| José Carlos Mariátegui 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana Regionalismo y Centralismo |
El espectáculo del desarrollo de Lima en los últimos años,
mueve a nuestra impresionista gente limeña a previsiones de delirante
optimismo sobre el futuro cercano de la capital. Los barrios nuevos, las
avenidas de asfalto, recorridas en automóvil, a sesenta u ochenta
kilómetros, persuaden fácilmente a un limeño -bajo
su epidérmico y risueño escepticismo, el limeño es
mucho menos incrédulo de lo que parece-, de que Lima sigue a prisa
el camino de Buenos Aires o Río de Janeiro.
Estas previsiones parten todas de la impresión física del
crecimiento del área urbana. Se mira sólo la multiplicación
de los nuevos sectores urbanos. Se constata que, según su movimiento
de urbanización, Lima quedará pronto unida con Miraflores
y la Magdalena. Las "urbanizaciones", en verdad trazan ya, en
el papel, la superficie de una urbe de al menos un millón de habitantes.
Pero en sí mismo el movimiento de urbanización no prueba nada.
La falta de un censo reciente no nos permite conocer con exactitud el crecimiento
demográfico de Lima de 1920 a hoy. El censo de 1920 fijaba en 228,740
el número de habitantes de Lima (7).
Se ignora la proporción del aumento de los últimos años.
Mas los datos disponibles indican que ni el aumento por natalidad ni el
aumento por inmigración han sido excesivos. Y, por tanto, resulta
demasiado evidente que el crecimiento de la superficie de Lima supera exorbitantemente
al crecimiento de la población. Los dos procesos, los dos términos
no coinciden. El proceso de urbanización avanza por su propia cuenta.
El optimismo limeño respecto al porvenir próximo de la capital
se alimenta, en gran parte, de la confianza de que ésta continuará
usufructuando largamente las ventajas de un régimen centralista que
le asegura sus privilegios de sede del poder, del placer, de la moda, etc.
Pero el desarrollo de una urbe no es una cuestión de privilegios
políticos y administrativos. Es, más bien, una cuestión
de privilegios económicos.
En consecuencia, lo que hay que investigar es si el desenvolvimiento orgánico
de la economía peruana garantiza a Lima la función necesaria
para que su futuro sea el que se predice o, mejor dicho, se augura.
Examinemos rápidamente las leyes de la biología de las urbes
y veamos hasta qué punto se presentan favorables a Lima.
Los factores esenciales de la urbe son tres: el factor natural o geográfico,
el factor económico y el factor político. De estos tres factores
el único que en el caso de Lima conserva íntegra su potencia
es el tercero .
Lucien Romier escribe, estudiando el desarrollo de las ciudades francesas,
lo siguiente: "En tanto que las ciudades secundarias gobiernan los
cambios locales, la formación de las grandes ciudades supone conexiones
y corrientes de valor nacional o internacional: su fortuna depende de una
red de actividades más vastas. Su destino desborda, pues, los cuadros
administrativos y a veces las fronteras; sigue los movimientos generales
de la circulación" (8).
Y bien, en el Perú estas conexiones y corrientes de valor nacional
e internacional no se concentran en la capital. Lima no es, geográficamente,
el centro de la economía peruana. No es, sobre todo, la desembocadura
de sus corrientes comerciales.
En un artículo sobre "la capital del esprit", publicado
en una revista italiana, César Falcón hace inteligentes observaciones
sobre este tópico. Constata Falcón que las razones del estupendo
crecimiento de Buenos Aires son, fundamentalmente, razones económicas
y geográficas. Buenos Aires es el puerto y el mercado de la agricultura
y la ganadería argentinas. Todas las grandes vías de comercio
argentino desembocan ahí (9).
Lima, en cambio, no puede ser sino una de las desembocaduras de los productos
peruanos. Por diferentes puertos de la larga costa peruana tienen que salir
los productos del norte y del sur.
Todo esto es de una evidencia incontestable. El Callao se mantiene y se
mantendrá por mucho tiempo en el primer puesto de la estadística
aduanera. Pero el aumento de la explotación del territorio y sus
recursos no se reflejará, sin duda, en provecho principal del Callao.
Determinará el crecimiento de varios otros puertos del litoral. El
caso de Talara es un ejemplo. En pocos años, Talara se ha convertido,
por el volumen de sus exportaciones e importaciones, en el segundo puerto
de la República (10).
Los beneficios directos de la industria petrolera escapan completamente
a la capital. Esta industria exporta e importa sin emplear absolutamente,
como intermediario, a la capital ni a su puerto. Otras industrias que nazcan
en la sierra o en la costa tendrán el mismo destino y las mismas
consecuencias.
Al echar una ojeada al mapa de cualquiera de las naciones cuya capital es
una gran urbe de importancia internacional, se observará, en primer
término, que la capital es siempre el nudo céntrico de la
red de ferrocarriles y caminos del país. El punto de encuentro y
de conexión de todas sus grandes vías.
Una gran capital se caracteriza, en nuestro tiempo, bajo este aspecto, como
una gran central ferroviaria. En el mapa ferroviario está marcada,
más netamente que en ninguna otra carta, su función de eje
y de centro.
Es evidente que el privilegio político determina, en parte, esta
organización de la red ferroviaria de un país. Pero el factor
primario de la concentración no deja de ser, por esto, el favor económico.
Todos los núcleos de producción tienden espontánea
y lógicamente a comunicarse con la capital, máxima estación,
supremo mercado. Y el factor económico coincide con el factor geográfico.
La capital no es un producto del azar. Se ha formado en virtud de una serie
de circunstancias que han favorecido su hegemonía. Mas ninguna de
estas circunstancias se habría dado si geográficamente el
lugar no hubiese aparecido más o menos designado para este destino.
El hecho político no basta. Se dice que, sin el Papado, Roma habría
muerto en la Edad Media. Puede ser que se diga una cosa muy exacta. No vale
la pena discutir la hipótesis. Pero, de todos modos, no es menos
exacto que Roma debió a su historia y a su función de capital
del mayor imperio del mundo, el honor y el favor de hospedar al Papado.
Y la historia de la Terza Roma, precisamente, nos enseña la insuficiencia
del privilegio político. No obstante la fuerza de gravitación
del Vaticano y el Quirinal, de la sede de la Iglesia y la sede del Estado,
Roma no ha podido prosperar con la misma velocidad que Milán (El
optimismo del Risorgimento sobre el porvenir de Roma tuvo, por el
contrario, el fracaso de que nos habla la novela de Emilio Zola. Las empresas
urbanizadoras y constructoras que se entregaron, con gran impulso, a la
edificación de un barrio monumental, se arruinaron en este empeño.
Su esfuerzo era prematuro). El desarrollo económico de la Italia
septentrional ha asegurado la preponderancia de Milán, que debe su
crecimiento, en forma demasiado ostensible, a su rol en el sistema de circulación
de esta Italia industrial y comerciante.
La formación de toda gran capital moderna ha tenido un proceso complejo
y natural con hondas raíces en la tradición. La génesis
de Lima, en cambio, ha sido un poco arbitraria. Fundada por un conquistador,
por un extranjero, Lima aparece en su origen como la tienda de un capitán
venido de lejanas tierras. Lima no gana su título de capital, en
lucha y en concurrencia con otras ciudades. Criatura de un siglo aristocrático,
Lima nace con un título de nobleza. Se llama, desde su bautismo,
Ciudad de los Reyes. Es la hija de la Conquista. No la crea el aborigen,
el regnícola; la crea el colonizador, o mejor el conquistador. Luego,
el Virreinato la consagra como la sede del poder español en Sudamérica.
Y, finalmente, la revolución de la independencia -movimiento de la
población criolla y española, no de la población indígena-
la proclama capital de la República. Viene un hecho que amenaza,
temporalmente, su hegemonía: la Confederación Perú-Boliviana.
Pero este Estado -que, restableciendo el dominio del Ande y de la Sierra,
tiene algo de instintivo, de subconsciente ensayo de restauración
del Tawantinsuyo-, busca su eje demasiado al Sur. Y, entre otras razones,
acaso por ésta, se desploma. Lima, armada de su poder político,
refrenda, después, sus fueros de capital.
No es sólo la riqueza mineral de Junín la que, en esta etapa,
inspira la obra del Ferrocarril Central. Es, más bien o sobre todo,
el interés de Lima. El Perú, hijo de la Conquista, necesita
partir del solar del conquistador, de la sede del Virreinato y la República,
para cumplir la empresa de escalar los Andes. Y, más tarde, cuando
salvados los Andes por el ferrocarril se quiere llegar a la montaña,
se sueña igualmente con una vía que una Iquitos con Lima.
El presidente del 95, -que en su declaración de principios había
incluido pocos años antes una profesión de fe federalista-,
pensó sin duda en Lima, más que en el Oriente, al conceder
su favor a la ruta del Pichis. Esto es, se portó, en ésta
como en otras cosas, con típico sentimiento centralista.
Lima debe hasta hoy al Ferrocarril Central una de las mayores fuentes de
su poder económico. Los minerales del departamento de Junín,
que, debido a este ferrocarril, se exportan por el Callao, constituían
hasta hace poco nuestra principal exportación minera. Ahora el petróleo
del norte la supera. Pero esto no indica absolutamente un decrecimiento
de la minería del centro. Y, por la vía central, bajan además
los productos de Huánuco, de Ayacucho, de Huancavelica y de la montaña
de Chanchamayo. El movimiento económico de la capital se alimenta,
en gran parte, de esta vía de penetración. El ferrocarril
al Pachitea y el ferrocarril a Ayacucho y el Cuzco y, en general, todo el
diseño de programa ferroviario del Estado, tienden a convertirla
en un gran tronco de nuestro sistema de circulación.
Pero el porvenir de esta vía se presenta asaz amenazado. El Ferrocarril
Central, como es sabido, escala los Andes en uno de sus puntos más
abruptos. El costo de su funcionamiento resulta muy alto. Los fletes son
caros. Por tanto, el ferrocarril que hay el proyecto de construir de Huacho
a Oyón está destinado a convertirse, hasta cierto punto, en
un rival de esta línea. Por esa nueva vía, que transformaría
a Huacho en un puerto de primer orden, saldría al mar una parte considerable
de la producción del centro.
En todo caso, una vía de penetración, ni aun siendo la principal,
basta para asegurar a Lima una función absolutamente dominante en
el sistema de circulación del país.
Aunque el centralismo subsista por mucho tiempo, no se podrá hacer
de Lima el centro de la red de caminos y ferrocarriles. El territorio, la
naturaleza, oponen su veto. La explotación de los recursos de la
sierra y la montaña reclama vías de penetración, o
sea vías que darán, a lo largo de la costa, diversas desembocaduras
a nuestros productos. En la costa, el transporte marítimo no dejará
sentir de inmediato ninguna necesidad de grandes vías longitudinales.
Las vías longitudinales serán interandinas. Y una ciudad costeña
como Lima, no podrá ser la estación central de esta complicada
red que, necesariamente, buscará las salidas más baratas y
fáciles.
La industria es uno de los factores primarios de la formación
de las urbes modernas. Londres, Nueva York, Berlín, París,
deben su hipertrofia, en primer lugar, a su industria. El industrialismo,
constituye un fenómeno específico de la civilización
occidental. Una gran urbe es fundamentalmente un mercado y una usina. La
industria ha creado, primero, la fuerza de la burguesía y, luego,
la fuerza del proletariado. Y, como muchos economistas observan, la industria
en nuestros tiempos no sigue al consumo; lo precede y lo desborda. No le
basta satisfacer la necesidad; le precisa, a veces, crearla, descubrirla.
El industrialismo aparece todopoderoso. Y, aunque un poco fatigada de mecánica
y de artificio, la humanidad se declara a ratos más o menos dispuesta
a la vuelta a la naturaleza, nada augura todavía la decadencia de
la máquina y de la manufactura. Rusia, la metrópoli de la
naciente civilización socialista, trabaja febrilmente por desarrollar
su industria. El sueño de Lenin era la electrificación del
país. En suma, así donde declina una civilización como
donde alborea otra, la industria mantiene intacta su pujanza. Ni la burguesía
ni el proletariado pueden concebir una civilización que no repose
en la industria. Hay voces que predicen la decadencia de la urbe. No hay
ninguna que pronostique la decadencia de la industria.
Sobre el poder del industrialismo nadie discrepa. Si Lima reuniese las condiciones
necesarias para devenir un gran centro industrial, no sería posible
la menor duda respecto a su aptitud para transformarse en una gran urbe.
Pero ocurre precisamente que las posibilidades de la industria en Lima son
limitadas. No sólo porque, en general, son limitadas en el Perú
-país que por mucho tiempo todavía tiene que contentarse con
el rol de productor de materias primas- sino, de otro lado, porque la formación
de los grandes núcleos industriales tiene también sus leyes.
Y estas leyes son, en la mitad de los casos, las mismas de la formación
de las grandes urbes. La industria crece en las capitales, entre otras cosas,
porque éstas son el centro del sistema de circulación de un
país. La capital es la usina porque es, además, el mercado.
Una red centralista de caminos y de ferrocarriles es tan indispensable a
la concentración industrial como a la concentración comercial.
Y ya hemos visto en los anteriores artículos hasta qué punto
la geografía física del Perú resulta anticentralista.
La otra causa de gravitación industrial de una ciudad es la proximidad
del lugar de producción de ciertas materias primas. Esta ley rige,
sobre todo, para la industria pesada, la siderurgia. Las grandes usinas
metalúrgicas surgen cerca de las minas destinadas a abastecerlas.
La ubicación de los yacimientos de carbón y de hierro determina
este aspecto de la geografía económica de Occidente.
Y, en estos tiempos de electrificación del mundo, una tercera causa
de gravitación industrial de una localidad es la vecindad de grandes
fuentes de energía hidráulica. La "hulla blanca"
puede obrar los mismos milagros que la hulla negra como creadora de industrialismo
y urbanismo.
No es necesario casi ningún esfuerzo de indagación para darse
cuenta de que ninguno de estos factores favorece a Lima. El territorio que
la rodea es pobre como suelo industrial.
Conviene advertir que las posibilidades industriales fundadas en factores
naturales -materias primas, riqueza hidráulica- no tendrían,
por otro lado, valor considerable sino en un futuro lejano. A causa de las
deficiencias de su posición geográfica, de su capital humano
y de su educación técnica, al Perú le está vedado
soñar en convertirse, a breve plazo, en un país manufacturero.
Su función en la economía mundial tiene que ser, por largos
años, la de un exportador de materias primas, géneros alimenticios,
etc. En sentido contrario al surgimiento de una importante industria fabril
actúa, además, presentemente, su condición de país
de economía colonial, enfeudada a los intereses comerciales y financieros
de las grandes naciones industriales de Occidente.
Hoy mismo no se nota que el incipiente movimiento manufacturero del Perú
tienda a concentrarse en Lima. La industria textil, por ejemplo, crece desparramada.
Lima posee la mayoría de las fábricas; pero un alto porcentaje
corresponde a las provincias. Es probable, además, que la manufactura
de tejidos de lana, como desde ahora se constata, encuentre mayores posibilidades
de desarrollo en las regiones ganaderas, donde al mismo tiempo, podrá
disponer de mano de obra indígena barata, debido al menor costo de
la vida.
La finanza, la banca, constituye otro de los factores de una gran urbe moderna.
La reciente experiencia de Viena ha enseñado últimamente todo
el valor de este elemento en la vida de una capital. Viena, después
de la guerra, cayó en una gran miseria, a consecuencia de la disolución
del Imperio Austro-Húngaro. Dejó de ser el centro de un gran
Estado para reducirse a ser la capital de un Estado minúsculo. La
industria y el comercio vieneses, anemizados, desangrados, entraron en un
período de aguda postración. Como sede de placer y de lujo,
Viena sufrió igualmente una violenta depresión. Los turistas
constataban su agonía. Y bien, lo que en medio de esta crisis, defendió
a Viena de una decadencia más definitiva, fue su situación
de mercado financiero. La balcanización de la Europa central, que
la damnificó tanto comercial como industrialmente, la benefició,
en cambio, financieramente. Viena, por su posición en la geografía
de Europa, aparecía naturalmente designada para un rol sustantivo
como centro de la finanza internacional. Los banqueros internacionales fueron
los profiteurs de la quiebra de la economía austríaca.
Cabarets y cafés de Viena, ensombrecidos y arruinados, se trasformaron
en oficinas de banca y de cambio.
Este mismo caso nos dice que un gran mercado financiero tiene que ser, ante
todo, un lugar en que se crucen muchas vías de tráfico internacional.
La capital política y la capital económica no coinciden
siempre. He aludido ya al contraste entre Milán y Roma en la historia
de la Italia democrática-liberal. Los Estados Unidos han evitado
este problema con una solución, que es acaso la más prudente,
pero que pertenece típicamente a la estructura confederal de esa
república. Wáshington, la capital política y administrativa,
es extraña a toda oposición y concurrencia entre Nueva York,
Chicago, San Francisco, etc.
La suerte de la capital está subordinada a los grandes cambios políticos,
como enseña la historia de Europa y de la misma América. Un
orden político no ha podido afirmarse nunca en una sede hostil a
su espíritu. La política europeizante de Pedro el Grande,
desplazó de Moscú a Petrogrado la corte rusa. La revolución
bolchevique, presintiendo tal vez su función en Oriente, se sintió
más segura, a pesar de su ideario occidental, en Moscú y el
Kremlin.
En el Perú, el Cuzco, capital del Imperio inkaico perdió sus
fueros con la conquista española (11).
Lima fue la capital de la Colonia. Fue también la Capital de la Independencia,
aunque los primeros gritos de libertad partieron de Tacna, del Cuzco, de
Trujillo. Es la capital hoy, pero ¿será también la capital
mañana? He aquí una pregunta que no es impertinente cuando
se asciende a un plano de atrevidas y escrutadoras previsiones. La respuesta
depende, probablemente, de que la primacía en la transformación
social y política del Perú toque a las masas rurales indígenas
o al proletariado industrial costeño. El futuro de Lima, en todo
caso, es inseparable de la misión de Lima, vale decir de la voluntad
de Lima.
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