José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Proceso de la Literatura
II. LA LITERATURA DE LA COLONIA
Materia primaria de unidad de toda literatura es el idioma. La literatura
española, como la italiana y la francesa, comienzan con los primeros
cantos y relatos escritos en esas lenguas. Sólo a partir de la producción
de obras propiamente artísticas, de méritos perdurables, en
español, italiano y francés, aparecen respectivamente las
literaturas española, italiana y francesa. La diferenciación
de estas lenguas del latín no estaba aún acabada, y del latín
se derivaban directamente todas ellas, consideradas por mucho tiempo como
lenguaje popular. Pero la literatura nacional de dichos pueblos latinos
nace, históricamente, con el idioma nacional, que es el primer elemento
de demarcación de los confines generales de una literatura.
El florecimiento de las literaturas nacionales coincide, en la historia
de Occidente, con la afirmación política de la idea nacional.
Forma parte del movimiento que, a través de la Reforma y el Renacimiento,
creó los factores ideológicos y espirituales de la revolución
liberal y del orden capitalista. La unidad de la cultura europea, mantenida
durante el Medioevo por el latín y el Papado, se rompió a
causa de la corriente nacionalista, que tuvo una de sus expresiones en la
individualización nacional de las literaturas. El "nacionalismo"
en la historiografía literaria, es por tanto un fenómeno de
la más pura raigambre política, extraño a la concepción
estética del arte. Tiene su más vigorosa definición
en Alemania, desde la obra de los Schlegel, que renueva profundamente la
crítica y la historiografía literarias. Francesco de Sanctis
-autor de la justamente célebre Storia della letteratura italiana,
de la cual Brunetiére escribía con fervorosa admiración,
"esta historia de la literatura italiana que yo no me canso de citar
y que no se cansan en Francia de no leer"- considera característico
de la crítica ochocentista "quel pregio de la nazionalitá,
tanto stimato dai critici moderni e pel cuale lo Schlegel esalta il Calderón,
nazionalissimo spagnuolo e deprime il Metastasio non punto italiano"(5).
La literatura nacional es en el Perú, como la nacionalidad misma,
de irrenunciable filiación española. Es una literatura escrita,
pensada y sentida en español, aunque en los tonos, y aun en la sintaxis
y prosodia del idioma, la influencia indígena sea en algunos casos
más o menos palmaria e intensa. La civilización autóctona
no llegó a la escritura y, por ende, no llegó propia y estrictamente
a la literatura, o más bien, ésta se detuvo en la etapa de
los aedas, de las leyendas y de las representaciones coreográfico-teatrales.
La escritura y la gramática quechuas son en su origen obra española
y los escritos quechuas pertenecen totalmente a literatos bilingües
como El Lunarejo, hasta la aparición de Inocencio Mamani, el joven
autor de Tucuípac Munashcan(6).
La lengua castellana, más o menos americanizada, es el lenguaje literario
y el instrumento intelectual de esta nacionalidad cuyo trabajo de definición
aún no ha concluido.
En la historiografía literaria, el concepto de literatura nacional
del mismo modo que no es intemporal, tampoco es demasiado concreto. No traduce
una realidad mensurable e idéntica. Como toda sistematización,
no aprehende sino aproximadamente la movilidad de los hechos (La nación
misma es una abstracción, una alegoría, un mito, que no corresponde
a una realidad constante y precisa, científicamente determinable).
Remarcando el carácter de excepción de la literatura hebrea,
De Sanctis constata lo siguiente: "Verdaderamente una literatura del
todo nacional es una quimera. Tendría ella por condición un
pueblo perfectamente aislado como se dice que es la China (aunque también
en la China han penetrado hoy los ingleses). Aquella imaginación
y aquel estilo que se llama hoy orientalismo, no es nada de particular al
Oriente, sino más bien es del septentrión y de todas las literaturas
barbáricas y nacientes. La poesía griega tenía de la
asiática, y la latina de la griega y la italiana de la griega y la
latina" (7).
El dualismo quechua-español del Perú, no resuelto aún,
hace de la literatura nacional un caso de excepción que no es posible
estudiar con el método válido para las literaturas orgánicamente
nacionales, nacidas y crecidas sin la intervención de una conquista.
Nuestro caso es diverso del de aquellos pueblos de América, donde
la misma dualidad no existe, o existe en términos inocuos. La individualidad
de la literatura argentina, por ejemplo, está en estricto acuerdo
con una definición vigorosa de la personalidad nacional.
La primera etapa de la literatura peruana no podía eludir la suerte
que le imponía su origen. La literatura de los españoles de
la Colonia no es peruana; es española. Claro está que no por
estar escrita en idioma español, sino por haber sido concebida con
espíritu y sentimiento españoles. A este respecto, me parece
que no hay discrepancia. Gálvez, hierofante del culto al Virreinato
en su literatura, reconoce como crítico que "la época
de la Colonia no produjo sino imitadores serviles e inferiores de la literatura
española y especialmente la gongórica de la que tomaron sólo
lo hinchado y lo malo y que no tuvieron la comprensión ni el sentimiento
del medio, exceptuando a Garcilaso, que sintió la naturaleza y a
Caviedes que fue personalísimo en sus agudezas y que en ciertos aspectos
de la vida nacional, en la malicia criolla, puede y debe ser considerado
como el lejano antepasado de Segura, de Pardo, de Palma y de Paz Soldán"
(8).
Las dos excepciones, mucho más la primera que la segunda, son incontestables.
Garcilaso, sobre todo, es una figura solitaria en la literatura de la Colonia.
En Garcilaso se dan la mano dos edades, dos culturas. Pero Garcilaso es
más inka que conquistador, más quechua que español.
Es, también, un caso de excepción. Y en esto residen precisamente
su individualidad y su grandeza.
Garcilaso nació del primer abrazo, del primer amplexo fecundo de
las dos razas, la conquistadora y la indígena. Es, históricamente,
el primer "peruano", si entendemos la "peruanidad" como
una formación social, determinada por la conquista y la colonización
españolas. Garcilaso llena con su nombre y su obra una etapa entera
de la literatura peruana. Es el primer peruano, sin dejar de ser español.
Su obra, bajo su aspecto histórico-estético, pertenece a la
épica española. Es inseparable de la máxima epopeya
de España: el descubrimiento y conquista de América.
Colonial, española, aparece la literatura peruana, en su origen,
hasta por los géneros y asuntos de su primera época. La infancia
de toda literatura, normalmente desarrollada, es la lírica (9).
La literatura oral indígena obedeció, como todas, esta ley.
La Conquista trasplantó al Perú, con el idioma español,
una literatura ya evolucionada, que continuó en la Colonia su propia
trayectoria. Los españoles trajeron un género narrativo bien
desarrollado que del poema épico avanzaba ya a la novela. Y la novela
caracteriza la etapa literaria que empieza con la Reforma y el Renacimiento.
La novela es, en buena cuenta, la historia del individuo de la sociedad
burguesa; y desde este punto de vista no está muy desprovisto de
razón Ortega y Gasset cuando registra la decadencia de la novela.
La novela renacerá, sin duda, como arte realista, en la sociedad
proletaria; pero, por ahora, el relato proletario, en cuanto expresión
de la epopeya revolucionaria, tiene más de épica que de novela
propiamente dicha. La épica medioeval, que decaía en Europa
en la época de la Conquista, encontraba aquí los elementos
y estímulos de un renacimiento. El conquistador podía sentir
y expresar épicamente la Conquista. La obra de Garcilaso está,
sin duda, entre la épica y la historia. La épica, como observa
muy bien De Sanctis, pertenece a los tiempos de lo maravilloso (10).
La mejor prueba de la irremediable mediocridad de la literatura de la Colonia
la tenemos en que, después de Garcilaso, no ofrece ninguna original
creación épica. La temática de los literatos de la
Colonia es, generalmente, la misma de los literatos de España, y
siendo repetición o continuación de ésta, se manifiesta
siempre en retardo, por la distancia. El repertorio colonial se compone
casi exclusivamente de títulos que a leguas acusan el eruditismo,
el escolasticismo, el clasicismo trasnochado de los autores. Es un repertorio
de rapsodias y ecos, si no de plagios. El acento más personal es,
en efecto, el de Caviedes, que anuncia el gusto limeño por el tono
festivo y burlón. El Lunarejo, no obstante su sangre indígena,
sobresalió sólo como gongorista, esto es en una actitud característica
de una literatura vieja que, agotado ya el renacimiento, llegó al
barroquismo y al culteranismo. El Apologético en favor de Góngora
desde este punto de vista, está dentro de la literatura española.