José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
Regionalismo y Centralismo
III. LA REGIÓN EN LA REPÚBLICA
Llegamos a uno de los problemas sustantivos del regionalismo: la definición
de las regiones. Me parece que nuestros regionalistas de antiguo tipo no
se lo han planteado nunca seria y realísticamente, omisión
que acusa el abstractismo y la superficialidad de sus tesis. Ningún
regionalista inteligente pretenderá que las regiones están
demarcadas por nuestra organización política, esto es que
las "regiones" son los "departamentos". El departamento
es un término político que no designa una realidad y menos
aún una unidad económica e histórica. El departamento,
sobre todo, es una convención que no corresponde sino a una necesidad
o un criterio funcional del centralismo. Y no concibo un regionalismo que
condene abstractamente el régimen centralista sin objetar concretamente
su peculiar división territorial. El regionalismo se traduce lógicamente
en fede-ralismo. Se precisa, en todo caso, en una fórmula concreta
de descentralización. Un regionalismo que se contente con la autonomía
municipal no es un regionalismo propiamente dicho. Como escribe Herriot,
en el capítulo que en su libro Crear dedica a la reforma administrativa,
"el regionalismo superpone al departamento y a la comuna un órgano
nuevo: la región" (3).
Pero este órgano no es nuevo sino como órgano político
y administrativo. Una región no nace del Estatuto político
de un Estado. Su biología es más complicada. La región
tiene generalmente raíces más antiguas que la nación
misma. Para reivindicar un poco de autonomía de ésta, necesita
precisamente existir como región. En Francia nadie puede contestar
el derecho de la Provenza, de la Alsacia, Lorena, de la Bretaña,
etc., a sentirse y llamarse regiones. No hablemos de España, donde
la unidad nacional es menos sólida, ni de Italia, donde es menos
vieja. En España y en Italia las regiones se diferencian netamente
por la tradición, el carácter, la gente y hasta la lengua.
El Perú según la geografía física, se divide
en tres regiones: la costa, la sierra y la montaña (En el Perú
lo único que se halla bien definido es la naturaleza). Y esta división
no es sólo física. Trasciende a toda nuestra realidad social
y económica. La montaña, sociológica y económicamente,
carece aún de significación. Puede decirse que la montaña,
o mejor dicho la floresta, es un dominio colonial del Estado Peruano. Pero
la costa y la sierra, en tanto, son efectivamente las dos regiones en que
se distingue y separa, como el territorio, la població (4).
La sierra es indígena; la costa es española o mestiza (como
se prefiera calificarla, ya que las palabras "indígena"
y "española" adquieren en este caso una acepción
muy amplia). Repito aquí lo que escribí en un artículo
sobre un libro de Valcárcel: "La dualidad de la historia y del
alma peruanas, en nuestra época, se precisa como un conflicto entre
la forma histórica que se elabora en la costa y el sentimiento indígena
que sobrevive en la sierra hondamente enraizado en la naturaleza. El Perú
actual es una formación costeña. La actual peruanidad se ha
sedimentado en la tierra baja. Ni el español ni el criollo supieron
ni pudieron conquistar los Andes. En los Andes, el español no fue
nunca sino un pioneer o un misionero. El criollo lo es también
hasta que el ambiente andino extingue en él al conquistador y crea,
poco a poco, un indígena" (5).
La raza y la lengua indígenas, desalojadas de la costa por la gente
y la lengua españolas, aparecen hurañamente refugiadas en
la sierra. Y por consiguiente en la sierra se conciertan todos los factores
de una regionalidad si no de una nacionalidad. El Perú costeño,
heredero de España y de la conquista, domina desde Lima al Perú
serrano; pero no es demográfica y espiritualmente asaz fuerte para
absorberlo. La unidad peruana está por hacer; y no se presenta como
un problema de articulación y convivencia, dentro de los confines
de un Estado único, de varios antiguos pequeños estados o
ciudades libres. En el Perú el problema de la unidad es mucho más
hondo, porque no hay aquí que resolver una pluralidad de tradiciones
locales o regionales sino una dualidad de raza, de lengua y de sentimiento,
nacida de la invasión y conquista del Perú autóctono
por una raza extranjera que no ha conseguido fusionarse con la raza indígena
ni eliminarla ni absorberla.
El sentimiento regionalista, en las ciudades o circunscripciones donde es
más profundo, donde no traduce sólo un simple descontento
de una parte del gamonalismo, se alimenta evidente, aunque inconscientemente,
de ese contraste entre la costa y la sierra. El regionalismo cuando responde
a estos impulsos, más que un conflicto entre la capital y las provincias,
denuncia el conflicto entre el Perú costeño y español
y el Perú serrano e indígena.
Pero, definidas así las regionalidades, o mejor dicho, las regiones,
no se avanza nada en el examen concreto de la descentralización.
Por el contrario, se pierde de vista esta meta, para mirar a una mucho mayor.
La sierra y la costa, geográfica y sociológicamente son dos
regiones; pero no pueden serlo política y administrativamente. Las
distancias interandinas son mayores que las distancias entre la sierra y
la costa. El movimiento espontáneo de la economía peruana
trabaja por la comunicación trasandina. Solicita la preferencia de
las vías de penetración sobre las vías longitudinales.
El desarrollo de los centros productores de la sierra depende de la salida
al mar. Y todo programa positivo de descentralización tiene que inspirarse,
principalmente, en las necesidades y en las direcciones de la economía
nacional. El fin histórico de una descentralización no es
secesionista sino, por el contrario, unionista. Se descentraliza no para
separar y dividir a las regiones sino para asegurar y perfeccionar su unidad
dentro de una convivencia más orgánica y menos coercitiva.
Regionalismo no quiere decir separatismo.
Estas constataciones conducen, por tanto, a la conclusión de que
el carácter impreciso y nebuloso del regionalismo peruano y de sus
reivindicaciones no es sino una consecuencia de la falta de regiones bien
definidas.
Uno de los hechos que más vigorosamente sostienen y amparan esta
tesis me parece el hecho de que el regionalismo no sea en ninguna parte
tan sincera y profundamente sentido como en el Sur y, más precisamente,
en los departamentos del Cuzco, Arequipa, Puno y Apurímac. Estos
departamentos constituyen la más definida y orgánica de nuestras
regiones. Entre estos departamentos el intercambio y la vinculación
mantienen viva una vieja unidad: la heredada de los tiempos de la civilización
inkaica. En el sur, la "región" reposa sólidamente
en la piedra histórica. Los Andes son sus bastiones.
El sur es fundamentalmente serrano. En el sur, la costa se estrecha. Es
una exigua y angosta faja de tierra, en la cual el Perú costeño
y mestizo no ha podido asentarse fuertemente. Los Andes avanzan hacia el
mar convirtiendo la costa en una estrecha cornisa. Por consiguiente, las
ciudades no se han formado en la costa sino en la sierra. En la costa del
sur no hay sino puertos y caletas. El sur ha podido conservarse serrano,
si no indígena, a pesar de la conquista, del virreinato y de la república.
Hacia el norte, la costa se ensancha. Deviene, económica y demográficamente,
dominante. Trujillo, Chiclayo, Piura son ciudades de espíritu y tonalidad
españoles. El tráfico entre estas ciudades y Lima es fácil
y frecuente. Pero lo que más las aproxima a la capital es la identidad
de tradición y de sentimiento.
En un mapa del Perú, mejor que en cualquier confusa o abstracta teoría,
se encuentra así explicado el regionalismo peruano.
El régimen centralista divide el territorio nacional en departamentos;
pero acepta o emplea, a veces, una división más general; la
que agrupa los departamentos en tres grupos: Norte, Centro y Sur. La Confederación
Perú-Boliviana de Santa Cruz seccionó el Perú en dos
mitades. No es, en el fondo, más arbitraria y artificial que esa
demarcación la de la república centralista. Bajo la etiqueta
de Norte, Sur y Centro se reúne departamentos o provincias que no
tienen entre sí ningún contacto. El término "región"
aparece aplicado demasiado convencionalmente.
Ni el Estado ni los partidos han podido nunca, sin embargo, definir de otro
modo las regiones peruanas. El partido demócrata, a cuyo federalismo
teórico ya me he referido, aplicó su principio federalista
en su régimen interior, colocando el comité central sobre
tres comités regionales, el del norte, el del centro y el del sur
(Del federalismo de este partido se podría decir que fue un federalismo
de uso interno). Y la reforma constitucional de 1919, al instituir los congresos
regionales, sancionó la misma división.
Pero esta demarcación como la de los departamentos, corresponde característica
y exclusivamente a un criterio centralista. Es una opinión o una
tesis centralista. Los regionalistas no pueden adoptarla sin que su regionalismo
aparezca apoyado en premisas y conceptos peculiares de la mentalidad metropolitana.
Todas las tentativas de descentralización han adolecido, precisamente,
de este vicio original.