José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Proceso de la Literatura
VII. ABELARDO GAMARRA
Abelardo Gamarra no tiene hasta ahora un sitio en las antologías.
La crítica relega desdeñosamente su obra a un plano secundario.
Al plano, casi negligible para su gusto cortesano, de la literatura popular.
Ni siquiera en el criollismo se le reconoce un rol cardinal. Cuando se historia
el criollismo se cita siempre antes a un colonialista tan inequívoco
como don Felipe Pardo.
Sin embargo, Gamarra es uno de nuestros literatos más representativos.
Es, en nuestra literatura esencialmente capitalina, el escritor que con
más pureza traduce y expresa a las provincias. Tiene su prosa reminiscencias
indígenas. Ricardo Palma es un criollo de Lima; el Tunante es un
criollo de la sierra. La raíz india está viva en su arte jaranero.
Del indio tiene el Tunante la tesonera y sufrida naturaleza, la panteísta
despreocupación del más allá, el alma dulce y rural,
el buen sentido campesino, la imaginación realista y sobria. Del
criollo, tiene el decir donairoso, la risa zumbona, el juicio agudo y socarrón,
el espíritu aventurero y juerguista. Procedente de un pueblo serrano,
el Tunante se asimiló a la capital y a la costa, sin desnaturalizarse
ni deformarse. Por su sentimiento, por su entonación, su obra es
la más genuinamente peruana de medio siglo de imitaciones y balbuceos.
Lo es también por su espíritu. Desde su juventud, Gamarra
militó en la vanguardia. Participó en la protesta radical,
con verdadera adhesión a su patriotismo revolucionario. Lo que en
otros corifeos del radicalismo era sólo una actitud intelectual y
literaria, en el Tunante era un sentimiento vital, un impulso anímico.
Gamarra sentía hondamente, en su carne y en su espíritu, la
repulsa de la aristocracia encomendera y de su corrompida e ignorante clientela.
Comprendió siempre que esta gente no representaba al Perú;
que el Perú era otra cosa. Este sentimiento, lo mantuvo en guardia
contra el civilismo y sus expresiones intelectuales e ideológicas.
Su seguro instinto lo preservó, al mismo tiempo, de la ilusión
"demócrata". El Tunante no se engañó sobre
Piérola. Percibió el verdadero sentido histórico del
gobierno del 95. Vio claro que no era una revolución democrática
sino una restauración civilista. Y, aunque hasta su muerte, guardó
el más fervoroso culto a González Prada, cuyas retóricas
catilinarias tradujo a un lenguaje popular, se mostró nostalgioso
de un espíritu más realizador y constructivo. Su intuición
histórica echaba de menos en el Perú a un Alberdi, a un Sarmiento.
En sus últimos años, sobre todo, se dio cuenta de que una
política idealista y renovadora debe asentar bien los pies en la
realidad y en la historia.
No es su obra la de un simple costumbrista satírico. Bajo el animado
retrato de tipos y costumbres, es demasiado evidente la presencia de un
generoso idealismo político y social. Esto es lo que coloca a Gamarra
muy por encima de Segura. La obra del Tunante tiene un ideal; la de Segura
no tiene ninguno.
Por otra parte, el criollismo del Tunante es más integral, más
profundo que el de Segura. Su versión de las cosas y los tipos es
más verídica, más viviente. Gamarra tiene en su obra
-que no por azar es la más popular, la más leída en
provincias-, muchos atisbos agudísimos, muchos aciertos plásticos.
El Tunante es un Pancho Fierro de nuestras letras. Es un ingenio popular;
un escritor intuitivo y espontáneo.
Heredero del espíritu de la revolución de la independencia,
tuvo lógica-mente que sentirse distinto y opuesto a los herederos
del espíritu de la Conquista y la Colonia. Y, por esto, no diploma
ni breveta su obra la autoridad de academias ni ateneos ("¡De
las Academias, líbranos Señor!" -pensaba seguramente,
como Rubén Darío, el Tunante). Se le desdeña por su
sintaxis. Se le desdeña por su ortografía. Pero se le desdeña,
ante todo, por su espíritu.
La vida se burla alegremente de las reservas y los remilgos de la crítica,
concediendo a los libros de Gamarra la supervivencia que niega a los libros
de renombre y mérito oficialmente sancionados. A Gamarra no lo recuerda
casi la crítica; no lo recuerda sino el pueblo. Pero esto le basta
a su obra para ocupar de hecho en la historia de nuestras letras el puesto
que formalmente se le regatea.
La obra de Gamarra aparece como una colección dispersa de croquis
y bocetos. No tiene una creación central. No es una afinada modulación
artística. Este es su defecto. Pero de este defecto no es responsable
totalmente la calidad del artista. Es responsable también la incipiencia
de la literatura que representa.
El Tunante quería hacer arte en el lenguaje de la calle. Su intento
no era equivocado. Por el mismo camino han ganado la inmortalidad los clásicos
de los orígenes de todas las literaturas.