José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Proceso de la Literatura
XIII. ALBERTO HIDALGO
Alberto Hidalgo significó en nuestra literatura, de 1917 al 18, la
exasperación y la terminación del experimento "colónida".
Hidalgo llevó la megalomanía, la egolatría, la beligerancia
del gesto "colónida" a sus más extremas consecuencias.
Los bacilos de esta fiebre, sin la cual no habría sido posible tal
vez elevar la temperatura de nuestras letras, alcanzaron en el Hidalgo,
todavía provinciano, de Panoplia Lírica, su máximo
grado de virulencia. Valdelomar estaba ya de regreso de su aventuroso viaje
por los dominios d'annunzianos, en el cual -acaso porque en D'Annunzio junto
a Venecia bizantina están el Abruzzo rústico y la playa adriática-,
descubrió la costa de la criolledad y entrevió lejano el continente
del inkaísmo. Valdelomar había guardado, en sus actitudes
más ególatras, su humorismo. Hidalgo, un poco tieso aún
dentro de su chaqué arequipeño, no tenía la misma agilidad
para la sonrisa. El gesto "colónida" en él era patético.
Pero Hidalgo, en cambio, iba a aportar a nuestra renovación literaria,
quizá por su misma bronca virginidad de provinciano, a quien la urbe
no había aflojado, un gusto viril por la mecánica, el maquinismo,
el rascacielos, la veloci-dad, etc. Si con Valdelomar incorporamos en nuestra
sensibilidad, antes estragada por el espeso chocolate escolástico,
a D'Annunzio, con Hidalgo asimilamos a Marinetti, explosivo, trepidante,
camorrista. Hidalgo, panfletista y lapidario, continuaba, desde otro punto
de vista, la línea de González Prada y More. Era un personaje
excesivo para un público sedentario y reumático. La fuerza
centrífuga y secesionista que lo empuja, se lo llevó de aquí
en un torbellino.
Hoy Hidalgo es, aunque no se mueva de un barrio de Buenos Aires, un poeta
del idioma. Apenas si, como antecedente, se puede hablar de sus aventuras
de poeta local. Creciendo, creciendo, ha adquirido efectiva estatura americana.
Su literatura tiene circulación y cotización en todos los
mercados del mundo hispano. Como siempre, su arte es de secesión.
El clima austral ha temperado y robustecido sus nervios un poco tropicales,
que conocen todos los grados de la literatura y todas las latitudes de la
imaginación. Pero Hidalgo está -como no podía dejar
de estar- en la vanguardia. Se siente -según sus palabras- en la
izquierda de la izquierda.
Esto quiere decir, ante todo, que Hidalgo ha visitado las diversas estaciones
y recorrido los diversos caminos del arte ultramoderno. La experiencia vanguardista
le es, íntegramente, familiar. De esta gimnasia incesante, ha sacado
una técnica poética depurada de todo rezago sospechoso. Su
expresión es límpida, bruñida, certera, desnuda. El
lema de su arte es este: "simplismo".
Pero Hidalgo, por su espíritu, está, sin quererlo y sin saberlo,
en la última estación romántica. En muchos versos suyos,
encontramos la confesión de su individualismo absoluto. De todas
las tendencias literarias contemporáneas, el unanimismo es, evidentemente,
la más extraña y ausente de su poesía. Cuando logra
su más alto acento de lírico puro, se evade a veces de su
egocentrismo. Así, por ejemplo, cuando dice: "Soy apretón
de manos a todo lo que vive. / Poseo plena la vecindad del mundo".
Mas con estos versos empieza su poema "Envergadura del Anarquista"
que es la más sincera y lírica efusión de su individualismo.
Y desde el segundo verso, la idea de "vecindad del mundo" acusa
el sentimiento de secesión y de soledad.
El romanticismo -entendido como movimiento literario y artístico,
anexo a la revolución burguesa- se resuelve, conceptual y sentimentalmente,
en individualismo. El simbolismo, el decadentismo, no han sido sino estaciones
románticas. Y lo han sido también las escuelas modernistas
en los artistas que no han sabido escapar al subjetivismo excesivo de la
mayor parte de sus proposiciones.
Hay un síntoma sustantivo en el arte individualista, que indica,
mejor que ningún otro, un proceso de disolución: el empeño
con que cada arte, y hasta cada elemento artístico, reivindica su
autonomía. Hidalgo es uno de los que más radicalmente adhieren
a este empeño, si nos atenemos a su tesis del "poema de varios
lados". "Poema en el que cada uno de sus versos constituye un
ser libre, a pesar de hallarse al servicio de una idea o de una emoción
centrales". Tenemos así proclamada, categóricamente,
la autonomía, la individualidad del verso. La estética del
anarquista no podía ser otra.
Políticamente, históricamente, el anarquismo es, como está
averiguado, la extrema izquierda del liberalismo. Entra, por tanto, a pesar
de todas las protestas inocentes o interesadas, en el orden ideológico
burgués. El anarquista, en nuestro tiempo, puede ser un revolté,
pero no es, históricamente, un revolucionario.
Hidalgo -aunque lo niegue- no ha podido sustraerse a la emoción revolucionaria
de nuestro tiempo cuando ha escrito su "Ubicación de Lenin"
y su "Biografía de la palabra revolución". En el
prefacio de su último libro Descripción del Cielo,
la visión subjetiva lo hace, sin embargo, escribir que el primero
"es un poema de exaltación, de pura lírica, no de doctrina"
y que "Lenin ha sido un pretexto para crear como pudo serlo una montaña,
un río o una máquina", y que "'Biografía
de la palabra revolución', es un elogio de la revolución pura,
de la revolución en sí, cualquiera que sea la causa que la
dicte". La revolución pura, la revolución en sí,
querido Hidalgo, no existe para la historia y, no existe tampoco para la
poesía. La revolución pura es una abstracción. Existen
la revolución liberal, la revolución socialista, otras revoluciones.
No existe la revolución pura, como cosa histórica ni como
tema poético.
De las tres categorías primarias en que, por comodidad de clasificación
y de crítica, cabe, a mi juicio, dividir la poesía de hoy
-lírica pura, disparate absoluto y épica revolucionaria-,
Hidalgo siente, sobre todo, la primera; y aquí está su fuerza
más grande, la que le ha dado su más bellos poemas. El poema
a Lenin es una creación lírica (Hidalgo se engaña sólo
en cuanto se supone ajeno a la emoción histórica). Este poema,
que ha salvado íntegramente todos los riesgos profesionales, es a
la vez de una gran pureza poética. Lo trascribiría entero,
si estos versos no bastasen:
Su lirismo vigilante salva a Hidalgo de caer en un arte excesivamente cerebral,
subjetivo, nihilista. No es posible dudar de él, capaz de recrearse
en este "Dibujo de Niño":
El disparate -si enjuiciamos la actualidad de Hidalgo por Descripción
del Cielo- desaparece casi completamente de su poesía. Es más
bien, uno de los elementos de su prosa; y nunca es, en verdad, disparate
absoluto. Carece de su incoherencia alucinada: tiende, más bien,
al disparate lógico, racional. La épica revolucionaria -que
anuncia un nuevo romanticismo indemne del individualismo del que termina-
no se concilia con su temperamento ni con su vida, violentamente anárquicos.
A su individualismo exasperado, debe Hidalgo su dificultad para el cuento
o la novela. Cuando los intenta, se mueve dentro de un género que
exige la extraversión del artista. Los cuentos de Hidalgo son los
de un artista introvertido. Sus personajes aparecen esquemáticos,
artificiales, mecánicos. Le sobra a su creación, hasta cuando
es más fantástica, la excesiva, intolerante y tiránica
presencia del artista, que se niega a dejar vivir a sus criaturas por su
propia cuenta, porque pone demasiado en todas ellas su individualidad y
su intención.