José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Proceso de la Literatura
IX. RIVA AGÜERO Y SU INFLUENCIA.
LA GENERACIÓN "FUTURISTA"
La generación "futurista" -como paradójicamente
se le apoda-, señala un momento de restauración colonialista
y civilista en el pensamiento y la literatura del Perú.
La autoridad sentimental e ideológica de los herederos de la Colonia
se encontraba comprometida y socavada por quince años de predicación
radical. Después de un período de caudillaje militar análogo
al que siguió a la revolución de la independencia, la clase
latifundista había restablecido su dominio político pero no
había restablecido igualmente su dominio intelectual. El radicalismo,
alimentado por la reacción moral de la derrota -de la cual el pueblo
sentía responsable a la plutocracia-, había encontrado un
ambiente favorable a la propagación de su verbo revolucionario. Su
propaganda había rebelado, sobre todo, a las provincias. Una marejada
de ideas avanzadas había pasado por la República.
La antigua guardia intelectual del civilismo, envejecida y debilitada, no
podía reaccionar eficazmente contra la generación radical.
La restauración tenía que ser realizada por una falange de
hombres jóvenes. El civilismo contaba con la Universidad. A la Universidad
le tocaba darle, por ende, esta milicia intelectual. Pero era indispensable
que la acción de sus hombres no se contentase con ser una acción
universitaria. Su misión debía constituir una reconquista
integral de la inteligencia y el sentimiento. Como uno de sus objetivos
naturales y sustantivos, aparecía la recuperación del terreno
perdido en la literatura. La literatura llega adonde no llega la Universidad.
La obra de un solo escritor del pueblo, discípulo de González
Prada, el Tunante, era entonces una obra mucho más propagada y entendida
que la de todos los escritores de la Universidad juntos.
Las circunstancias históricas propiciaban la restauración.
El dominio político del civilismo se presentaba sólidamente
consolidado. El orden económico y político inaugurado por
Piérola el 95 era esencialmente un orden civilista. Muchos profesionales
y literatos que en el período caótico de nuestra posguerra,
se sintieron atraídos por el campo radical, se sentían ahora
empujados al campo civilista. La generación radical estaba, en verdad,
disuelta. González Prada, retirado a un displicente ascetismo, vivía
desconectado de sus dispersos discípulos. De suerte que la generación
"futurista" no encontró casi resistencia.
En sus rangos se mezclaban y se confundían "civilistas"
y "demócratas", separados en la lucha partidista. Su advenimiento
era saludado, en consecuencia, por toda la gran prensa de la capital. EI
Comercio y La Prensa auspiciaban a la "nueva generación".
Esta generación se mostraba destinada a realizar la armonía
entre civilistas y demócratas que la coalición del 95 dejó
sólo iniciada. Su líder y capitán Riva Agüero,
en quien la tradición civilista y plutocrática se conciliaba
con una devoción casi filial al "Califa" demócrata,
reveló desde el primer momento tal tendencia. En su tesis sobre la
"literatura del Perú independiente", arremetiendo contra
el radicalismo dijo lo siguiente: "Los partidos de principios, no sólo
no producirían bienes, sino que crearían males irreparables.
En el actual sistema, las diferencias entre los partidos no son muy grandes
ni muy hondas sus divisiones. Se coaligan sin dificultad, colaboran con
frecuencia. Los gobernantes sagaces pueden, sin muchos esfuerzos, aprovechar
del concurso de todos los hombres útiles".
La resistencia a los partidos de principios denuncia el sentimiento y la
inspiración clasistas de la generación de Riva Agüero.
Su esfuerzo manifiesta de un modo demasiado inequívoco el propósito
de asegurar y consolidar un régimen de clase. Negar a los principios,
a las ideas, el derecho de gobernar el país significaba fundamentalmente,
reservar ese derecho para una casta. Era preconizar el dominio de la "gente
decente", de la "clase ilustrada". Riva Agüero, a este
respecto, como a otros, se muestra en riguroso acuerdo con Javier Prado
y Francisco García Calderón. Y es que Prado y García
Calderón representan la misma restauración. Su ideología
tiene los mismos rasgos esenciales. Se reduce en el fondo, a un positivismo
conservador. Un fraseario más o menos idealista y progresista disimula
el ideario tradicional. Como ya lo he observado, Riva Agüero, Prado
y García Calderón coinciden en el acatamiento a Taine. Riva
Agüero para esclarecernos más su filiación, nos descubre
en su varias veces citada tesis -que es incontestablemente el primer manifiesto
político y literario de la generación "futurista"-
su adhesión a Brunetiére.
La revisión de valores de la literatura con que debutó Riva
Agüero en la política, corresponde absolutamente a los fines
de una restauración. Idealiza y glorifica la Colonia, buscando en
ella las raíces de la nacionalidad. Superestima la literatura colonialista
exaltando enfáticamente a sus mediocres cultores. Trata desdeñosamente
el romanticismo de Mariano Melgar. Reprueba a González Prada lo más
válido y fecundo de su obra: su protesta.
La generación "futurista" se muestra, al mismo tiempo universitaria,
académica, retórica. Adopta del modernismo sólo los
elementos que le sirven para condenar la inquietud romántica.
Una de sus obras más características y peculiares es la organización
de la Academia correspondiente de la Lengua Española. Uno de sus
esfuerzos artísticos más marcados es su retorno a España
en la prosa y en el verso.
El rasgo más característico de la generación apodada
"futurista" es su pasadismo. Desde el primer momento sus literatos
se entregan a idealizar el pasado. Riva Agüero, en su tesis, reivindica
con energía los fueros de los hombres y las cosas tradicionales.
Pero el pasado, para esta generación, no es muy remoto ni muy próximo.
Tiene límites definidos: los del Virreinato. Toda su predilección,
toda su ternura, son para esta época. El pensamiento de Riva Agüero
a este respecto es inequívoco. El Perú, según él,
desciende de la Conquista. Su infancia es la Colonia.
La literatura peruana deviene desde este momento acentuadamente colonialista.
Se inicia un fenómeno que no ha terminado todavía y que Luis
Alberto Sánchez designa con el nombre de "perricholismo".
En este fenómeno -en sus orígenes, no en sus consecuencias-
se combinan y se identifican dos sentimientos: limeñismo y pasadismo.
Lo que, en política, se traduce así: centralismo y conservantismo.
Porque el pasadismo de la generación de Riva Agüero no constituye
un gesto romántico de inspiración meramente literaria. Esta
generación es tradicionalista pero no romántica. Su literatura,
más o menos teñida de "modernismo", se presenta
por el contrario como una reacción contra la literatura del romanticismo.
El romanticismo condena radicalmente el presente en el nombre del pasado
o del futuro. Riva Agüero y sus contemporáneos, en cambio, aceptan
el presente, aunque para gobernarlo y dirigirlo invoquen y evoquen el pasado.
Se caracterizan, espiritual e ideológicamente, por un conservantismo
positivista, por un tradicionalismo oportunista.
Naturalmente, esta es sólo la tonalidad general del fenómeno,
en el cual no faltan matices más o menos discrepantes. José
Gálvez, por ejemplo, individualmente escapa a la definición
que acabo de esbozar. Su pasadismo es de fondo romántico. Haya lo
llama "el único palmista sincero", refiriéndose
sin duda al carácter literario y sentimental de su pasadismo. La
distinción no está netamente expresada. Pero parte de un hecho
evidente. Gálvez -cuya poesía desciende de la de Chocano,
repitiendo, atenuadamente unas veces, desteñidamente otras, su verbosidad-
tiene trama de romántico. Su pasadismo, por eso, está menos
localizado en el tiempo que el del núcleo de su generación.
Es un pasadismo integral. Enamorado del Virreinato, Gálvez no se
siente, sin embargo, acaparado exclusivamente por el culto de esta época.
Para él "todo tiempo pasado fue mejor". Puede observarse
que, en cambio, su pasadismo está más localizado en el espacio.
El tema de sus evocaciones es casi siempre limeño. Pero también
esto me parece en Gálvez un rasgo romántico.
Gálvez, de otro lado, se aparta a veces del credo de Riva Agüero.
Sus opiniones sobre la posibilidad de una literatura genuinamente nacional
son heterodoxas dentro del fenómeno "futurista". Acerca
del americanismo en la literatura, Gálvez, aunque sea con no pocas
reservas y concesiones, se declara de acuerdo con la tesis del líder
de su generación y su partido. No lo convence la aserción
de que es imposible revivir poéticamente las antiguas civilizaciones
americanas. "Por mucho que sean civilizaciones desaparecidas y por
honda que haya sido la influencia española -escribe-, ni el material
mismo se ha extinguido, ni tan puros hispanos somos los que más lo
fuéramos, que no sintamos vinculaciones con aquella raza, cuya tradición
áurea bien merece un recuerdo y cuyas ruinas imponentes y misteriosas
nos subyugan y nos impresionan. Precisamente porque andamos tan mezclados
y son tan encontradas nuestras raíces históricas, por lo mismo
que nuestra cultura no es tan honda como parece, el material literario de
aquellas épocas definitivamente muertas es enorme para nosotros,
sin que esto signifique que lo consideremos primordial y porque alguna levadura
debe haber en nuestras almas de la gestación del imperio incaico
y de las luchas de las dos razas, la indígena y la española,
cuando aún nos encoge el alma y nos sacude con emoción extraña
y dolorida la música temblorosa del yaraví. Además,
nuestra historia no puede partir sólo de la Conquista y por vago
que fuese el legado síquico que hayamos recibido de los indios, siempre
algo tenemos de aquella raza vencida, que en viviente ruina anda preterida
y maltratada en nuestras serranías, constituyendo un grave problema
social, que si palpita dolorosamente en nuestra vida, ¿por qué
no puede tener un lugar en nuestra literatura que ha sido tan fecunda en
sensaciones históricas de otras razas que realmente nos son extranjeras
y peregrinas?" (27). No
acierta Gálvez, sin embargo, en la definición de una literatura
nacional. "Es cuestión de volver el alma -dice- a las rumorosas
palpitaciones de lo que nos rodea". Mas, a renglón seguido,
reduce sus elementos a "la historia, la tradición y la naturaleza".
El pasadista reaparece aquí íntegramente. Una literatura genuinamente
nacionalista, en su concepto, debe nutrirse sobre todo de la historia, la
leyenda, la tradición, esto es del pasado. El presente es también
historia. Pero seguramente Gálvez no lo pensaba cuando escogía
las fuentes de nuestra literatura. La historia, en su sentimiento, no era
entonces sino pasado. No dice Gálvez que la literatura nacional debe
traducir totalmente al Perú. No le pide una función realmente
creadora. Le niega el derecho de ser una literatura del pueblo. Polemizando
con el Tunante, sostiene que el artista "debe desdeñar altivamente
la facilidad que le ofrece el modismo callejero, admirable muchas veces
para el artículo de costumbres, pero que está distante de
la fina aristocracia que debe tener la forma artística" (28).
El pensamiento de la generación futurista es, por otra parte, el
de Riva Agüero. El voto en contra o, mejor, el voto en blanco de Gálvez,
en este y otros debates, no tiene sino un valor individual. La generación
futurista, en tanto, utiliza totalmente el pasadismo y el romanticismo de
Gálvez en la serenata bajo los balcones del Virreinato, destinada
políticamente a reanimar una leyenda indispensable al dominio de
los herederos de la Colonia.
La casta feudal no tiene otros títulos que los de la tradición
colonial. Nada más concordante con su interés que una corriente
literaria tradicionalista. En el fondo de la literatura colonialista, no
existe sino una orden perentoria, una exigencia imperiosa del impulso vital
de una clase, de una "casta".
Y quien dude del origen fundamentalmente político del fenómeno
"futurista" no tiene sino que reparar en el hecho de que esta
falange de abogados, escritores, literatos, etc., no se contentó
con ser sólo un movimiento. Cuando llegó a su mayor edad quiso
ser un partido.