. Se trata de un vasto fenómeno, común a todas
las literaturas. La poesía, un poco envejecida en el hombre, renace
rejuvenecida en la mujer.
Un escritor de brillantes intuiciones, Félix del Valle, me decía
un día, constatando la multiplicidad de poetisas de mérito
en el mundo, que el cetro de la poesía había pasado a la mujer.
Con su humorismo ingénito formulaba así su proposición:
-La poesía deviene un oficio de mujeres-. Esta es sin duda una tesis
extrema. Pero lo cierto es que la poesía que, en los poetas, tiende
a una actitud nihilista, deportiva, escéptica, en las poetisas tiene
frescas raíces y cándidas flores. Su acento acusa más
élan vital, más fuerza biológica.
Magda Portal no es aún bastante conocida y apreciada en el Perú
ni en Hispanoamérica. No ha publicado sino un libro de prosa: El
derecho de matar (La Paz, 1926) y un libro de versos: Una Esperanza
y el Mar (Lima, 1927). El derecho de matar nos presenta casi
sólo uno de sus lados: ese espíritu rebelde y ese mesianismo
revolucionario que testimonian incontestablemente en nuestros días
la sensibilidad histórica de un artista. Además, en la prosa
de Magda Portal se encuentra siempre un jirón de su magnífico
lirismo. "El poema de la Cárcel", "La sonrisa de Cristo"
y "Círculos violeta" -tres poemas de este volumen- tienen
la caridad, la pasión y la ternura exaltada de Magda. Pero este libro
no la caracteriza ni la define. El derecho de matar: título
de gusto anarcoide y nihilista, en el cual no se reconoce el espíritu
de Magda.
Magda es esencialmente lírica y humana. Su piedad se emparenta -dentro
de la autónoma personalidad de uno y otro- con la piedad de Vallejo.
Así se nos presenta, en los versos de "Ánima absorta"
y "Una Esperanza y el Mar". Y así es seguramente. No le
sienta ningún gesto de decadentismo o paradojismo novecentistas.
En sus primeros versos Magda Portal es, casi siempre, la poetisa de la ternura.
Y en algunos se reconoce precisamente su lirismo en su humanidad. Exenta
de egolatría megalómana, de narcisismo romántico, Magda
Portal nos dice: "Pequeña soy. . . !"
Pero, ni piedad, ni ternura solamente, en su poesía se encuentra
todos los acentos de una mujer que vive apasionada y vehementemente, encendida
de amor y de anhelo y atormentada de verdad y de esperanza.
Magda Portal ha escrito en el frontispicio de uno de sus libros estos pensamientos
de Leonardo de Vinci: "El alma, primer manantial de la vida, se refleja
en todo lo que crea". "La verdadera obra de arte es como un espejo
en que se mira el alma del artista". La fervorosa adhesión de
Magda a estos principios de creación es un dato de un sentido del
arte que su poesía nunca contradice y siempre ratifica.
En su poesía Magda nos da, ante todo, una límpida versión
de sí misma. No se escamotea, no se mistifica, no se idealiza. Su
poesía es su verdad. Magda no trabaja por ofrecernos una imagen aliñada
de su alma en toilette de gala. En un libro suyo podemos entrar sin
desconfianza, sin ceremonia, seguros de que no nos aguarda ningún
simulacro, ninguna celada. El arte de esta honda y pura lírica, reduce
al mínimo, casi a cero, la proporción de artificio que necesita
para ser arte.
Esta es para mí la mejor prueba del alto valor de Magda. En esta
época de decadencia de un orden social -y por consiguiente de un
arte- el más imperativo deber del artista es la verdad. Las únicas
obras que sobrevivirán a esta crisis, serán las que constituyan
una confesión y un testimonio.
El perenne y oscuro contraste entre dos principios -el de vida y el de muerte-
que rigen el mundo, está presente siempre en la poesía de
Magda. En Magda se siente a la vez un anhelo angustiado de acabar y de no
ser y un ansia de crear y de ser. El alma de Magda es un alma agónica.
Y su arte traduce cabal e íntegramente las dos fuerzas que la desgarran
y la impulsan. A veces triunfa el principio de vida; a veces triunfa el
principio de muerte.
La presencia dramática de este conflicto da a la poesía de
Magda Portal una profundidad metafísica a la que arriba libremente
el espíritu, por la propia ruta de su lirismo, sin apoyarse en el
bastón de ninguna filosofía.
También le da una profundidad psicológica que le permite registrar
todas las contradictorias voces de su diálogo, de su combate, de
su agonía.
La poetisa logra con una fuerza extraordinaria la expresión de sí
misma en estos versos admirables:
Esta poetisa nuestra, a quien debemos saludar ya como a una de las primeras
poetisas de Indoamérica, no desciende de la Ibarbourou. No desciende
de la Agustini. No desciende siquiera de la Mistral, de quien, sin embargo,
por cierta afinidad de acento, se le siente más próxima que
de ninguna. Tiene un temperamento original y autónomo. Su secreto,
su palabra, su fuerza, nacieron con ella y están en ella.
En su poesía hay más dolor que alegría, hay más
sombra que claridad. Magda es triste. Su impulso vital la mueve hacia la
luz y la fiesta. Y Magda se siente impotente para gozarlas. Este es su drama.
Pero no la amarga ni la enturbia.
En "Vidrios de Amor", poema en dieciocho canciones emocionadas,
toda Magda está en estos versos:
¿Toda Magda está en estos versos? Toda Magda, no. Magda no es
sólo madre, no es sólo amor. ¿Quién sabe de cuántas
oscuras potencias, de cuántas contrarias verdades está hecha
un alma como la suya?