José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
Regionalismo y Centralismo
V. EL NUEVO REGIONALISMO
He examinado la teoría y la práctica del viejo regionalismo.
Me toca formular mis puntos de vista sobre la descentralización y
concretar los términos en que, a mi juicio, se plantea, para la nueva
generación, este problema.
La primera cosa que conviene esclarecer es la solidaridad o el compromiso
a que gradualmente han llegado el gamonalismo regional y el régimen
centralista. El gamonalismo pudo manifestarse más o menos federalista
y anticentralista, mientras se elaboraba o maduraba esta solidaridad. Pero,
desde que se ha convertido en el mejor instrumento, en el más eficaz
agente del régimen centralista, ha renunciado a toda reivindicación
desagradable a sus aliados de la capital.
Cabe declarar liquidada la antigua oposición entre centralistas y
federalistas de la clase dominante, oposición que, como he remarcado
en el curso de mi estudio, no asumió nunca un carácter dramático.
El antagonismo teórico se ha resuelto en un entendimiento práctico.
Sólo los gamonales en disfavor ante el poder central se muestran
propensos a una actitud regionalista que, por supuesto, están resueltos
a abandonar apenas mejore su fortuna política.
No existe ya, en primer plano, un problema de forma de gobierno. Vivimos
en una época en que la economía domina y absorbe a la política
de un modo demasiado evidente. En todos los pueblos del mundo, no se discute
y revisa ya simplemente el mecanismo de la administración sino, capitalmente,
las bases económicas del Estado.
En la sierra subsisten con mucho más arraigo y mucha más fuerza
que en el resto de la república, los residuos de la feudalidad española.
La necesidad más angustiosa y perentoria de nuestro progreso es la
liquidación de esa feudalidad que constituye una supervivencia de
la Colonia. La redención, la salvación del indio, he ahí
el programa y la meta de la renovación peruana. Los hombres nuevos
quieren que el Perú repose sobre sus naturales cimientos biológicos.
Sienten el deber de crear un orden más peruano, más autóctono.
Y los enemigos históricos y lógicos de este programa son los
herederos de la Conquista, los descendientes de la Colonia. Vale decir los
gamonales. A este respecto no hay equívoco posible.
Por consiguiente, se impone el repudio absoluto, el desahucio radical de
un regionalismo que reconoce su origen en sentimientos e intereses feudales
y que, por tanto, se propone como fin esencial un acrecentamiento del poder
del gamonalismo.
El Perú tiene que optar por el gamonal o por el indio. Este es su
dilema. No existe un tercer camino. Planteado este dilema, todas las cuestiones
de arquitectura del régimen pasan a segundo término. Lo que
les importa primordialmente a los hombres nuevos es que el Perú se
pronuncie contra el gamonal, por el indio.
Como una consecuencia de las ideas y de los hechos que nos colocan cada
día con más fuerza ante este inevitable dilema, el regionalismo
empieza a distinguirse y a separarse en dos tendencias de impulso y dirección
totalmente diversos. Mejor dicho, comienza a bosquejarse un nuevo regionalismo.
Este regionalismo no es una mera protesta contra el régimen centralista.
Es una expresión de la conciencia serrana y del sentimiento andino.
Los nuevos regionalistas son, ante todo, indigenistas. No se les puede confundir
con los anticentralistas de viejo tipo. Valcárcel percibe intactas,
bajo el endeble estrato colonial, las raíces de la sociedad inkaica.
Su obra, más que regional, es cuzqueña, es andina, es quechua.
Se alimenta de sentimiento indígena y de tradición autóctona.
El problema primario, para estos regionalistas, es el problema del indio
y de la tierra. Y en esto su pensamiento coincide del todo con el pensamiento
de los hombres nuevos de la capital. No puede hablarse, en nuestra época,
de contraste entre la capital y las regiones sino de conflicto entre dos
mentalidades, entre dos idearios, uno que declina, otro que desciende, ambos
difundidos y representados así en la sierra como en la costa, así
en la provincia como en la urbe.
Quienes, entre los jóvenes, se obstinen en hablar el mismo lenguaje
va-gamente federalista de los viejos, equivocan el camino. A la nueva generación
le toca construir, sobre un sólido cimiento de justicia social, la
unidad peruana.
Suscritos estos principios, admitidos estos fines, toda posible discrepancia
sustancial emanada de egoísmos regionalistas o centralistas, queda
descartada y excluida. La condenación del centralismo se une a la
condenación del gamonalismo. Y estas dos condenaciones se apoyan
en una misma esperanza y un mismo ideal.
La autonomía municipal, el self government, la descentralización
administrativa, no pueden ser regateados ni discutidos en sí mismos.
Pero, desde los puntos de vista de una integral y radical renovación,
tienen que ser considerados y apreciados en sus relaciones con el problema
social.
Ninguna reforma que robustezca al gamonal contra el indio, por mucho que
parezca como una satisfacción del sentimiento regionalista, puede
ser estimada como una reforma buena y justa. Por encima de cualquier triunfo
formal de la descentralización y la autonomía, están
las reivindicaciones sustanciales de la causa del indio, inscritas en primer
término en el programa revolucionario de la vanguardia.