José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Proceso de la Literatura
XV. ALBERTO GUILLÉN
Alberto Guillén heredó de la generación "colónida"
el espíritu iconoclasta y ególatra. Extremó en su poesía
la exaltación paranoica del yo. Pero, a tono con el nuevo estado
de ánimo que maduraba ya, tuvo su poesía un acento viril.
Extraño a los venenos de la urbe, Guillén discurrió,
con rústico y pánico sentimiento, por los caminos del agro
y la égloga. Enfermo de individualismo y nietzscheanismo, se sintió
un superhombre. En Guillén la poesía peruana renegaba, un
poco desgarbada pero oportuna y definitivamente, sus surtidores y sus fontanas.
Pertenecen a este momento de Guillén Belleza Humilde y Prometeo.
Pero es en Deucalión donde el poeta encuentra su equilibrio
y realiza su personalidad. Clasifico Deucalión entre los libros
que más alta y puramente representan la lírica peruana de
la primera centuria. En Deucalión no hay un bardo que declama
en un tinglado ni un trovador que canta una serenata. Hay un hombre que
sufre, que exulta, que afirma, que duda y que niega. Un hombre henchido
de pasión, de ansia, de anhelo. Un hombre, sediento de verdad, que
sabe que "nuestro destino es hallar el camino que lleva al Paraíso".
Deucalión es la canción de la partida.
Este nuevo caballero andante no vela sus armas en ninguna venta. No tiene
rocín ni escudero ni armadura. Camina desnudo y grave como el "Juan
Bautista" de Rodin.
Pero la tensión de la vigilia de espera ha sido demasiado dura para
sus nervios jóvenes. Y, luego, la primera aventura, como la de Don
Quijote, ha sido desventurada y ridícula. El poeta, además,
nos revela su flaqueza desde esta jornada. No está bastante loco
para seguir la ruta de Don Quijote, insensible a las burlas del destino.
Lleva acurrucado en su propia alma al maligno Sancho con sus refranes y
sus sarcasmos. Su ilusión no es absoluta. Su locura no es cabal.
Percibe el lado grotesco, el flanco cómico de su andanza. Y, por
consiguiente, fatigado, vacilante, se detiene para interrogar a todas las
esfinges y a todos los enigmas.
Pero la duda, que roe el corazón del poeta, no puede aún prevalecer
sobre su esperanza. El poema tiene mucha sed de infinito. Su ilusión
está herida; pero todavía logra ser imperativa y perentoria.
Este soneto resume entero el episodio:
No es tan fuerte siempre el caminante. El diablo lo tienta a cada paso.
La duda, a pesar suyo, empieza a filtrarse sagazmente en su conciencia,
emponzoñándola y aflojándola. Guillén conviene
con el diablo en que "no sabemos si tiene razón Quijote o Panza".
Mina su voluntad una filosofía relativista y escéptica. Su
gesto se vuelve un poco inseguro y desconfiado. Entre la Nada y el Mito,
su impulso vital lo conduce al Mito. Pero Guillén conoce ya su relatividad.
La duda es estéril. La fe es fecunda. Sólo por esto Guillén
se decide por el camino de la fe. Su quijotismo ha perdido su candor y su
pureza. Se ha tornado pragmatista. "Piensa que te conviene / no perder
la esperanza". Esperar, creer, es una cuestión de conveniencia
y de comodidad. Nada importa que luego esta intuición se precise
en términos más nobles: "Y, mejor, no razones, más
valen ilusiones que la razón más fuerte".
Pero todavía el poeta recupera, de rato en rato, su divina locura.
Todavía está encendida su alucinación. Todavía
es capaz de expresarse con una pasión sobrehumana:
Y, en este admirable soneto, grávido de emoción, religioso
en su acento, el poeta formula su evangelio:
La raíz de esta poesía está a veces en Nietzsche, a
veces en Rodó, a veces en Unamuno; pero la flor, la espiga, el grano,
son de Guillén. No es posible discutirle ni contestarle su propiedad.
El pensamiento y la forma se consustancian, se identifican totalmente en
Deucalión. La forma es como el pensamiento, desnuda, plástica,
tensa, urgente. Colérica y serena al mismo tiempo (Una de las cosas
que yo amo más en Deucalión es, precisamente, su prescindencia
casi absoluta de decorado y de indumento; su voluntario y categórico
renunciamiento a lo ornamental y a lo retórico). Deucalión,
es una diana. Es un orto. En Deucalión parte un hombre, mozo
y puro todavía, en busca de Dios o a la conquista del mundo.
Mas, en su camino, Guillén se corrompe. Peca por vanidad y por soberbia.
Olvida la meta ingenua de su juventud. Pierde su inocencia. El espectáculo
y las emociones de la civilización urbana y cosmopolita enervan y
relajan su voluntad. Su poesía se contagia del humor negativo y corrosivo
de la literatura de Occidente. Guillén deviene socarrón, befardo,
cínico, ácido. Y el pecado trae la expiación. Todo
lo que es posterior a Deucalión es también inferior.
Lo que le falta de intensidad humana le falta, igualmente, de significación
artística. El Libro de las Parábolas y La Imitación
de Nuestro Señor Yo encierran muchos aciertos; pero son libros
irremediablemente monótonos. Me hacen la impresión de productos
de retorta. El escepticismo y el egotismo de Guillén destilan ahí,
acompasadamente, una gota, otra gota. Tantas gotas, dan una página;
tantas páginas y un prólogo, dan un libro.
El lado, el contorno de esta actitud de Guillén más interesante
es su relativismo. Guillén se entretiene en negar la realidad del
yo, del individuo. Pero su testimonio es recusable. Porque tal vez, Guillén
razona según su experiencia personal: "Mi personalidad, como
yo la soñé, como yo la entreví, no se ha realizado;
luego la personalidad no existe".
En La Imitación de Nuestro Señor Yo, el pensamiento
de Guillén es pirandelliano. He aquí algunas pruebas:
"El, ella, todos existen, pero en ti". "Soy todos los hombres
en mí". "¿Mis contradicciones no son una prueba de
que llevo en mí a muchos hombres?" "Mentira. Ellos no mueren:
somos nosotros que morimos en ellos".
Estas líneas contienen algunas briznas de la filosofía del
Uno, Ninguno, Cien Mil de Pirandello.
No creo, sin embargo, que Guillén, si persevera por esta ruta, llegue
a clasificarse entre los especímenes de la literatura humorista y
cosmopolita de Occidente. Guillén, en el fondo, es un poeta un poco
rural y franciscano. No toméis al pie de la letra sus blasfemias.
Muy adentro del alma, guarda un poco de romanticismo de provincia. Su psicología
tiene muchas raíces campesinas. Permanece, íntimamente, extraña
al espíritu quintaesenciado de la urbe. Cuando se lee a Guillén
se advierte, en seguida, que no consigue manejar con destreza el artificio.
El título del último libro de Guillén Laureles
resume la segunda fase de su literatura y de su vida. Por conquistar estos
y otros laureles, que él mismo secretamente desdeña, ha luchado,
ha sufrido, ha peleado. El camino del laurel lo ha desviado del camino del
Cielo. En la adolescencia su ambición era más alta. ¿Se
contenta ahora de algunos laureles municipales o académicos?
Yo coincido con Gabriel Alomar en acusar a Guillén de sofocar al
poeta de Deucalión con sus propias manos. A Guillén
lo pierde la impaciencia. Quiere laureles a toda costa. Pero los laureles
no perduran. La gloria se construye con materiales menos efímeros.
Y es para los que logran renunciar a sus falaces y ficticias anticipaciones.
El deber del artista es no traicionar su destino. La impaciencia en Guillén
se resuelve en abundancia. Y la abundancia es lo que más perjudica
y disminuye el mérito de su obra que, en los últimos tiempos,
aunque adopte en verso la moda vanguardista, se resiente de cansancio, de
desgano y de repetición de sus primeros motivos.