José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Proceso de la Instrucción Pública
LA UNIVERSIDAD DE LIMA
En el Perú, por varias razones, el espíritu de la Colonia
ha tenido su hogar en la Universidad. La primera razón es la prolongación
o supervivencia, bajo la República, del dominio de la vieja aristocracia
colonial.
Pero este hecho no ha sido desentrañado sino desde que la ruptura
con el criterio colonialista -vale decir con la historiografía "civilista"-,
ha consentido a la nueva generación enjuiciar libremente la realidad
peruana. Ha sido necesaria, para su entendimiento cabal, la quiebra de la
antigua casta, denunciada por el carácter de "secesión"
que quiso asumir el cambio de gobierno de 1919.
Cuando el doctor V. A. Belaunde calificó a la Universidad como "el
lazo de unión entre la República y la Colonia" -con la
mira de enaltecerla cual único y esencial órgano de continuidad
histórica-, tenía casi el aire de hacer un descubrimiento
valioso. La clase dirigente había sabido hasta entonces mantener
la ilusión intelectual de la República distinta e independiente
de la Colonia, no obstante una instintiva inclinación al culto nostálgico
de lo virreinal, que traicionaba con demasiada evidencia su verdadero sentimiento.
La Universidad que, según un concepto de clisé, era el alma
mater nacional, había sido siempre oficialmente definida como la
más alta cátedra de los principios e ideales de la República.
Mientras tanto, tal vez con la sola excepción del instante en que
Gálvez y Lorente, la tiñeron de liberalismo, restableciendo
y continuando la orientación ideológica de Rodríguez
de Mendoza, la Universidad había seguido fiel a su tradición
escolástica, conservadora y española.
El divorcio entre la obra universitaria y la realidad nacional, constatado
melancólicamente por Belaunde -pero que no lo había embarazado
para gratificar a la Universidad con el título de encarnación
única y sagrada de la continuidad histórica patria-, ha dependido
exclusivamente del divorcio, no menos cierto aunque menos reconocido, entre
la vieja clase dirigente y el pueblo peruano. Belaunde escribía lo
que sigue: "Un triste destino se ha cernido sobre nuestra Universidad
y ha determinado que llene principalmente un fin profesional y tal vez de
esnobismo científico; pero no un fin educativo y mucho menos un fin
de afirmación de la conciencia nacional. Al recorrer rápidamente
la historia de la Universidad desde su origen hasta la fecha se destaca
este rasgo desagradable y funesto: su falta de vinculación con la
realidad nacional, con la vida de nuestro medio, con las necesidades y aspiraciones
del país" (27). La
investigación de Belaunde no podía ir más allá.
Vinculado por su educación y su temperamento a la casta feudal, adherente
al partido que acaudillaba uno de sus más genuinos representantes,
Belaunde tenía que detenerse en la constatación del desacuerdo,
sin buscar sus razones profundas. Más aún: tenía que
contentarse con explicárselo como la consecuencia de un "triste
destino".
La verdad era que la colonia sobrevivía en la Universidad porque
sobrevivía también -a pesar de la revolución de la
Independencia y de la república demoliberal-, en la estructura económico-social
del país, retardando su evolución histórica y enervando
su impulso biológico. Y que, por esto, la Universidad no cumplía
una función progresista y creadora en la vida peruana, a cuyas necesidades
profundas y a cuyas corrientes vitales resultaba no sólo extraña
sino contraria. La casta de terratenientes coloniales que, a través
de un agitado período de caudillaje militar, asumió el poder
en la República, es el menos nacional, el menos peruano de los factores
que intervienen en la historia del Perú inde-pendiente. El "triste
destino" de la Universidad no ha dependido de otra cosa.
Después del período de influencia de Gálvez y Lorente,
la Universidad permaneció, hasta el período de agitación
estudiantil de 19l9, pesadamente dominada por el espíritu de la Colonia.
En 1894, el discurso académico del doctor Javier Prado sobre "El
estado social del Perú durante la dominación española"
que, dentro de su prudencia y equilibrio, intentaba una revisión
del criterio colonialista, pudo ser el punto de partida de una acción
que acercase más el trabajo universitario a nuestra historia y a
nuestro pueblo. Pero el doctor Prado, estrechamente mancomunado con los
intereses y sentimientos que este movimiento habría contrastado por
fuerza, prefirió encabezar una corriente de mediocre positivismo
que, bajo el signo de Taine, pretendió justificar doctrinalmente
la función del civilismo dotándolo de un pensamiento político
en apariencia moderno, y que no consiguió siquiera imprimir a la
Universidad, entregada al diletantismo verbalista y dogmático, la
orientación científica que ahora mismo se echa de menos en
ella. Más tarde, en 1900, otro discurso académico, el del
doctor M. V. Villarán sobre las profesiones liberales en el Perú,
tuvo también la íntima significación de una ponderada
requisitoria contra el colonialismo de la Universidad, responsable por los
prejuicios aristocráticos que alimentaba y mantenía, de una
superproducción de doctores y letrados. Pero igualmente este discurso,
como todas las reacciones episódicas del civilismo, estaba destinado
a no agitar sino muy superficialmente las aguas de esta quieta palude intelectual.
La generación arbitrariamente llamada "futurista" debió
ser, cronológicamente, la que iniciara la renovación de los
métodos y el espíritu de la Universidad. A ella pertenecían
los estudiantes -catedráticos luego- que representaron al Perú
en el Congreso Estudiantil de Montevideo y que organizaron el Centro Universitario,
echando las bases de una solidaridad que en la lucha por la Reforma había
de concretar sus formas y sus fines. Mas la dirección de Riva Agüero
-por boca de quien habló explícitamente el espíritu
colonialista en su tesis sobre literatura peruana-, orientaba en un sentido
conservador y tradicionalista a esa generación universitaria que,
de otro lado, por sus orígenes y vinculaciones, aparecía con
la misión de marcar una reacción contra el movimiento literario
gonzález-pradista y de restablecer la hegemonía intelectual
del civilismo, atacada, particularmente en provincias, por la espontánea
populari-dad de la literatura radical.