José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Proceso de la Literatura
XIV. CÉSAR VALLEJO
El primer libro de César Vallejo, Los Heraldos Negros, es
el orto de una nueva poesía en el Perú. No exagera, por fraterna
exaltación, Antenor Orrego, cuando afirma que "a partir de este
sembrador se inicia una nueva época de la libertad, de la autonomía
poética, de la vernácula articulación verbal"
(33).
Vallejo es el poeta de una estirpe, de una raza. En Valleio se encuentra,
por primera vez en nuestra literatura, sentimiento indígena virginalmente
expresado. Melgar -signo larvado, frustrado- en sus yaravíes es aún
un prisionero de la técnica clásica, un gregario de la retórica
española. Vallejo, en cambio, logra en su poesía un estilo
nuevo. El sentimiento indígena tiene en sus versos una modulación
propia. Su canto es íntegramente suyo. Al poeta no le basta traer
un mensaje nuevo. Necesita traer una técnica y un lenguaje nuevos
también. Su arte no tolera el equívoco y artificial dualismo
de la esencia y la forma. "La derogación del viejo andamiaje
retórico -remarca certeramente Orrego- no era un capricho o arbitrariedad
del poeta, era una necesidad vital. Cuando se comienza a comprender la obra
de Vallejo, se comienza a comprender también la necesidad de una
técnica renovada y distinta" (34).
El sentimiento indígena es en Melgar algo que se vislumbra sólo
en el fondo de sus versos; en Vallejo es algo que se ve aflorar plenamente
al verso mismo cambiando su estructura. En Melgar no es sino el acento;
en Vallejo es el verbo. En Melgar, en fin, no es sino queja erótica;
en Vallejo es empresa metafísica. Vallejo es un creador absoluto.
Los Heraldos Negros podía haber sido su obra única.
No por eso Vallejo habría dejado de inaugurar en el proceso de nuestra
literatura una nueva época. En estos versos del pórtico de
Los Heraldos Negros principia acaso la poesía peruana (Peruana,
en el sentido de indígena).
Clasificado dentro de la literatura mundial, este libro, Los Heraldos
Negros, pertenece parcialmente, por su título verbigracia, al
ciclo simbolista. Pero el simbolismo es de todos los tiempos. El simbolismo,
de otro lado, se presta mejor que ningún otro estilo a la interpretación
del espíritu indígena. El indio, por animista y por bucólico,
tiende a expresarse en símbolos e imágenes antropomórficas
o campesinas. Vallejo además no es sino en parte simbolista. Se encuentra
en su poesía -sobre todo de la primera manera- elementos de simbolismo,
tal como se encuentra elementos de expresionismo, de dadaísmo y de
suprarrealismo. El valor sustantivo de Vallejo es el de creador. Su técnica
está en continua elaboración. El procedimiento, en su arte,
corresponde a un estado de ánimo. Cuando Vallejo en sus comienzos
toma en préstamo, por ejemplo, su método a Herrera y Reissig,
lo adapta a su personal lirismo.
Mas lo fundamental, lo característico en su arte es la nota india.
Hay en Vallejo un americanismo genuino y esencial; no un americanismo descriptivo
o localista. Vallejo no recurre al folclore. La palabra quechua, el giro
vernáculo no se injertan artificiosamente en su lenguaje; son en
él producto espontáneo, célula propia, elemento orgánico.
Se podría decir que Vallejo no elige sus vocablos. Su autoctonismo
no es deliberado. Vallejo no se hunde en la tradición, no se interna
en la historia, para extraer de su oscuro substratum perdidas emociones.
Su poesía y su lenguaje emanan de su carne y su ánima. Su
mensaje está en él. El sentimiento indígena obra en
su arte quizá sin que él lo sepa ni lo quiera.
Uno de los rasgos más netos y claros del indigenismo de Vallejo me
parece su frecuente actitud de nostalgia. Valcárcel, a quien debemos
tal vez la más cabal interpretación del alma autóctona,
dice que la tristeza del indio no es sino nostalgia. Y bien, Vallejo es
acendradamente nostálgico. Tiene la ternura de la evocación.
Pero la evocación en Vallejo es siempre subjetiva. No se debe confundir
su nostalgia concebida con tanta pureza lírica con la nostalgia literaria
de los pasadistas. Vallejo es nostalgioso, pero no meramente retrospectivo.
No añora el Imperio como el pasadismo perricholesco añora
el Virreinato. Su nostalgia es una protesta sentimental o una protesta metafísica.
Nostalgia de exilio; nostalgia de ausencia.
Otras veces Vallejo presiente o predice la nostalgia que vendrá:
Vallejo interpreta a la raza en un instante en que todas sus nostalgias,
punzadas por un dolor de tres siglos, se exacerban. Pero -y en esto se identifica
también un rasgo del alma india-, sus recuerdos están llenos
de esa dulzura de maíz tierno que Vallejo gusta melancólicamente
cuando nos habla del "facundo ofertorio de los choclos".
Vallejo tiene en su poesía el pesimismo del indio. Su hesitación,
su pregunta, su inquietud, se resuelven escépticamente en un "¡para
qué!" En este pesimismo se encuentra siempre un fondo de piedad
humana. No hay en él nada de satánico ni de morboso. Es el
pesimismo de un ánima que sufre y expía "la pena de los
hombres" como dice Pierre Hamp. Carece este pesimismo de todo origen
literario. No traduce una romántica desesperanza de adolescente turbado
por la voz de Leopardi o de Schopenhauer. Resume la experiencia filosófica,
condensa la actitud espiritual de una raza, de un pueblo. No se le busque
parentesco ni afinidad con el nihilismo o el escepticismo intelectualista
de Occidente. El pesimismo de Vallejo, como el pesimismo del indio, no es
un concepto sino un sentimiento. Tiene una vaga trama de fatalismo oriental
que lo aproxima, más bien, al pesimismo cristiano y místico
de los eslavos. Pero no se confunde nunca con esa neurastenia angustiada
que conduce al suicidio a los lunáticos personajes de Andreiev y
Arzibachev. Se podría decir que así como no es un concepto,
tampoco es una neurosis.
Este pesimismo se presenta lleno de ternura y caridad. Y es que no lo engendra
un egocentrismo, un narcisismo, desencantados y exasperados, como en casi
todos los casos del ciclo romántico. Vallejo siente todo el dolor
humano. Su pena no es personal. Su alma "está triste hasta la
muerte" de la tristeza de todos los hombres. Y de la tristeza de Dios.
Porque para el poeta no sólo existe la pena de los hombres. En estos
versos nos habla de la pena de Dios:
Otros versos de Vallejo niegan esta intuición de la divinidad. En
"Los Dados Eternos" el poeta se dirige a Dios con amargura rencorosa.
"Tú que estuviste siempre bien, no sientes nada de tu creación".
Pero el verdadero sentimiento del poeta, hecho siempre de piedad y de amor,
no es éste. Cuando su lirismo, exento de toda coerción racionalista,
fluye libre y generosamente, se expresa en versos como éstos, los
primeros que hace diez años me revelaron el genio de Vallejo:
"El poeta -escribe Orrego- habla individualmente, particulariza el
lenguaje, pero piensa, siente y ama universalmente". Este gran lírico,
este gran subjetivo, se comporta como un intérprete del universo,
de la humanidad. Nada recuerda en su poesía la queja egolátrica
y narcisista del romanticismo. El romanticismo del siglo XIX fue esencialmente
individualista; el romanticismo del novecientos es, en cambio, espontánea
y lógicamente socialista, unanimista. Vallejo, desde este punto de
vista, no sólo pertenece a su raza, pertenece también a su
siglo, a su evo (35).
Es tanta su piedad humana que a veces se siente responsable de una parte
del dolor de los hombres. Y entonces se acusa a sí mismo. Lo asalta
el temor, la congoja de estar también él, robando a los demás:
La poesía de Los Heraldos Negros es así siempre. El
alma de Vallejo se da entera al sufrimiento de los pobres.
Este arte señala el nacimiento de una nueva sensibilidad. Es un arte
nuevo, un arte rebelde, que rompe con la tradición cortesana de una
literatura de bufones y lacayos. Este lenguaje es el de un poeta y un hombre.
El gran poeta de Los Heraldos Negros y de Trilce -ese gran
poeta que ha pasado ignorado y desconocido por las calles de Lima tan propicias
y rendidas a los laureles de los juglares de feria- se presenta, en su arte,
como un precursor del nuevo espíritu, de la nueva conciencia.
Vallejo, en su poesía, es siempre un alma ávida de infinito,
sedienta de verdad. La creación en él es, al mismo tiempo,
inefablemente dolorosa y exultante. Este artista no aspira sino a expresarse
pura e inocentemente. Se despoja, por eso, de todo ornamento retórico,
se desviste de toda vanidad literaria. Llega a la más austera, a
la más humilde, a la más orgullosa sencillez en la forma.
Es un místico de la pobreza que se descalza para que sus pies conozcan
desnudos la dureza y la crueldad de su camino. He aquí lo que escribe
a Antenor Orrego después de haber publicado Trilce: "El
libro ha nacido en el mayor vacío. Soy responsable de él.
Asumo toda la responsabilidad de su estética. Hoy, y más que
nunca quizás, siento gravitar sobre mí, una hasta ahora desconocida
obligación sacratísima, de hombre y de artista: ¡la de
ser libre! Si no he de ser hoy libre, no lo seré jamás. Siento
que gana el arco de mi frente su más imperativa fuerza de heroicidad.
Me doy en la forma más libre que puedo y ésta es mi mayor
cosecha artística. ¡Dios sabe hasta dónde es cierta y
verdadera mi libertad! ¡Dios sabe cuánto he sufrido para que
el ritmo no traspasara esa libertad y cayera en libertinaje! ¡Dios
sabe hasta qué bordes espeluznantes me he asomado, colmado de miedo,
temeroso de que todo se vaya a morir a fondo para que mi pobre ánima
viva!" Este es inconfundiblemente el acento de un verdadero creador,
de un auténtico artista. La confesión de su sufrimiento es
la mejor prueba de su grandeza.