José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Proceso de la Literatura
IV. RICARDO PALMA, LIMA Y LA COLONIA
El colonialismo -evocación nostálgica del Virreinato- pretende
anexarse la figura de don Ricardo Palma. Esta literatura servil y floja,
de sentimentaloides y retóricos, se supone consustanciada con las
Tradiciones. La generación "futurista", que más
de una vez he calificado como la más pasadista de nuestras generaciones,
ha gastado la mejor parte de su elocuencia en esta empresa de acaparamiento
de la gloria de Palma. Es este el único terreno en el que ha maniobrado
con eficacia. Palma aparece oficialmente como el máximo representante
del colonialismo.
Pero si se medita seriamente sobre la obra de Palma confrontándola
con el proceso político y social del Perú y con la inspiración
del género colonialista, se descubre lo artificioso y lo convencional
de esta anexión. Situar la obra de Palma dentro de la literatura
colonialista es no sólo empequeñecerla sino también
deformarla. Las Tradiciones no pueden ser identificadas con una literatura
de reverente y apologética exaltación de la Colonia y sus
fastos, absolutamente peculiar y característica, en su tonalidad
y en su espíritu, de la académica clientela de la casta feudal.
Don Felipe Pardo y Don José Antonio de Lavalle, conservadores convictos
y confesos, evocaban la Colonia con nostalgia y con unción. Ricardo
Palma, en tanto, la reconstruía con un realismo burlón y una
fantasía irreverente y satírica. La versión de Palma
es cruda y viva. La de los prosistas y poetas de la serenata bajo los balcones
del Virreinato, tan grata a los oídos de la gente ancien régime,
es devota y ditirámbica. No hay ningún parecido sustancial,
ningún parentesco psicológico entre una y otra versión.
La suerte bien distinta de una y otra se explica fundamentalmente por la
diferencia de calidad; pero se explica también por la diferencia
de espíritu. La calidad es siempre espíritu. La obra pesada
y académica de Lavalle y otros colonialistas ha muerto porque no
puede ser popular. La obra de Palma vive, ante todo, porque puede y sabe
serlo.
El espíritu de las Tradiciones no se deja mistificar. Es demasiado
evidente en toda la obra. Riva Agüero que, en su estudio sobre el carácter
de la literatura del Perú independiente, de acuerdo con los intereses
de su gens y de su clase, lo coloca dentro del colonialismo, reconoce
en Palma, "perteneciente a la generación que rompió con
el amaneramiento de los escritores del coloniaje", a un literato "liberal
e hijo de la República". Se siente a Riva Agüero íntimamente
descontento del espíritu irreverente y heterodoxo de Palma.
Riva Agüero trata de rechazar este sentimiento, pero sin poder evitar
que aflore netamente en más de un pasaje de su discurso. Constata
que Palma "al hablar de la Iglesia, de los jesuitas, de la nobleza,
se sonríe y hace sonreír al lector". Cuida de agregar
que "con sonrisa tan fina que no hiere". Dice que no será
él quien le reproche su volterianismo. Pero concluye confesando así
su verdadero sentimiento: "A veces la burla de Palma, por más
que sea benigna y suave, llega a destruir la simpatía histórica.
Vemos que se encuentra muy desligado de las añejas preocupaciones,
que, a fuerza de estar libre de esas ridiculeces, no las comprende; y una
ligera nube de indiferencia y despego se interpone entonces entre el asunto
y el escritor" (12).
Si el propio crítico e historiógrafo de la literatura peruana
que ha juntado, solidarizándolos, el elogio de Palma y la apología
de la Colonia, reconoce tan explícitamente la diferencia fundamental
de sentimiento que distingue a Palma de Pardo y de Lavalle, ¿cómo
se ha creado y mantenido el equívoco de una clasificación
que virtualmente los confunde y reúne? La explicación es fácil.
Este equívoco se ha apoyado, en su origen, en la divergencia personal
entre Palma y González Prada; se ha alimentado, luego, del contraste
espiritual entre "palmistas" y "pradistas". Haya de
la Torre, en una carta sobre Mercurio Peruano, a la revista Sagitario
de La Plata, tiene una observación acertada: "Entre Palma que
se burlaba y Prada que azotaba, los hijos de ese pasado y de aquellas castas
doblemente zaheridas prefirieron el alfilerazo al látigo" (l3).
Pertenece al mismo Haya una precisa y, a mi juicio, oportuna e inteligente
mise au point sobre el sentido histórico y político de las
Tradiciones. "Personalmente -escribe-, creo que Palma fue tradicionista,
pero no tradicionalista. Creo que Palma hundió la pluma en el pasado
para luego blandirla en alto y reírse de él. Ninguna institución
u hombre de la Colonia y aun de la República escapó a la mordedura
tantas veces tan certera de la ironía, el sarcasmo y siempre el ridículo
de la jocosa crítica de Palma. Bien sabido es que el clero católico
tuvo en la literatura de Palma un enemigo y que sus Tradiciones son
el horror de frailes y monjas. Pero por una curiosa paradoja, Palma se vio
rodeado, adulado y desvirtuado por una troupe de gente distinguida, intelectuales,
católicos, niños bien y admiradores de apellidos sonoros"
(l4).
No hay nada de extraño ni de insólito en que esta penetrante
aclaración del sentido y la filiación de las Tradiciones
venga de un escritor que jamás ha oficiado de crítico literario.
Para una interpretación profunda del espíritu de una literatura,
la mera erudición literaria no es suficiente. Sirven más la
sensibilidad política y la clarividencia histórica. El crítico
profesional considera la literatura en sí misma. No percibe sus relaciones
con la política, la economía, la vida en su totalidad. De
suerte que su investigación no llega al fondo, a la esencia de los
fenómenos literarios. Y, por consiguiente, no acierta a definir los
oscuros factores de su génesis ni de su subconsciencia.
Una historia de la literatura peruana que tenga en cuenta las raíces
sociales y políticas de ésta, cancelará la convención
contra la cual hoy sólo una vanguardia protesta. Se verá entonces
que Palma está menos lejos de González Prada de lo que hasta
ahora parece (15).
Las Tradiciones de Palma tienen, política y socialmente, una
filiación democrática. Palma interpreta al medio pelo. Su
burla roe risueñamente el prestigio del Virreinato y el de la aristocracia.
Traduce el malcontento zumbón del demos criollo. La sátira
de las Tradiciones no cala muy hondo ni golpea muy fuerte; pero,
precisamente por esto, se identifica con el humor de un demos blando,
sensual y azucarado. Lima no podía producir otra literatura. Las
Tradiciones agotan sus posibilidades. A veces se exceden a sí
mismas.
Si la revolución de la independencia hubiese sido en el Perú
la obra de una burguesía más o menos sólida, la literatura
republicana habría tenido otro tono. La nueva clase dominante se
habría expresado, al mismo tiempo, en la obra de sus estadistas,
y en el verbo, el estilo y la actitud de sus poetas, de sus novelistas y
de sus críticos. Pero en el Perú el advenimiento de la república
no representó el de una nueva clase dirigente.
La onda de la revolución era continental: no era casi peruana. Los
liberales, los jacobinos, los revolucionarios peruanos, no constituían
sino un manípulo. La mejor savia, la más heroica energía,
se gastaron en las batallas y en los intervalos de la lucha. La república
no reposaba sino en el ejército de la revolución. Tuvimos,
por esto, un accidentado, un tormentoso período de interinidad militar.
Y no habiendo podido cuajar en este período la clase revolucionaria,
resurgió automáticamente la clase conservadora. Los encomenderos
y terratenientes que, durante la revolución de la independencia oscilaron
ambiguamente, entre patriotas y realistas, se encargaron francamente de
la dirección de la república. La aristocracia colonial y monárquica
se metamorfoseó, formalmente, en burguesía republicana. El
régimen económico-social de la Colonia se adaptó externamente
a las instituciones creadas por la revolución. Pero la saturó
de su espíritu colonial.
Bajo un frío liberalismo de etiqueta, latía en esta casta
la nostalgia del Virreinato perdido.
El demos criollo o, mejor, limeño, carecía de consistencia
y de originalidad. De rato en rato lo sacudía la clarinada retórica
de algún caudillo incipiente. Mas, pasado el espasmo, caía
de nuevo en su muelle somnolencia. Toda su inquietud, toda su rebeldía,
se resolvían en el chiste, la murmuración y el epigrama. Y
esto es precisamente lo que encuentra su expresión literaria en la
prosa socarrona de las Tradiciones.
Palma pertenece absolutamente a una mesocracia a la que un complejo conjunto
de circunstancias históricas no consintió transformarse en
una burguesía. Como esta clase compósita, como esta clase
larvada, Palma guardó un latente rencor contra la aristocracia antañona
y reaccionaria. La sátira de las Tradiciones hinca con frecuencia
sus agudos dientes roedores en los hombres de la República. Mas,
al revés de la sátira reaccionaria de Felipe Pardo y Aliaga,
no ataca a la República misma. Palma, como el demos limeño,
se deja conquistar por la declamación antioligárquica de Piérola.
Y, sobre todo, se mantiene siempre fiel a la ideología liberal de
la independencia.
El colonialismo, el civilismo, por órgano de Riva Agüero y otros
de sus portavoces intelectuales, se anexan a Palma, no sólo porque
esta anexión no presenta ningún peligro para su política
sino, principalmente, por la irremediable mediocridad de su propio elenco
literario. Los críticos de esta casta saben muy bien que son vanos
todos los esfuerzos por inflar el volumen de don Felipe Pardo o don José
Antonio de Lavalle. La literatura civilista no ha producido sino parvos
y secos ejercicios de clasicismo o desvaídos y vulgares conatos románticos.
Necesita, por consiguiente, acaparar a Palma para pavonearse, con derecho
o no, de un prestigio auténtico.
Pero debo constatar que no sólo el colonialismo es responsable de
este equívoco. Tiene parte en él -como en mi anterior artículo
lo observaba-, el "gonzález-pradismo". En un "ensayo
acerca de las literaturas del Perú" de Federico More, hallo
el siguiente juicio sobre el autor de las Tradiciones: "Ricardo
Palma, representativo, expresador y centinela del Colonialismo, es un historizante
anecdótico, divertido narrador de chascarrillos fichados y anaquelados.
Escribe con vistas a la Academia de la Lengua y, para contar los devaneos
y discreteos de las marquesitas de pelo ensortijado y labios prominentes,
quiere usar el castellano del siglo de oro" (16).
More pretende que de Palma quedará sólo la "risilla chocarrera".
Esta opinión, para algunos, no reflejará más que una
notoria ojeriza de More, a quien todos reconocen poca consecuencia en sus
amores, pero a quien nadie niega una gran consecuencia en sus ojerizas.
Pero hay dos razones para tomarla en consideración: 1ª La especial
beligerancia que da a More su título de discípulo de González
Prada. 2ª La seriedad del ensayo que contiene estas frases.
En este ensayo More realiza un concienzudo esfuerzo por esclarecer el espíritu
mismo de la literatura nacional. Sus aserciones fundamentales, si no íntegramente
admitidas, merecen ser atentamente examinadas. More parte de un principio
que suscribe toda crítica profunda. "La literatura -escribe-
sólo es traducción de un estado político y social".
El juicio sobre Palma pertenece, en suma, a un estudio al cual confieren
remarcable valor las ideas y las tesis que sustenta; no a una panfletaria
y volandera disertación de sobremesa. Y esto obliga a remarcarlo
y rectificarlo. Pero al hacerlo conviene exponer y comentar las líneas
esenciales de la tesis de More.
Ésta busca los factores raciales y las raíces telúricas
de la literatura peruana. Estudia sus colores y sus líneas esenciales;
prescinde de sus matices y de sus contornos complementarios. El método
es de panfletario; no es de crítico. Esto da cierto vigor, cierta
fuerza a las ideas, pero les resta flexibilidad. La imagen que nos ofrecen
de la literatura peruana es demasiado estática.
Pero si las conclusiones no son siempre justas, los conceptos en que reposan
son, en cambio, verdaderos. More siente el dualismo peruano. Sostiene que
en el Perú "o se es colonial o se es inkaico". Yo, que
reiteradamente he escrito que el Perú hijo de la Conquista es una
formación costeña, no puedo dejar de declararme de acuerdo
con More respecto al origen y al proceso del conflicto entre inkaísmo
y colonialismo. No estoy lejos de pensar como More que este conflicto, este
antagonismo, "es y será por muchos años, clave sociológica
y política de la vida peruana".
El dualismo peruano se refleja y se expresa, naturalmente, en la literatura.
"Literariamente -escribe More-, el Perú preséntase, como
es lógico, dividido. Surge un hecho fundamental: los andinos son
rurales, los limeños urbanos. Y así las dos literaturas. Para
quienes actúan bajo la influencia de Lima todo tiene idiosincrasia
iberafricana: todo es romántico y sensual. Para quienes actuamos
bajo la influencia del Cuzco, la parte más bella y honda de la vida
se realiza en las montañas y en los valles y en todo hay subjetividad
indescifrada y sentido dramático. El limeño es colorista:
el serrano musical. Para los herederos del coloniaje, el amor es un lance.
Para los retoños de la raza caída, el amor es un coro trasmisor
de las voces del destino".
Mas esta literatura serrana que More define con tanta vehemencia, oponiéndola
a la literatura limeña o colonial, sólo ahora empieza a existir
seria y válidamente. No tiene casi historia, no tiene casi tradición.
Los dos mayores literatos de la República, Palma y González
Prada, pertenecen a Lima. Estimo mucho, como se verá más adelante,
la figura de Abelardo Gamarra; pero me parece que More, tal vez, la superestima.
Aunque en un pasaje de su estudio conviene en que "no fue, por desgracia
Gamarra, el artista redondo y facetado, limpio y fulgente, el cabal hombre
de letras que se necesita".
El propio More reconoce que "las regiones andinas, el inkaísmo,
aún no tienen el sumo escritor que sintetice y condense, en fulminantes
y lucientes páginas, las inquietudes, las modalidades y las oscilaciones
del alma inkaica". Su testimonio sufraga y confirma, por ende, la tesis
de que la literatura peruana hasta Palma y González Prada es colonial,
es española. La literatura serrana, con la cual la confronta More,
no ha logrado, antes de Palma y González Prada, una modulación
propia. Lima ha impuesto sus modelos a las provincias. Peor todavía;
las provincias han venido a buscar sus modelos a Lima. La prosa polémica
del regionalismo y el radicalismo provincianos desciende de González
Prada, a quien, en justicia, More, su discípulo, reprocha su excesivo
amor a la retórica.
Gamarra es para More el representativo del Perú integral. Con Gamarra
empieza, a su juicio, un nuevo capítulo de nuestra literatura. El
nuevo capítulo comienza, en mi concepto, con González Prada
que marca la transición del españolismo puro a un europeísmo
más o menos incipiente en su expresión pero decisivo en sus
consecuencias.
Pero Ricardo Palma, a quien More erróneamente designa como un "representativo,
expresador y centinela del colonismo", malgrado sus limitaciones, es
también de este Perú integral que en nosotros principia a
concretarse y definirse. Palma traduce el criollismo, el mestizaje, la mesocracia
de una Lima republicana que, si es la misma que aclama a Piérola
-más arequipeño que limeño en su temperamento y en
su estilo-, es igualmente la misma que, en nuestro tiempo, revisa su propia
tradición, reniega su abolengo colonial, condena y critica su centralismo,
sostiene las reivindicaciones del indio y tiende sus dos manos a los rebeldes
de provincias.
More no distingue sino una Lima. La conservadora, la somnolienta, la frívola,
la colonial. "No hay problema ideológico o sentimental -dice-
que en Lima haya producido ecos. Ni el modernismo en literatura ni el marxismo
en política; ni el símbolo en música ni el dinamismo
expresionista en pintura han inquietado a los hijos de la ciudad sedante.
La voluptuosidad es tumba de la inquietud". Pero esto no es exacto.
En Lima, donde se ha constituido el primer núcleo de industrialismo,
es también donde, en perfecto acuerdo con el proceso histórico
de la nación, se ha balbuceado o se ha pronunciado la primera resonante
palabra de marxismo. More, un poco desconcertado de su pueblo, no lo sabe
acaso, pero puede intuirlo. No faltan en Buenos Aires y La Plata quienes
tienen título para enterarlo de las reivindicaciones de una vanguardia
que en Lima como en el Cuzco, en Trujillo, en Jauja, representa un nuevo
espíritu nacional.
La requisitoria contra el colonialismo, contra el "limeñismo"
si así prefiere llamarlo More, ha partido de Lima. El proceso de
la capital -en abierta pugna con lo que Luis Alberto Sánchez denomina
"perricholismo", y con una pasión y una severidad que precisamente
a Sánchez alarman y preocupan-, lo estamos haciendo hombres de la
capital (l7). En Lima, algunos
escritores que del esteticismo d'annunziano importado por Valdelomar habíamos
evolucionado al criticismo socializante de la revista España,
fundamos hace diez años Nuestra Época, para denunciar,
sin reservas y sin compromisos con ningún grupo y ningún caudillo,
las responsabilidades de la vieja política (18).
En Lima, algunos estudiantes, portavoces del nuevo espíritu, crearon
hace cinco años las universidades populares e inscribieron en su
bandera el nombre de González Prada.
Henríquez Ureña dice que hay dos Américas: una buena
y otra mala. Lo mismo se podría decir de Lima. Lima no tiene raíces
en el pasado autóctono. Lima es la hija de la Conquista. Pero desde
que, en la mentalidad y en el espíritu, cesa de ser sólo española
para volverse un poco cosmopolita, desde que se muestra sensible a las ideas
y a las emociones de la época, Lima deja de aparecer exclusivamente
como la sede y el hogar del colonialismo y españolismo. La nueva
peruanidad es una cosa por crear. Su cimiento histórico tiene que
ser indígena. Su eje descansará quizá en la piedra
andina, mejor que en la arcilla costeña. Bien. Pero a este trabajo
de creación, la Lima renovadora, la Lima inquieta, no es ni quiere
ser extraña.