José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Proceso de la Literatura |
X. COLÓNIDA Y VALDELOMAR
"Colónida" representó una insurrección -decir
una revolución sería exagerar su importancia- contra el academicismo
y sus oligarquías, su énfasis retórico, su gusto conservador,
su galantería dieciochesca y su melancolía mediocre y ojerosa.
Los colónidas virtualmente reclamaron sinceridad y naturalismo. Su
movimiento, demasiado heteróclito y anárquico, no pudo condensarse
en una tendencia ni concretarse en una fórmula. Agotó su energía
en su grito iconoclasta y su orgasmo esnobista.
Una efímera revista de Valdelomar dio su nombre a este movimiento.
Porque "Colónida" no fue un grupo, no fue un cenáculo,
no fue una escuela, sino un movimiento, una actitud, un estado de ánimo.
Varios escritores hicieron "colonidismo" sin pertenecer a la capilla
de Valdelomar. El "colonidismo" careció de contornos definidos.
Fugaz meteoro literario, no pretendió nunca cuajarse en una forma.
No impuso a sus adherentes un verdadero rumbo estético. El "colonidismo"
no constituía una idea ni un método. Constituía un
sentimiento ególatra, individualista, vagamente iconoclasta, imprecisamente
renovador. "Colónida" no era siquiera un haz de temperamentos
afines; no era al menos propiamente una generación. En sus rangos,
con Valdelomar, More, Gibson, etc., militábamos algunos escritores
adolescentes, novísimos, principiantes. Los "colónidos"
no coincidían sino en la revuelta contra todo academicismo. Insurgían
contra los valores, las reputaciones y los temperamentos académicos.
Su nexo era una protesta; no una afirmación. Conservaron sin embargo,
mientras convivieron en el mismo movimiento, algunos rasgos espirituales
comunes. Tendieron a un gusto decadente, elitista, aristocrático,
algo mórbido. Valdelomar, trajo de Europa gérmenes de d'annunzianismo
que se propagaron en nuestro ambiente voluptuoso, retórico y meridional.
La bizarría, la agresividad, la injusticia y hasta la extravagancia
de los "colónidos" fueron útiles. Cumplieron una
función renovadora. Sacudieron la literatura nacional. La denunciaron
como una vulgar rapsodia de la más mediocre literatura española.
Le propusieron nuevos y mejores modelos, nuevas y mejores rutas. Atacaron
a sus fetiches, a sus iconos. Iniciaron lo que algunos escritores calificarían
como "una revisión de nuestros valores literarios". "Colónida"
fue una fuerza negativa, disolvente, beligerante. Un gesto espiritual de
varios literatos que se oponían al acaparamiento de la fama nacional
por un arte anticuado, oficial y pompier.
De otro lado, los "colónidos" no se comportaron siempre
con injusticia. Simpatizaron con todas las figuras heréticas, heterodoxas,
solitarias de nuestra literatura. Loaron y rodearon a González Prada.
En el "colonidismo" se advierte algunas huellas de influencia
del autor de Páginas Libres y Exóticas. Se observa
también que los "colónidos" tomaron de González
Prada lo que menos les hacía falta. Amaron lo que en González
Prada había de aristócrata, de parnasiano, de individualista;
ignoraron lo que en González Prada había de agitador, de revolucionario.
More definía a González Prada como "un griego nacido
en un país de zambos". "Colónida", además,
valorizó a Eguren, desdeñado y desestimado por el gusto mediocre
de la crítica y del público de entonces.
El fenómeno "colónida" fue breve. Después
de algunas escaramuzas polé-micas, el "colonidismo" tramontó
definitivamente. Cada uno de los "colónidos" siguió
su propia trayectoria personal. El movimiento quedó liquidado. Nada
importa que perduren algunos de sus ecos y que se agiten, en el fondo de
más de un temperamento joven, algunos de sus sedimentos. El "colonidismo",
como actitud espiritual, no es de nuestro tiempo. La apetencia de renovación
que generó el movimiento "colónida" no podía
satisfacerse con un poco de decadentismo y otro poco de exotismo. "Colónida"
no se disolvió explícita ni sensiblemente porque jamás
fue una facción, sino una postura interina, un ademán provisorio.
El "colonidismo" negó e ignoró la política.
Su elitismo, su individualismo, lo alejaban de las muchedumbres, lo aislaban
de sus emociones. Los "colónidos" no tenían orientación
ni sensibilidad políticas. La política les parecía
una función burguesa, burocrática, prosaica. La revista Colónida
era escrita para el Palais Concert y el jirón de la Unión.
Federico More tenía afición orgánica a la conspiración
y al panfleto; pero sus concepciones políticas eran antidemocráticas,
antisociales, reaccionarias. More soñaba con una aristarquía,
casi con una artecracia. Desconocía y despreciaba la realidad social.
Detestaba el vulgo y el tumulto.
Pero terminado el experimento "colónida", los escritores
que en él intervinieron, sobre todo los más jóvenes,
empezaron a interesarse por las nuevas corrientes políticas. Hay
que buscar las raíces de esta conversión en el prestigio de
la literatura política de Unamuno, de Araquistáin, de Alomar
y de otros escritores de la revista España; en los efectos
de la predicación de Wilson, elocuente y universitaria, propugnando
una nueva libertad; y en la sugestión de la mentalidad de Víctor
M. Maúrtua cuya influencia en el orientamiento socialista de varios
de nuestros intelectuales casi nadie conoce. Esta nueva actitud espiritual
fue marcada también por una revista, más efímera aún
que Colónida: Nuestra Época. En Nuestra Época,
destinada a las muchedumbres y no al Palais Concert, escribieron Félix
del Valle, César Falcón, César Ugarte, Valdelomar,
Percy Gibson, César A. Rodríguez, César Vallejo y yo.
Este era ya, hasta estructuralmente, un conglomerado distinto del de Colónida.
Figuraban en él un discípulo de Maúrtua, un futuro
catedrático de la Universidad: Ugarte; y un agitador obrero: del
Barzo. En este movimiento, más político que literario, Valdelomar
no era ya un líder. Seguía a escritores más jóvenes
y menos conocidos que él. Actuaba en segunda fila.
Valdelomar, sin embargo, había evolucionado. Un gran artista es casi
siempre un hombre de gran sensibilidad. El gusto de la vida muelle, plácida,
sensual, no le hubiera consentido ser un agitador; pero, como Óscar
Wilde, Valdelomar habría llegado a amar el socialismo. Valdelomar
no era un prisionero de la torre de marfil. No renegaba su pasado demagógico
y tumultuario de billinghurista. Se complacía de que en su historia
existiera ese episodio. Malgrado su aristocratismo, Valdelomar se sentía
atraído por la gente humilde y sencilla. Lo acreditan varios capítulos
de su literatura, no exenta de notas cívicas. Valdelomar escribió
para los niños de las escuelas de Huaura su oración a San
Martín. Ante un auditorio de obreros, pronunció en algunas
ciudades del norte durante sus andanzas de conferencista nómade,
una oración al trabajo. Recuerdo que, en nuestros últimos
coloquios, escuchaba con interés y con respeto mis primeras divagaciones
socialistas. En este instante de gravidez, de maduración, de tensión
máximas, lo abatió la muerte.
* * *
No conozco ninguna definición certera, exacta, nítida,
del arte de Valdelomar. Me explico que la crítica no la haya formulado
todavía. Valdelomar murió a los treinta años cuando
él mismo no había conseguido aún encontrarse, definirse.
Su producción desordenada, dispersa, versátil, y hasta un
poco incoherente, no contiene sino los elementos materiales de la obra que
la muerte frustró. Valdelomar no logró realizar plenamente
su personalidad rica y exuberante. Nos ha dejado, a pesar de todo, muchas
páginas magníficas.
Su personalidad no sólo influyó en la actitud espiritual de
una generación de escritores. Inició en nuestra literatura
una tendencia que luego se ha acentuado. Valdelomar que trajo del extranjero
influencias pluricolores e internacionales y que, por consiguiente, introdujo
en nuestra literatura elementos de cosmopolitismo, se sintió, al
mismo tiempo, atraído por el criollismo y el inkaísmo. Buscó
sus temas en lo cotidiano y lo humilde. Revivió su infancia en una
aldea de pescadores. Descubrió, inexperto pero clarividente, la cantera
de nuestro pasado autóctono.
Uno de los elementos esenciales del arte de Valdelomar es su humorismo.
La egolatría de Valdelomar era en gran parte humorística.
Valdelomar decía en broma casi todas las cosas que el público
tomaba en serio. Las decía pour épater les bourgeois.
Si los burgueses se hubiesen reído con él de sus "poses"
megalomaníacas, Valdelomar no hubiese insistido tanto en su uso.
Valdelomar impregnó su obra de un humorismo elegante, alado, ático,
nuevo hasta entonces entre nosotros. Sus artículos de periódicos,
sus "diálogos máximos", solían estar llenos
del más gentil donaire. Esta prosa habría podido ser más
cincelada, más elegante, más duradera; pero Valdelomar no
tenía casi tiempo para pulirla. Era una prosa improvisada y periodística
(29).
Ningún humorismo menos acerbo, menos amargo, menos acre, menos maligno
que el de Valdelomar. Valdelomar caricaturizaba a los hombres, pero los
caricaturizaba piadosamente. Miraba las cosas con una sonrisa bondadosa.
Evaristo, el empleado de la botica aldeana, hermano gemelo de un sauce hepático
y desdichado, es una de esas caricaturas melancólicas que a Valdelomar
le agradaba trazar. En el acento de esta novela de sabor pirandelliano se
siente la ternura de Valdelomar por su desventurado, pálido y canijo
personaje.
Valdelomar parece caer a veces en la desesperanza y en el pesimismo. Pero
estos son desmayos pasajeros, depresiones precarias de su ánimo.
Era Valdelomar demasiado panteísta y sensual para ser pesimista.
Creía con D'Annunzio que "la vida es bella y digna de ser magníficamente
vivida". En sus cuentos y paisajes aldeanos se reconoce este rasgo
de su espíritu. Valdelomar buscó perennemente la felicidad
y el placer. Pocas veces logró gozarlos; pero estas pocas veces supo
poseerlos plena, absoluta, exaltadamente.
En su "Confiteor" -que es tal vez la más noble, la más
pura, la más bella poesía erótica de nuestra literatura-,
Valdelomar toca el más alto grado de exaltación dionisíaca.
Transido de emoción erótica, el poeta piensa que la naturaleza,
el Universo, no pueden ser extraños ni indiferentes a su amor. Su
amor no es egoísta: necesita sentirse rodeado por una alegría
cósmica. He aquí esta nota suprema de "Confiteor":
Ml AMOR ANIMARÁ EL MUNDO
¿ES POSIBLE SUFRIR?
"Confiteor" es la ingenua confidencia lírica de un enamorado
exultante de amor y de felicidad. Delante de la amada, el poeta "tiembla
como un junco débil". Y con la cándida convicción
de los enamorados, dice que no todos pueden comprender su pasión.
La imagen de su amada, es una imagen prerrafaelista, presentida sólo
por los que han "contemplado el lienzo de Burne Jones donde está
el ángel de la Anunciación". En el amor, ninguno de nuestros
poetas había llegado antes a este lirismo absoluto. Hay algo de allegro
beethoveniano en los versos transcritos.
A Valdelomar, a pesar de "El Hermano Ausente", a pesar de "Confiteor"
y otros versos, se le regatea el título de poeta que en cambio se
discierne por ejemplo, a don Felipe Pardo. No cabe Valdelomar dentro de
las clasificaciones arbitrarias y ramplonas de la vieja crítica.
¿Qué puede decir esta crítica de Valdelomar y de su obra?
Los matices más nobles, las notas más delicadas del temperamento
de este gran lírico no podrán ser aprehendidos nunca por sus
definiciones. Valdelomar fue un hombre nómade, versátil, inquieto
como su tiempo. Fue "muy moderno, audaz, cosmopolita". En su humorismo,
en su lirismo, se descubre a veces lineamientos y matices de la moderna
literatura de vanguardia.
Valdelomar no es todavía, en nuestra literatura, el hombre matinal.
Actuaban sobre él demasiadas influencias decadentistas. Entre "las
cosas inefables e infinitas", que intervienen en el desarrollo de sus
leyendas inkaicas, con la Fe, el Mar y la Muerte, pone al Crepúsculo.
Desde su juventud, su arte estuvo bajo el signo de D'Annunzio. En Italia,
el tramonto romano, el atardecer voluptuoso del Janiculum, la vendimia autumnal,
Venecia anfibia -marítima y palúdica-, exacerbaron en Valdelomar
las emociones crepusculares de Il Fuoco.
Pero a Valdelomar lo preserva de una excesiva intoxicación decadentista
su vivo y puro lirismo. El humour, esa nota tan frecuente de su arte,
es la senda por donde se evade del universo d'annunziano. El humour
da el tono al mejor de sus cuentos: "Hebaristo, el sauce que murió
de amor". Cuento pirandelliano, aunque Valdelomar acaso no conociera
a Pirandello que, en la época de la visita de nuestro escritor a
Italia, estaba muy distante de la celebridad ganada para su nombre por sus
obras teatrales. Pirandelliano por el método: identificación
panteísta de las vidas paralelas de un sauce y un boticario; pirandelliano
por el personaje: levemente caricaturesco, mesocrático, pequeño
burgués, inconcluso; pirandelliano por el drama: el fracaso de una
existencia que, en una tentativa superior a su ritmo sórdido, siente
romperse su resorte con grotesco y risible traquido.
Un sentimiento panteísta, pagano, empujaba a Valdelomar a la aldea,
a la naturaleza. Las impresiones de su infancia, transcurrida en una apacible
caleta de pescadores gravitan melodiosamente en su subconsciencia. Valdelomar
es singularmente sensible a las cosas rústicas. La emoción
de su infancia está hecha de hogar, de playa y de campo. El "soplo
denso, perfumado del mar", la impregna de una tristeza tónica
y salobre:
Tiene, empero, Valdelomar la sensibilidad cosmopolita y viajera del hombre
moderno. Nueva York, Times Square, son motivos que lo atraen tanto
como la aldea encantada y el "caballero carmelo". Del piso 54
de Woolworth pasa sin esfuerzo a la yerba santa y la verdolaga de los primeros
soledosos caminos de su infancia. Sus cuentos acusan la movilidad caleidoscópica
de su fantasía. El dandismo de sus cuentos yanquis y cosmopolitas,
el exotismo de sus imágenes chinas u orientales ("mi alma tiembla
como un junco débil"), el romanticismo de sus leyendas inkaicas,
el impresionismo de sus relatos criollos son en su obra estaciones que se
suceden, se repiten, se alternan en el itinerario del artista, sin transiciones
y sin rupturas espirituales.
Su obra es esencialmente fragmentaria y escisípara. La existencia
y el trabajo del artista se resentían de indisciplina y exuberancia
criollas. Valdelomar reunía, elevadas a su máxima potencia,
las cualidades y los defectos del mestizo costeño. Era un temperamento
excesivo, que del más exasperado orgasmo creador caía en el
más asiático y fatalista renunciamiento de todo deseo. Simultáneamente
ocupaban su imaginación un ensayo estético, una divagación
humorística, una tragedia pastoril (Verdolaga), una vida romancesca
(La Mariscala). Pero poseía el don del creador. Los gallinazos
del Martinete, la Plaza del Mercado, las riñas de gallos, cualquier
tema podía poner en marcha su imaginación, con fructuosa cosecha
artística. De muchas cosas, Valdelomar es descubridor. A él
se le reveló, primero que a nadie en nuestras letras, la trágica
belleza agonal de ]as corridas de toros. En tiempos en que este asunto estaba
reservado aún a la prosa pedestre de los iniciados en la tauromaquia,
escribió su Belmonte, el trágico.
La "greguería" empieza con Valdelomar en nuestra literatura.
Me consta que los primeros libros de Gómez de la Serna que arribaron
a Lima, gustaron sobremanera a Valdelomar. El gusto atomístico de
la "greguería" era, además, innato en él,
aficionado a la pesquisa original y a la búsqueda microcósmica.
Pero, en cambio, Valdelomar no sospechaba aún en Gómez de
la Serna al descubridor del Alba. Su retina de criollo impresionista era
experta en gozar voluptuosamente, desde la ribera dorada, los colores ambiguos
del crepúsculo.
Impresionismo: esta es, dentro de su variedad espacial, la filiación
más precisa de su arte.
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