José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
Regionalismo y Centralismo
II. REGIONALISMO Y GAMONALISMO
A todos los observadores agudos de nuestro proceso histórico, cualquiera
que sea su punto de vista particular, tiene que parecerles igualmente evidente
el hecho de que las preocupaciones actuales del pensamiento peruano no son
exclusivamente políticas -la palabra "política"
tiene en este caso la acepción de "vieja política"
o "política burguesa"- sino, sobre todo, sociales y económicas.
El "problema del indio", la "cuestión agraria"
interesan mucho más a los peruanos de nuestro tiempo que el "principio
de autoridad", la "soberanía popular", el "sufragio
universal", la "soberanía de la inteligencia" y demás
temas del diálogo entre liberales y conservadores. Esto no depende
de que la mentalidad política de las anteriores generaciones fuese
más abstractista, más filosófica, más universal;
y de que diversa u opuestamente, la mentalidad política de la generación
contemporánea sea -como es- más realista, más peruana.
Depende de que la polémica entre liberales y conservadores se inspiraba,
de ambos lados, en los intereses y en las aspiraciones de una sola clase
social. La clase proletaria carecía de reivindicaciones y de ideología
propias. Liberales y conservadores consideraban al indio desde su plano
de clase superior y distinta. Cuando no se esforzaban por eludir o ignorar
el problema del indio, se empeñaban en reducirlo a un problema filantrópico
o humanitario. En esta época, con la aparición de una ideología
nueva que traduce los intereses y las aspiraciones de la masa -la cual adquiere
gradualmente conciencia y espíritu de clase-, surge una corriente
o una tendencia nacional que se siente solidaria con la suerte del indio.
Para esta corriente, la solución del problema del indio es la base
de un programa de renovación o reconstrucción peruana. El
problema del indio cesa de ser, como en la época del diálogo
de liberales y conservadores, un tema adjetivo o secundario. Pasa a representar
el tema capital.
He aquí, justamente, uno de los hechos que, contra lo que suponen
e insinúan superficiales y sedicentes nacionalistas, demuestran que
el programa que se elabora en la conciencia de esta generación es
mil veces más nacional que el que, en el pasado, se alimentó
únicamente de sentimientos y supersticiones aristocráticas
o de conceptos y fórmulas jacobinas. Un criterio que sostiene la
supremacía del problema del indio, es simultáneamente muy
humano y muy nacional, muy idealista y muy realista. Y su arraigo en el
espíritu de nuestro tiempo está demostrado por la coincidencia
entre la actitud de sus propugnadores de dentro y el juicio de sus críticos
de fuera. Eugenio d'Ors, verbigracia. Este profesor español cuyo
pensamiento es tan estimado y aun superestimado por quienes en el Perú
identifican nacionalismo y conservantismo, ha escrito con motivo del centenario
de Bolivia: "En ciertos pueblos americanos especialmente, creo ver
muy claro cuál debe ser, es, la justificación de la independencia,
según la ley del Buen Servicio; cuáles son, cuáles
deben ser el trabajo, la tarea, la obra, la misión. Creo, por ejemplo,
verlos de este modo en su país. Bolivia tiene, como tiene el Perú,
como tiene Méjico, un gran problema local -que significa a la vez,
un gran problema universal-. Tiene el problema del indio; el de la situación
del indio ante la cultura. ¿Qué hacer con esta raza? Se sabe
que ha habido, tradicionalmente, dos métodos opuestos. Que el método
sajón ha consistido en hacerla retroceder, en diezmarla, en, lentamente,
exterminarla. El método español, al contrario, intentó
la aproximación, la redención, la mezcla. No quiero decir
ahora cuál de los dos métodos debe preferirse. Lo que hay
que establecer con franca entereza es la obligación de trabajar con
uno o con el otro de ellos. Es la imposibilidad moral de contentarse con
una línea de conducta que esquive simplemente el problema, y tolere
la existencia y pululación de los indios al lado de la población
blanca, sin preocuparse de su situación, más que en el sentido
de aprovecharla -egoísta, avara, cruelmente- para las miserables
faenas obscuras de la fatiga y la domesticidad" (2).
No me parece esta la ocasión de contradecir el concepto de Eugenio
d'Ors sobre la oposición, respecto del indio, entre el presunto humanitarismo
del método español y la implacable voluntad de exterminio
del método sajón (Probablemente para Eugenio d'Ors el método
español está representado por el generoso espíritu
del padre de Las Casas y no por la política de la conquista y del
virreinato totalmente impregnada de prejuicios adversos no sólo al
indio sino hasta al mestizo). En la opinión de Eugenio d'Ors no quiero
señalar más que un testimonio reciente de la igualdad con
que interpretan el mensaje de la época los agonistas iluminados y
los espectadores inteligentes de nuestro drama histórico.
Admitida la prioridad del debate del "problema del indio" y de
la "cuestión agraria" sobre cualquier debate relativo al
mecanismo del régimen más que a la estructura del Estado,
resulta absolutamente imposible considerar la cuestión del regionalismo
o, más precisamente, de la descentralización administrativa,
desde puntos de vista no subordinados a la necesidad de solucionar de manera
radical y orgánica los dos primeros problemas. Una descentralización,
que no se dirija hacia esta meta, no merece ya ser ni siquiera discutida.
Y bien, la descentralización en sí misma, la descentralización
como reforma simplemente política y administrativa, no significaría
ningún progreso en el camino de la solución del "problema
indio" y del "problema de la tierra", que, en el fondo, se
reducen a un único problema. Por el contrario, la descentralización,
actuada sin otro propósito que el de otorgar a las regiones o a los
departamentos una autonomía más o menos amplia, aumentaría
el poder del gamonalismo contra una solución inspirada en el interés
de las masas indígenas. Para adquirir esta convicción, basta
preguntarse qué casta, qué categoría, qué clase
se opone a la redención del indio. La respuesta no puede ser sino
una y categórica: el gamonalismo, el feudalismo, el caciquismo. Por
consiguiente, ¿cómo dudar de que una administración regional
de gamonales y de caciques, cuanto más autónoma tanto más
sabotearía y rechazaría toda efectiva reivindicación
indígena?
No caben ilusiones. Los grupos, las capas sanas de las ciudades no conseguirían
prevalecer jamás contra el gamonalismo en la administración
regional. La experiencia de más de un siglo es suficiente para saber
a qué atenerse respecto a la posibilidad de que, en un futuro cercano,
llegue a funcionar en el Perú un sistema democrático que asegure,
formalmente al menos, la satisfacción del principio jacobino de la
"soberanía popular". Las masas rurales, las comunidades
indígenas, en todo caso, se mantendrían extrañas al
sufragio y a sus resultados. Y, en consecuencia, aunque no fuera sino porque
los ausentes no tienen nunca razón -"les absents ont toujour
tort"-, los organismos y los poderes que se crearían "electivamente",
pero sin su voto, no podrían ni sabrían hacerles nunca justicia.
¿Quién tiene la ingenuidad de imaginarse a las regiones -dentro
de su realidad económica y política presente- regidas por
el "sufragio universal"?
Tanto el sistema de "concejos departamentales" del Presidente
Manuel Pardo como la república federal preconizada en los manifiestos
de Augusto Durand y otros asertores de la federación, no han representado
ni podían representar otra cosa que una aspiración del gamonalismo.
Los "concejos departamentales", en la práctica, transferían
a los caciques del departamento una suma de funciones que detenta el poder
central. La república federal, aproximadamente, habría tenido
la misma función y la misma eficacia.
Tienen plena razón las regiones, las provincias, cuando condenan
el cen-tralismo, sus métodos y sus instituciones. Tienen plena razón
cuando denuncian una organización que concentra en la capital la
administración de la república. Pero no tienen razón
absolutamente cuando, engañadas por un miraje, creen que la descentralización
bastaría para resolver sus problemas esenciales. El gamonalismo dentro
de la república central y unitaria, es el aliado y el agente de la
capital en las regiones y en las provincias. De todos los defectos, de todos
los vicios del régimen central, el gamonalismo es solidario y responsable.
Por ende, si la descentralización no sirve sino para colocar, directamente,
bajo el dominio de los gamonales, la administración regional y el
régimen local, la sustitución de un sistema por otro no aporta
ni promete el remedio de ningún mal profundo.
Luis E. Valcárcel está en el empeño de demostrar "la
supervivencia del Inkario sin el Inka". He ahí un estudio más
trascendente que el de los superados temas de la vieja política.
He ahí también un tema que confirma la aserción de
que las preocupaciones de nuestra época no son superficial y exclusivamente
políticas, sino, principalmente, económicas y sociales. El
empeño de Valcárcel toca en lo vivo de la cuestión
del indio y de la tierra. Busca la solución no en el gamonalismo
sino en el "ayllu".