| José Carlos Mariátegui 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana El Proceso de la Literatura |
El estudio de González Prada pertenece a la crónica y a
la crítica de nuestra literatura antes que a las de nuestra política.
González Prada fue más literato que político. El hecho
de que la trascendencia política de su obra sea mayor que su trascendencia
literaria no desmiente ni contraría el hecho anterior y primario,
de que esa obra, en sí, más que política es literaria.
Todos constatan que González Prada no fue acción sino verbo.
Pero no es esto lo que a González Prada define como literato más
que como político. Es su verbo mismo.
El verbo, puede ser programa, doctrina. Y ni en Páginas Libres
ni en Horas de Lucha encontramos una doctrina ni un programa propiamente
dichos. En los discursos, en los ensayos que componen estos libros, González
Prada no trata de definir la realidad peruana en un lenguaje de estadista
o de sociólogo. No quiere sino sugerirla en un lenguaje de literato.
No concreta su pensamiento en proposiciones ni en conceptos. Lo esboza en
frases de gran vigor panfletario y retórico, pero de poco valor práctico
y científico. "El Perú es una montaña coronada
por un cementerio". "El Perú es un organismo enfermo: donde
se aplica el dedo brota el pus". Las frases más recordadas de
González Prada delatan al hombre de letras: no al hombre de Estado.
Son las de un acusador, no las de un realizador.
El propio movimiento radical aparece en su origen como un fenómeno
literario y no como un fenómeno político. El embrión
de la Unión Nacional o Partido Radical se llamó "Círculo
Literario". Este grupo literario se transformó en grupo político
obedeciendo al mandato de su época. El proceso biológico del
Perú no necesitaba literatos sino políticos. La literatura
es lujo, no es pan. Los literatos que rodeaban a González Prada sintieron
vaga pero perentoriamente la necesidad vital de esta nación desgarrada
y empobrecida. "El «Círculo Literario», la pacífica
sociedad de poetas y soñadores -decía González Prada
en su discurso del Olimpo de 1887-, tiende a convertirse en un centro militante
y propagandista. ¿De dónde nacen los impulsos de radicalismo
en literatura? Aquí llegan ráfagas de los huracanes que azotan
a las capitales europeas, repercuten voces de la Francia republicana e incrédula.
Hay aquí una juventud que lucha abiertamente por matar con muerte
violenta lo que parece destinado a sucumbir con agonía inoportunamente
larga, una juventud, en fin, que se impacienta por suprimir los obstáculos
y abrirse camino para enarbolar la bandera roja en los desmantelados torreones
de la literatura nacional" (22).
González Prada no resistió el impulso histórico que
lo empujaba a pasar de la tranquila especulación parnasiana a la
áspera batalla política. Pero no pudo trazar a su falange
un plan de acción. Su espíritu individualista, anárquico,
solitario, no era adecuado para la dirección de una vasta obra colectiva.
Cuando se estudia el movimiento radical, se dice que González Prada
no tuvo temperamento de conductor, de caudillo, de condotiero. Mas no es
ésta la única constatación que hay que hacer. Se debe
agregar que el temperamento de González Prada era fundamentalmente
literario. Si González Prada no hubiese nacido en un país
urgido de reorganización y moralización políticas y
sociales, en el cual no podía fructificar una obra exclusivamente
artística, no lo habría tentado jamás la idea de formar
un partido.
Su cultura coincidía, como es lógico, con su temperamento.
Era una cultura principalmente literaria y filosófica. Leyendo sus
discursos y sus artículos, se nota que González Prada carecía
de estudios específicos de Economía y Política. Sus
sentencias, sus imprecaciones, sus aforismos, son de inconfundibles factura
e inspiración literarias. Engastado en su prosa elegante y bruñida,
se descubre frecuentemente un certero concepto sociológico o histórico.
Ya he citado alguno. Pero en conjunto, su obra tiene siempre el estilo y
la estructura de una obra de literato.
Nutrido del espíritu nacionalista y positivista de su tiempo, González
Prada exaltó el valor de la Ciencia. Mas esta actitud es peculiar
de la literatura moderna de su época. La Ciencia, la Razón,
el Progreso, fueron los mitos del siglo diecinueve. González Prada,
que por la ruta del liberalismo y del enciclopedismo llegó a la utopía
anarquista, adoptó fervorosamente estos mitos. Hasta en sus versos
hallamos la expresión enfática de su racionalismo.
El pensamiento de González Prada, aunque subordinado a todos los
grandes mitos de su época, no es monótonamente positivista.
En González Prada arde el fuego de los racionalistas del siglo XVIII.
Su Razón es apasionada. Su Razón es revolucionaria. El positivismo,
el historicismo del siglo XIX representan un racionalismo domesticado. Traducen
el humor y el interés de una burguesía a la que la asunción
del poder ha tornado conservadora. El racionalismo, el cientificismo de
González Prada no se contentan con las mediocres y pávidas
conclusiones de una razón y una ciencia burguesas. En González
Prada subsiste, intacto en su osadía, el jacobino.
Javier Prado, García Calderón, Riva Agüero, divulgan
un positivismo conservador. González Prada enseña un positivismo
revolucionario. Los ideólogos del civilismo, en perfecto acuerdo
con sus sentimientos de clase, nos sometieron a la autoridad de Taine; el
ideólogo del radicalismo se reclamó siempre de pensamiento
superior y distinto del que, concomitante y consustancial en Francia con
un movimiento de reacción política, sirvió aquí
a la apología de las oligarquías ilustradas.
No obstante su filiación racionalista y cientificista, González
Prada no cae casi nunca en un intelectualismo exagerado. Lo preservan de
este peligro su sentimiento artístico y su exaltado anhelo de justicia.
En el fondo de este parnasiano, hay un romántico que no desespera
nunca del poder del espíritu.
Una de sus agudas opiniones sobre Renán, el que ne dépasse
pas le doute, nos prueba que González Prada percibió muy
bien el riesgo de un criticismo exacerbado. "Todos los defectos de
Renán se explican por la exageración del espíritu crítico;
el temor de engañarse y la manía de creerse un espíritu
delicado y libre de pasión, le hacían muchas veces afirmar
todo con reticencias o negar todo con restricciones, es decir, no afirmar
ni negar y hasta contradecirse, pues le acontecía emitir una idea
y en seguida, valiéndose de un pero, defender lo contrario. De ahí
su escasa popularidad: la multitud sólo comprende y sigue a los hombres
que franca y hasta brutalmente afirman con las palabras como Mirabeau, con
los hechos como Napoleón".
González Prada prefiere siempre la afirmación a la negación,
a la duda. Su pensamiento es atrevido, intrépido, temerario. Teme
a la incertidumbre. Su espíritu siente hondamente la angustiosa necesidad
de dépasser le doute. La fórmula de Vasconcelos pudo
ser también la de González Prada: "pesimismo de la realidad,
optimismo del ideal". Con frecuencia, su frase es pesimista: casi nunca
es escéptica.
En un estudio sobre la ideología de González Prada, que forma
parte de su libro El Nuevo Absoluto, Mariano Iberico Rodríguez
define bien al pensador de Páginas Libres cuando escribe lo
siguiente: "Concorde con el espíritu de su tiempo, tiene gran
fe en la eficacia del trabajo científico. Cree en la existencia de
leyes universales inflexibles y eternas, pero no deriva del cientificismo
ni del determinismo una estrecha moral eudemonista ni tampoco la resignación
a la necesidad cósmica que realizó Spinoza. Por el contrario,
su personalidad descontenta y libre superó las consecuencias lógicas
de sus ideas y profesó el culto de la acción y experimentó
la ansiedad de la lucha y predicó la afirmación de la libertad
y de la vida. Hay evidentemente algo del rico pensamiento de Nietzsche en
las exclamaciones anárquicas de Prada. Y hay en éste como
en Nietzsche la oposición entre un concepto determinista de la realidad
y el empuje triunfal del libre impulso interior" (24).
Por estas y otras razones, si nos sentimos lejanos de muchas ideas de González
Prada, no nos sentimos, en cambio, lejanos de su espíritu. González
Prada se engañaba, por ejemplo, cuando nos predicaba antirreligiosidad.
Hoy sabemos mucho más que en su tiempo sobre la religión como
sobre otras cosas. Sabemos que una revolución es siempre religiosa.
La palabra religión tiene un nuevo valor, un nuevo sentido. Sirve
para algo más que para designar un rito o una iglesia. Poco importa
que los soviets escriban en sus afiches de propaganda que "la religión
es el opio de los pueblos". El comunismo es esencialmente religioso.
Lo que motiva aún equívocos es la vieja acepción del
vocablo. González Prada predecía el tramonto de todas las
creencias sin advertir que él mismo era predicador de una creencia,
confesor de una fe. Lo que más se admira en este racionalista es
su pasión. Lo que más se respeta en este ateo, un tanto pagano,
es su ascetismo moral. Su ateísmo es religioso. Lo es, sobre todo,
en los instantes en que parece más vehemente y más absoluto.
Tiene González Prada algo de esos ascetas laicos que concibe Romain
Rolland. Hay que buscar al verdadero González Prada en su credo de
justicia, en su doctrina de amor; no en el anticlericalismo un poco vulgar
de algunas páginas de Horas de Lucha.
La ideología de Páginas Libres y de Horas de Lucha
es hoy, en gran parte, una ideología caduca. Pero no depende de la
validez de sus conceptos ni de sus sentencias lo que existe de fundamental
ni de perdurable en González Prada. Los conceptos no son siquiera
lo característico de su obra. Como lo observa Iberico, en González
Prada lo característico "no se ofrece como una rígida
sistematización de conceptos -símbolos provisionales de un
estado de espíritu-; lo está en un cierto sentimiento, en
una cierta determinación constante de la personalidad entera, que
se traducen por el admirable contenido artístico de la obra y por
la viril exaltación del esfuerzo y de la lucha" (25).
He dicho ya que lo duradero en la obra de González Prada es su espíritu.
Los hombres de la nueva generación en González Prada admiramos
y estimamos, sobre todo, el austero ejemplo moral. Estimamos y admiramos,
sobre todo, la honradez intelectual, la noble y fuerte rebeldía.
Pienso, además, por mi parte que González Prada no reconocería
en la nueva generación peruana una generación de discípulos
y herederos de su obra si no encontrara en sus hombres la voluntad y el
aliento indispensables para superarla. Miraría con desdén
a los repetidores mediocres de sus frases. Amaría sólo una
juventud capaz de traducir en acto lo que en él no pudo ser sino
idea y no se sentiría renovado y renacido sino en hombres que supieran
decir una palabra verdaderamente nueva, verdaderamente actual.
De González Prada debe decirse lo que él, en Páginas
Libres, dice de Vigil. "Pocas vidas tan puras, tan llenas, tan
dignas de ser imitadas. Puede atacarse la forma y el fondo de sus escritos,
puede tacharse hoy sus libros de anticuados e insuficientes, puede, en fin,
derribarse todo el edificio levantado por su inteligencia; pero una cosa
permanecerá invulnerable y de pie, el hombre".
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