| José Carlos Mariátegui 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana El Proceso de la Instrucción Pública |
La reanudación de las labores universitarias en 1922 bajo el rectorado
del doctor M. V. Villarán, significó, en primer lugar, el
compromiso entre el gobierno y los profesores que ponía término
al conflicto que el año anterior condujo al receso de la Universidad.
La ley orgánica de enseñanza promulgada en 1920 por el Ejecutivo,
en uso de la autorización que recibió del Congreso en octubre
de 1919 -cuando éste votó la ley Nº 4004 sancionando
el principio de la participación de los alumnos en el gobierno de
la Universidad-, sirvió de base al avenimiento. Esta ley reconocía
a la Universidad una autonomía que dejaba satisfecha a la docencia,
más inclinada que antes por obvias razones a un temperamento transaccional,
y que el Gobierno, inducido igualmente a aceptar una fórmula de normalización,
se allanaba a ratificar en todas sus partes.
Como es natural, el compromiso ponía en peligro las conquistas del
estu-diantado, ganadas en buena parte al amparo de la situación que
aquél venía a resolver aunque no fuera sino temporalmente.
Y, en efecto, muy pronto se advirtió una mal disimulada tentativa
de anular poco a poco las reformas de 1919. Algunos catedráticos
restablecieron el abolido régimen de las listas. Pero esta tentativa
encontró alerta a los estudiantes, en cuyo ánimo tuvieron
profunda resonancia primero el Congreso Estudiantil de México y luego
el fervoroso mensaje de las juventudes del Sur de que fuera portador Haya
de la Torre.
El nuevo rector que, al asumir sus funciones, había hecho con la
moderación propia de su espíritu, siempre en cuidadoso equilibrio,
una profesión de fe reformista y hasta una crítica de las
disposiciones de la ley de enseñanza que sustituían la libre
asociación de los alumnos con un "centro estudiantil universitario"
de organización extrañamente autoritaria y burocrática,
coherente con estas declaraciones, comprendió en seguida la conveniencia
de emplear también con el estudiantado la política del compromiso,
evitando toda destemplada veleidad reaccionaria que pudiese excitar imprudentemente
la beligerancia estudiantil. El rectorado del doctor Villarán, sobreponiéndose
a los conflictos locales provocados por catedráticos conservadores,
señaló así un período de colaboración
entre la docencia y los alumnos. El apoyo dispensado a la inteligente y
renovadora acción de Zulen en la Biblioteca y la atención
prestada a la opinión y sentimiento del estudiantado, consultados
frecuentemente sin exageradas aprensiones ideológicas, granjearon
a la política del rector extensas simpatías. El decano de
la Facultad de Medicina, doctor Gastañeta, que adoptó la misma
línea de conducta, inspirando sus actos en un sagaz espíritu
de cooperación con los estudiantes, obtuvo un consenso aún
más entusiasta. Y la labor de algunos catedráticos jóvenes
contribuyó a mejorar las relaciones entre profesores y estudiantes.
Esta política impidió la renovación de la lucha por
la reforma. De un lado, los profesores se mostraron dispuestos a la actuación
solícita de un programa progresista, renunciando, en todo caso, a
propósitos reaccionarios. De otro lado, los estudiantes se declararon
prontos a una experiencia colaboracionista que a muchos les parecía
indispensable para la defensa de la autonomía y aun de la subsistencia
de la Universidad.
El 23 de Mayo reveló el alcance social e ideológico del acercamiento
de las vanguardias estudiantiles a las clases trabajadoras. En esa fecha
tuvo su bautizo histórico la nueva generación que, con la
colaboración de circunstancias excepcionalmente favorables, entró
a jugar un rol en el desarrollo mismo de nuestra historia, elevando su acción
del plano de las inquietudes estudiantiles al de las reivindicaciones colectivas
o sociales. Este hecho reanimó e impulsó en las aulas las
corrientes de revolución universitaria, acarreando el predominio
de la tendencia izquierdista en la Federación de Estudiantes, reorganizada
poco tiempo después y, sobre todo, en las asambleas estudiantiles
que alcanzaron entonces un tono máximo de animación y vivacidad.
Pero las conquistas de la Reforma, aparte de la supresión de las
listas, se reducían en verdad a un contralor no formalizado del estudiantado
en el orien-tamiento o, más bien, la administración de la
enseñanza. Estaba formalmente admitido el principio de la representación
de los estudiantes en el consejo universitario; mas el alumnado, que disponía
entonces del recurso de las asambleas para manifestar su opinión
frente a cada problema, descuidó la designación de delegados
permanentes, prefiriendo una influencia plebiscitaria y espontánea
de las masas estudiantiles en las deliberaciones del consejo. Y aunque encabezaba
a estas masas una vanguardia singularmente aguerrida y dinámica,
sea porque las contingencias de la lucha contra la reacción interna
y externa acaparaban demasiado su atención, sea porque su propia
conciencia pedagógica no se encontraba todavía bien formada,
es lo cierto que no empleó la acción de las asambleas, de
ambiente más tumultuario que doctrinal, en reclamar y conseguir mejores
métodos. Se contentó, a este respecto, con modes-tos ensayos
y gaseosas promesas destinadas a disiparse apenas se adormeciera o relajara
en las aulas el espíritu vanguardista.
La reforma universitaria -como reforma de la enseñanza- a pesar de
la nueva ley orgánica y de la mejor disposición de una parte
de la docencia, había adelantado, en consecuencia, muy poco. Lo que
escribe Alfredo Palacios sobre parecida fase de la Reforma en Argentina,
puede aplicarse a nuestra Universidad. "El movimiento general que determina
la reforma universitaria, en su primera etapa -dice Palacios-, se concretó
sólo a la ingerencia estudiantil en el gobierno de la Universidad
y a la asistencia libre. Faltaba lo más importante: la renovación
de los métodos de enseñanza y la intensificación de
los estudios, y esto era de muy difícil realización en las
Facultades de Jurisprudencia, que habían permanecido petrificadas
en criterios viejos. Su enseñanza había conducido a extremos
insospechados. Puras teorías, puras abstracciones; nada de ciencias
de observación y de experimento. Se creyó siempre que de esos
institutos debía salir la élite social destinada a ser 'clase
gobernante'; que de allí debían surgir el financista, el diplomático,
el literato, el político... Salieron, en cambio, con una ignorancia
enciclopédica, precoces utilitarios, capaces de todas las artimañas
para enredar pleitos, y que en la vida fueron sostén de todas las
injusticias. Los estudiantes se concretaban a escuchar lecciones orales
sin curiosidad alguna, sin ánimo de investigar, sin pasión
por la búsqueda tenaz, sin laboratorios que despertaran las energías
latentes, que fortalecieran el carácter, que disciplinaran la voluntad
y que ejercitaran la inteligencia" (28).
Por haber carecido nuestra universidad de directores como el doctor Palacios,
capaces de comprender la renovación requerida en los estudios por
el movimiento de reforma y de consagrarse a realizarla con pasión
y optimismo, este movimiento quedó detenido en el Perú en
la etapa a que pudieron llevarlo el impulso y el esfuerzo estudiantiles.
Los años 1924 a 27 han sido desfavorables para el movimiento de
reforma universitaria en el Perú. La expulsión de 26 universitarios
de la Universidad de Trujillo en Noviembre de 1923, preludió una
ofensiva reaccionaria que, poco tiempo después, movilizó en
la Universidad de Lima a todas las fuerzas conservadoras contra los postulados
de 1919 y 1923. Las medidas de represión empleadas por el Gobierno
contra los estudiantes de vanguardia de San Marcos, libraron a la docencia
de la vigilante presencia de la mayor parte de quienes mantenían
alerta y despierto en el alumnado, el espíritu de la Reforma. La
muerte de dos jóvenes maestros, Zulen y Borja y García, redujo
a un número exiguo a los profesores de aptitud renovadora. El alejamiento
del doctor Villarán trajo el abandono de su tendencia a la cooperación
con el alumnado. El rectorado quedó en una situación de interinidad,
con todas las consecuencias de inhibición y esterilidad anexas a
un régimen provisorio.
Esta conjunción de contingencias adversas tenía que producir
inevitablemente el resurgimiento del viejo espíritu conservador y
oligárquico. Decaídos los estímulos de progreso y reforma,
la enseñanza recayó en su antigua rutina. Los representantes
típicos de la mentalidad civilista restauraron su pasada absoluta
hegemonía. El expediente de la interinidad, aplicado cada día
con mayor extensión, sirvió para disimular temporalmente el
restablecimiento del conservantismo en las posiciones de donde fuera desalojado
en parte por la oleada reformista.
En las elecciones de delegados de 1920, se bosquejó una concentración
de las izquierdas estudiantiles. Las plataformas electorales sostenidas
por el grupo que prevaleció en la nueva federación, reafirmaban
todos los postulados esenciales de la Reforma (29).
Pero nuevamente la represión vino en auxilio de los intereses conservadores.
El fenómeno característico de este período reaccionario
parece ser el apoyo que en él han venido a prestar a los elementos
conservadores de la Universidad las mismas fuerzas que, obedeciendo al impulso
histórico que determinó su victoria sobre el "civilismo"
tradicional, decidieron en 1919 el triunfo de la Reforma.
No son éstos, sin embargo, los únicos factores de la crisis
del movimiento universitario. La juventud no está totalmente exenta
de responsabilidad. Sus propias insurrecciones nos enseñan que es,
en su mayoría, una juventud que procede por fáciles contagios
de entusiasmo. Este, en verdad, es un defecto de que se ha acusado siempre
al hispanoamericano. Vasconcelos, en un reciente artículo, escribe:
"El principal defecto de nuestra raza es la inconstancia. Incapaces
de perdurar en el esfuerzo no podemos por lo mismo desarrollar un plan ni
llevar adelante un propósito". Y, más adelante, agrega:
"En general hay que desconfiar de los entusiastas. Entusiasta es un
adjetivo al cual le debemos más daños que a todo el resto
del vocabulario de los calificativos. Con el noble vocablo entusiasmo se
ha acostumbrado encubrir nuestro defecto nacional: buenos para comenzar
y para prometer; malos para terminar y para cumplir" (30).
Pero más que la versatilidad y la inconstancia de los alumnos, obran
contra el avance de la Reforma, la vaguedad y la imprecisión del
programa y el carácter de este movimiento en la mayoría de
ellos. Los fines de la Reforma no están suficientemente esclarecidos,
no están cabalmente entendidos. Su debate y su estudio adelantan
lentamente. La reacción carece de fuerzas para sojuzgar intelectual
y espiritualmente a la juventud. A sus victorias no se les puede atribuir
sino un valor contingente. Los factores históricos de la Reforma,
en cambio, continúan actuando sobre el espíritu estudiantil,
en el cual se mantiene intacto, por consiguiente, a pesar de sus momentáneos
oscurecimientos, el anhelo que animó a la juventud en las jornadas
de 1919 a 1923.
Si el movimiento renovador se muestra precariamente detenido en las universidades
de Lima, prospera, en cambio, en la Universidad del Cuzco, donde la élite
del profesorado acepta y sanciona los principios sustentados por los alumnos.
Testimonio de esto es el anteproyecto de reorganización de la Universidad
del Cuzco formulado por la comisión que con este encargo nombró
el Gobierno al declarar en receso dicho instituto.
Este proyecto, suscrito por los profesores, señores Fortunato L.
Herrera, José Gabriel Cosio, Luis E. Valcárcel, J. Uriel García,
Leandro Pareja, Alberto Araníbar P. y J. S. García Rodríguez,
constituye incontestablemente el más importante documento oficial
producido hasta ahora sobre la reforma universitaria en el Perú.
A nombre de la docencia universitaria, no se había hablado todavía,
entre nosotros, con tanta altura. La comisión de la universidad cuzqueña
ha roto la tradición de rutina y mediocridad a que tan sumisamente
se ciñen, por lo general, las comisiones oficiales. Su plan mira
a la completa transformación de la Universidad del Cuzco en un gran
centro de cultura con aptitud para presidir e impulsar eficientemente el
desarrollo social y económico de la región andina. Y, al mismo
tiempo, incorpora en su Estatuto los postulados cardinales de la Reforma
Universitaria en Hispanoamérica.
Entre las "ponencias básicas" de la comisión, se
cuentan las siguientes: creación de la docencia libre como cooperante
del profesorado titular; adopción del sistema de seminarios y conversatorios;
supresión del examen de fin de año como prueba definitiva;
consagración absoluta del catedrático universitario a su misión
educativa; participación de los alumnos y ex-alumnos en la elección
de las autoridades universitarias; representación del estudiantado
en el consejo universitario y en el de cada facultad; democratización
de la enseñanza (31).
El dictamen concede, por otra parte, especial atención a la necesidad
de organizar la Universidad en modo de darle, en todos sus aspectos, una
amplia aplicación práctica y una completa orientación
científica. La Universidad del Cuzco aspira a ser un verdadero centro
de investigaciones científicas, puesto íntegramente al servicio
del mejoramiento social.
Para comprobar el creciente conflicto entre los postulados cardinales
de la Reforma Universitaria -tales como los han formulado y suscrito las
asambleas estudiantiles de los diversos países hispanoamericanos-,
y la situación de la Universidad de Lima, basta la confrontación
de estos postulados con los respectivos aspectos de la enseñanza
y del funcionamiento de la Universidad. Ensayemos esquemáticamente
esta confrontación.
Intervención de los estudiantes en el gobierno de la Universidad.
La reacción pugna por restablecer el viejo y rígido concepto
de la disciplina, entendida como acatamiento absoluto del criterio y la
autoridad de la docencia. El consejo de decanos -o el rector en su nombre-,
rehúsa frecuentemente su permiso a las asambleas destinadas a expresar
la opinión de los estudiantes. El derecho de los estudiantes de reunirse
a deliberar en los claustros está, por primera vez, sujeto a suspensión.
Las designaciones de delegados estudiantiles que no son gratas a la docencia,
no obtienen su reconocimiento. El último comité de la Federación
de Estudiantes se encontró en la imposibilidad de funcionar, y hasta
de constituirse plenamente, por falta del V° B° del Consejo. La
crisis de la Federación depende así de un factor extraño
a la situación estudiantil. El sentimiento del estudiantado ha perdido
no sólo su influencia en las deliberaciones del Consejo sino también
los medios de manifestarse libre y disciplinadamente. La representación
estudiantil en el gobierno de la Universidad, dentro de esta situación,
sería una farsa.
Renovación de los métodos pedagógicos. Si se
exceptúa las innovaciones introducidas en la enseñanza por
uno que otro catedrático, la subsistencia de los viejos métodos
aparece absoluta. Hace poco, un alto funcionario de Educación Pública,
el doctor Luis E. Galván, se preguntaba en un artículo: ¿Qué
hace nuestra Universidad por la investigación científica?
(32). A pesar de sus sentimientos
de adhesión a San Marcos, el doctor Galván se veía
precisado a darse una respuesta totalmente desfavorable. Los métodos
y los estudios no han cambiado sino en la mínima proporción
debida a la espontánea iniciativa de los pocos profesores con sentido
austero de su responsabilidad. En muy contados cursos se ha salido de la
rutina de la lección oral. El espíritu dogmático mantiene
casi intactas sus posiciones. Algunas reformas iniciadas en el período
de 1922-24 han sido detenidas o malogradas. Esta es, por ejemplo, la suerte
que ha tenido la obra de Zulen en la biblioteca.
Reforma del sistema docente. La docencia libre, que aún no
ha sido absolutamente ensayada, no encuentra un ambiente adecuado para su
experimentación. Los intereses oligárquicos que dominan en
la enseñanza se oponen al funcionamiento de la cátedra libre.
En la provisión de las cátedras continúa aplicándose
el viejo criterio de la "leva hereditaria" denunciado por el doctor
Sanguinetti en la antigua Universidad de Buenos Aires.
Todas las conquistas formales de 1919 se encuentran de este modo, frustradas.
El porcentaje de maestros ineptos, no es menor ahora seguramente, a pesar
de la depuración, elemental y moderada, que consiguieron entonces
los estudiantes. La Facultad de Letras, de la cual partió en 1919
el grito de reforma, se presenta prácticamente como la que menos
ha ganado en cuanto a métodos y docencia.
La propia pauta de reforma establecida por la Ley Orgánica de 1920
está todavía, en su mayor parte, por aplicar. No se advierte
por parte del Consejo Universitario, ningún efectivo propósito
de avanzar en la ejecución del pro-grama trazado por dicha ley (33).
En la formación del tipo de maestro exclusivamente consagrado a la
enseñanza, tampoco se ha avanzado nada. El maestro universitario
sigue siendo entre nosotros un diletante que concede un lugar muy subsidiario
en su espíritu y en su actividad a su misión de educador.
Este es, ciertamente, en gran parte, un problema económico. La enseñanza
universitaria permanecerá entregada al diletantismo mientras no se
asegure a los profesores capaces de dedicarse absolutamente a la investigación
y al estudio, el mínimum de renta indispensable para un mediano tenor
de vida. Pero, aun dentro de sus actuales medios económicos, la Universidad
debería ya empezar a buscarle una solución a este problema
que no será solucionado automáticamente por una partida del
presupuesto universitario si faltan como hasta hoy los estímulos
morales de la investigación científica y la especialización
docente.
La crisis de las universidades menores reproduce, en escenarios pequeños,
la crisis de San Marcos. A la más deficiente y anémica de
todas, la Universidad de Trujillo, le ha pertenecido la iniciativa reaccionaria,
como ya hemos visto. La expulsión de veintiséis alumnos, revela
en el espíritu de esa Universidad el más recalcitrante reaccionarismo,
por ser precisamente la falta de estudiantes una de sus preocupaciones específicas.
Para que la Universidad no vea desiertas sus aulas, el profesorado de Trujillo
tiene que dedicarse todos los años, según se me refiere, a
una curiosa labor de reclutamiento, en la que se invocan razones de localismo
con el objeto de inducir a los padres de familia a no enviar a sus hijos
a las Universidad de Lima. Si no obstante la exigüidad de su alumnado,
la docencia de Trujillo se decidió a perder veintiséis estudiantes,
es fácil suponer hasta qué extremos de intransigencia puede
llegar su cerrado conservantismo. La Universidad de Arequipa ha sido tradicionalmente
de las más impermeables a toda tendencia de modernización.
La atmósfera conservadora de la ciudad la preserva de inquietudes
extrañas a su reposo. El elemento renovador, que en los últimos
años ha dado algunas señales simpáticas de crecimiento
y agitación, se encuentra aún en minoría. Sólo
la Universidad del Cuzco se esfuerza vigorosamente por transformarse. Me
he referido ya al proyecto de reorganización presentado al Gobierno
por sus principales catedráticos, y que, evidentemente, constituye
el bosquejo más avanzado de reforma universitaria en el Perú.
El concepto de la Reforma, en tanto, ha ganado cada día más
precisión y firmeza en las vanguardias estudiantiles hispanoamericanas.
La definición del problema de la educación pública
a que ha arribado la vanguardia de La Plata, así lo demuestra. He
aquí los términos de su declaración: 1.­p; El problema
educacional no es sino una de las faces del problema social; por ello no
puede ser solucionado aisladamente. 2.­p; La cultura de toda sociedad
es la expresión ideológica de los intereses de la clase dominante.
La cultura de la sociedad actual es por lo tanto, la expresión ideológica
de los intereses de la clase capitalista. 3.­p; La última guerra
imperialista, rompiendo el equilibrio de la economía burguesa, ha
puesto en crisis su cultura correlativa. 4.­p; Esta crisis sólo
puede superarse con el advenimiento de una cultura socialista" (34).
Mientras el mensaje de la nueva generación, confusamente anunciado
desde 1918 por la insurrección de Córdoba, alcanza en la Argentina
tan nítida y significativa expresión revolucionaria, en nuestro
panorama universitario se multiplican -como creo haberlo puntualizado en
este estudio-, los signos de reacción. La Reforma Universitaria sigue
amenazada, por el empeño de la vieja casta docente en restaurar plenamente
su dominio.
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