José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Proceso de la Literatura
III. EL COLONIALISMO SUPÉRSTITE
Nuestra literatura no cesa de ser española en la fecha de la fundación
de la República. Sigue siéndolo por muchos años, ya
en uno, ya en otro trasnochado eco del clasicismo o del romanticismo de
la metrópoli. En todo caso, si no española, hay que llamarla
por luengos años, literatura colonial.
Por el carácter de excepción de la literatura peruana, su
estudio no se acomoda a los usados esquemas de clasicismo, romanticismo
y modernismo, de antiguo, medioeval y moderno, de poesía popular
y literaria, etc. Y no intentaré sistematizar este estudio conforme
la clasificación marxista en literatura feudal o aristocrática,
burguesa y proletaria. Para no agravar la impresión de que mi alegato
está organizado según un esquema político o clasista
y conformarlo más bien a un sistema de crítica e historia
artística, puedo construirlo con otro andamiaje, sin que esto implique
otra cosa que un método de explicación y ordenación,
y por ningún motivo una teoría que prejuzgue e inspire la
interpretación de obras y autores.
Una teoría moderna -literaria, no sociológica- sobre el proceso
normal de la literatura de un pueblo distingue en él tres períodos:
un período colonial, un período cosmopolita, un período
nacional. Durante el primer período un pueblo, literariamente, no
es sino una colonia, una dependencia de otro. Durante el segundo período,
asimila simultáneamente elementos de diversas literaturas extranjeras.
En el tercero, alcanzan una expresión bien modulada su propia personalidad
y su propio sentimiento. No prevé más esta teoría de
la literatura. Pero no nos hace falta, por el momento, un sistema más
amplio.
El ciclo colonial se presenta en la literatura peruana muy preciso y muy
claro. Nuestra literatura no sólo es colonial en ese ciclo por su
dependencia y su vasallaje a España; lo es, sobre todo, por su subordinación
a los residuos espirituales y materiales de la Colonia. Don Felipe Pardo,
a quien Gálvez arbitrariamente considera como uno de los precursores
del peruanismo literario, no repudiaba la República y sus instituciones
por simple sentimiento aristocrático; las repudiaba, más bien,
por sentimiento godo. Toda la inspiración de su sátira -asaz
mediocre por lo demás- procede de su mal humor de corregidor o de
"encomendero" a quien una revolución ha igualado, en la
teoría si no en el hecho, con los mestizos y los indígenas.
Todas las raíces de su burla están en su instinto de casta.
El acento de Pardo y Aliaga no es el de un hombre que se siente peruano
sino el de un hombre que se siente español en un país conquistado
por España para los descendientes de sus capitanes y de sus bachilleres.
Este mismo espíritu, en menores dosis, pero con los mismos resultados,
caracteriza casi toda nuestra literatura hasta la generación "colónida"
que, iconoclasta ante el pasado y sus valores, acata, como su maestro, a
González Prada y saluda, como su precursor a Eguren, esto es a los
dos literatos más liberados de españolismo.
¿Qué cosa mantiene viva durante tanto tiempo en nuestra literatura
la nostalgia de la Colonia? No por cierto únicamente el pasadismo
individual de los literatos. La razón es otra. Para descubrirla hay
que sondear en un mundo más complejo que el que abarca regularmente
la mirada del crítico.
La literatura de un pueblo se alimenta y se apoya en su substratum
económico y político. En un país dominado por los descendientes
de los encomenderos y los oidores del Virreinato, nada era más natural,
por consi-guiente, que la serenata bajo sus balcones. La autoridad de la
casta feudal reposaba en parte sobre el prestigio del Virreinato. Los mediocres
literatos de una república que se sentía heredera de la Conquista
no podían hacer otra cosa que trabajar por el lustre y brillo de
los blasones virreinales. Únicamente los temperamentos superiores
-precursores siempre, en todos los pueblos y todos los climas, de las cosas
por venir- eran capaces de sustraerse a esta fatalidad histórica,
demasiado imperiosa para los clientes de la clase latifundista.
La flaqueza, la anemia, la flacidez de nuestra literatura colonial y colonialista
provienen de su falta de raíces. La vida, como lo afirmaba Wilson,
viene de la tierra. El arte tiene necesidad de alimentarse de la savia de
una tradición, de una historia, de un pueblo. Y en el Perú
la literatura no ha brotado de la tradición, de la historia, del
pueblo indígenas. Nació de una importación de literatura
española; se nutrió luego de la imitación de la misma
literatura. Un enfermo cordón umbilical la ha mantenido unida a la
metrópoli.
Por eso no hemos tenido casi sino barroquismo y culteranismo de clérigos
y oidores, durante el coloniaje; romanticismo y trovadorismo mal trasegados
de los biznietos de los mismos oidores y clérigos, durante la República.
La literatura colonial, malgrado algunas solitarias y raquíticas
evocaciones del imperio y sus fastos, se ha sentido extraña al pasado
inkaico. Ha carecido absolutamente de aptitud e imaginación para
reconstruirlo. A su historiógrafo Riva Agüero esto le ha parecido
muy lógico. Vedado de estudiar y denunciar esta incapacidad, Riva
Agüero se ha apresurado a justificarla, suscribiendo con complacencia
y convicción el juicio de un escritor de la metrópoli. "Los
sucesos del Imperio Incaico -escribe- según el muy exacto decir de
un famoso crítico (Menéndez Pelayo) nos interesan tanto como
pudieran interesar a los españoles de hoy las historias y consejas
de los Turdetanos y Carpetanos". Y en las conclusiones del mismo ensayo
dice: "El sistema que para americanizar la literatura se remonta hasta
los tiempos anteriores a la Conquista, y trata de hacer vivir poéticamente
las civilizaciones quechua y azteca, y las ideas y los sentimientos de los
aborígenes, me parece el más estrecho e infecundo. No debe
llamársele americanismo sino exotismo. Ya lo han dicho
Menéndez Pelayo, Rubio y Juan Valera; aquellas civilizaciones o semicivilizaciones
murieron, se extinguieron, y no hay modo de reanudar su tradición,
puesto que no dejaron literatura. Para los criollos de raza española,
son extranjeras y peregrinas y nada nos liga con ellas; y extranjeras y
peregrinas son también para los mestizos y los indios cultos, porque
la educación que han recibido los ha europeizado por completo. Ninguno
de ellos se encuentra en la situación de Garcilaso de la Vega".
En opinión de Riva Agüero -opinión característica
de un descendiente de la Conquista, de un heredero de la Colonia, para quien
constituyen artículos de fe los juicios de los eruditos de la Corte-,
"recursos mucho más abundantes ofrecen las expediciones españolas
del XVI y las aventuras de la Conquista" (11).
Adulta ya la República, nuestros literatos no han logrado sentir
el Perú sino como una colonia de España. A España partía,
en pos no sólo de modelos sino también de temas, su imaginación
domesticada. Ejemplo: la Elegía a la muerte de Alfonso XII
de Luis Benjamín Cisneros, que fue sin embargo, dentro de la desvaída
y ramplona tropa romántica, uno de los espíritus más
liberales y ochocentistas.
El literato peruano no ha sabido casi nunca sentirse vinculado al pueblo.
No ha podido ni ha deseado traducir el penoso trabajo de formación
de un Perú integral, de un Perú nuevo. Entre el Inkario y
la Colonia, ha optado por la Colonia. El Perú nuevo era una nebulosa.
Sólo el Inkario y la Colonia existían neta y definidamente.
Y entre la balbuceante literatura peruana y el Inkario y el indio se interponía,
separándolos e incomunicándolos, la Conquista.
Destruida la civilización inkaica por España, constituido
el nuevo Estado sin el indio y contra el indio, sometida la raza aborigen
a la servidumbre, la literatura peruana tenía que ser criolla, costeña,
en la proporción en que dejara de ser española. No pudo por
esto, surgir en el Perú una literatura vigorosa. El cruzamiento del
invasor con el indígena no había producido en el Perú
un tipo más o menos homogéneo. A la sangre ibera y quechua
se había mezclado un copioso torrente de sangre africana. Más
tarde la importación de culis debía añadir a esta mezcla
un poco de sangre asiática. Por ende, no había un tipo sino
diversos tipos de criollos, de mestizos. La función de tan disímiles
elementos étnicos se cumplía, por otra parte, en un tibio
y sedante pedazo de tierra baja, donde una naturaleza indecisa y negligente
no podía imprimir en el blando producto de esta experiencia sociológica
un fuerte sello individual.
Era fatal que lo heteróclito y lo abigarrado de nuestra composición
étnica trascendiera a nuestro proceso literario. El orto de la literatura
peruana no podía semejarse, por ejemplo, al de la literatura argentina.
En la república del sur, el cruzamiento del europeo y del indígena
produjo al gaucho. En el gaucho se fundieron perdurable y fuertemente la
raza forastera y conquistadora y la raza aborigen. Consiguientemente la
literatura argentina -que es entre las literaturas iberoamericanas la que
tiene tal vez más personalidad- está permeada de sentimiento
gaucho. Los mejores literatos argentinos han extraído del estrato
popular sus temas y sus personajes. Santos Vega, Martín Fierro, Anastasio
el Pollo, antes que en la imaginación artística, vivieron
en la imaginación popular. Hoy mismo la literatura argentina, abierta
a las más modernas y distintas influencias cosmopolitas, no reniega
su espíritu gaucho. Por el contrario, lo reafirma altamente. Los
más ultraístas poetas de la nueva generación se declaran
descendientes del gaucho Martín Fierro y de su bizarra estirpe de
payadores. Uno de los más saturados de occidentalismo y modernidad,
Jorge Luis Borges, adopta frecuentemente la prosodia del pueblo.
Discípulos de Listas y Hermosillas, los literatos del Perú
independiente, en cambio, casi invariablemente desdeñaron la plebe.
Lo único que seducía y deslumbraba su cortesana y pávida
fantasía de hidalgüelos de provincia era lo español,
lo virreinal. Pero España estaba muy lejos. El Virreinato -aunque
subsistiese el régimen feudal establecido por los conquistadores-
pertenecía al pasado. Toda la literatura de esta gente da, por esto,
la impresión de una literatura desarraigada y raquítica, sin
raíces en su presente. Es una literatura de implícitos "emigrados",
de nostálgicos sobrevivientes.
Los pocos literatos vitales, en esta palúdica y clorótica
teoría de cansinos y chafados rétores, son los que de algún
modo tradujeron al pueblo. La literatura peruana es una pesada e indigesta
rapsodia de la literatura española, en todas las obras en que ignora
al Perú viviente y verdadero. El ay indígena, la pirueta zamba,
son las notas más animadas y veraces de esta literatura sin alas
y sin vértebras. En la trama de las Tradiciones ¿no se
descubre en seguida la hebra del chispeante y chismoso medio pelo limeño?
Esta es una de las fuerzas vitales de la prosa del tradicionista. Melgar,
desdeñado por los académicos, sobrevivirá a Althaus,
a Pardo y a Salaverry, porque en sus yaravíes encontrará siempre
el pueblo un vislumbre de su auténtica tradición sentimental
y de su genuino pasado literario.