José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Proceso de la Instrucción Pública
POLÍTICA Y ENSEÑANZA UNIVERSITARIA
EN AMÉRICA LATINA
El régimen económico y político determinado por el
predominio de las aristocracias coloniales -que en algunos países
hispanoamericanos subsiste todavía aunque en irreparable y progresiva
disolución-, ha colocado por mucho tiempo las universidades de la
América Latina bajo la tutela de estas oligarquías y de su
clientela. Convertida la enseñanza universitaria en un privilegio
del dinero, si no de la casta, o por lo menos de una categoría social
absolutamente ligada a los intereses de uno y otra, las universidades han
tenido una tendencia inevitable a la burocratización académica.
Era éste un destino al cual no podían escapar ni aun bajo
la influencia episódica de alguna personalidad de excepción.
El objeto de las universidades parecía ser, principalmente, el de
proveer de doctores o rábulas a la clase dominante. El incipiente
desarrollo, el mísero radio de la instrucción pública,
cerraban los grados superiores de la enseñanza a las clases pobres
(La misma enseñanza elemental no llegaba -como no llega ahora- sino
a una parte del pueblo). Las universidades, acaparadas intelectual y materialmente
por una casta generalmente desprovista de impulso creador, no podían
aspirar siquiera a una función más alta de formación
y selección de capacidades. Su burocratización las conducía,
de un modo fatal, al empobrecimiento espiritual y científico.
Este no era un fenómeno exclusivo ni peculiar del Perú. Entre
nosotros se ha prolongado más por la supervivencia obstinada de una
estructura económica semifeudal. Pero, aun en los países que
más prontamente se han industrializado y democratizado, como la República
Argentina, a la universidad es adonde ha arribado más tarde esa corriente
de progreso y transformación. El Dr. Florentino V. Sanguinetti resume
así la historia de la Universidad de Buenos Aires antes de la Reforma:
"Durante la primera parte de la vida argentina, movió modestas
iniciativas de cultura y formó núcleos urbanos que dieron
a la montonera el pensamiento de la unidad política y del orden institucional.
Su provisión científica era muy escasa, pero bastaba para
las necesidades del medio y para imponer las conquistas lentas y sordas
del genio civil. Afirmada más tarde nuestra organización nacional,
la Universidad aristocrática y conservadora creó un nuevo
tipo social: el doctor. Los doctores constituyeron el patriciado de la segunda
república, substituyendo poco a poco a las charreteras y a los caciques
rurales, en el manejo de los negocios, pero salían de las aulas sin
la jerarquía intelectual necesaria para actuar con criterio orgánico
en la enseñanza o para dirigir el despertar improvisado de las riquezas
que rendían la pampa y el trópico. A lo largo de los últimos
cincuenta años, nuestra nobleza agropecuaria fue desplazada, primero,
del campo económico por la competencia progresista del inmigrante,
técnicamente más capaz, y luego del campo político
por el advenimiento de los partidos de clase media. Necesitando entonces
escenario para mantener su influencia, se apoderó de la Universidad
que fue pronto un órgano de casta, cuyos directores vitalicios turnaban
los cargos de mayor relieve y cuyos docentes, reclutados por leva hereditaria,
impusieron una verdadera servidumbre educacional de huella estrecha y sin
filtraciones renovadoras" (26).
El movimiento de la Reforma tenía lógicamente que atacar,
ante todo, esta estratificación conservadora de las Universidades.
La provisión arbitraria de las cátedras, el mantenimiento
de profesores ineptos, la exclusión de la enseñanza de los
intelectuales independientes y renovadores, se presentaban claramente como
simples consecuencias de la docencia oligárquica. Estos vicios no
podían ser combatidos sino por medio de la intervención de
los estudiantes en el gobierno de las universidades y el establecimiento
de las cátedras y la asistencia libres, destinadas a asegurar la
eliminación de los malos profesores a través de una concurrencia
leal con hombres más aptos para ejercer su magisterio.
Toda la historia de la Reforma registra invariablemente estas dos reacciones
de las oligarquías conservadoras: primera, su solidaridad
recalcitrante con los profesores incompetentes, tachados por los alumnos,
cuando ha habido de por medio un interés familiar oligárquico;
y segunda, su resistencia, no menos tenaz, a la incorporación
en la docencia de valores no universitarios o simplemente independientes.
Las dos reivindicaciones sustantivas de la Reforma resultan así inconfutablemente
dialécticas, pues no arrancan de puras concepciones doctrinales sino
de las reales y concretas enseñanzas de la acción estudiantil.
Las mayorías docentes adoptaron una actitud de rígida e impermeable
intransigencia contra los grandes principios de la Reforma Universitaria,
el primero de los cuales había quedado proclamado teóricamente
desde el Congreso Estudiantil de Montevideo, y así en la Argentina
como en el Perú, lograron el reconocimiento oficial debido a favorables
circunstancias políticas, cambiadas las cuales se inició,
por parte de los elementos conservadores de la docencia, un movimiento de
reacción, que en el Perú ha anulado ya prácticamente
casi todos los triunfos de la Reforma, mientras en la Argentina encuentra
la oposición vigilante del alumnado, según lo demuestran las
recientes agitaciones contra las tentativas reaccionarias.
Pero no es posible la realización de los ideales de la Reforma sin
la recta y leal aceptación de los dos principios aquí esclarecidos.
El voto de los alumnos -aunque no esté destinado sino a servir de
contralor moral de la política de los profesores- es el único
impulso de vida, el solo elemento de progreso de la Universidad, en la que
de otra suerte prevalecerían sin remedio fuerzas de estancamiento
y regresión. Sin esta premisa, el segundo de los postulados de la
Reforma -las cátedras libres- no puede absolutamente cumplirse. Más
aún, la "leva hereditaria", de que nos habla con tan evidente
exactitud el Dr. Sanguinetti, torna a ser el sistema de reclutamiento de
nuevos catedráticos. Y el mismo progreso científico pierde
su principal estímulo, ya que nada empobrece tanto el nivel de la
enseñanza y de la ciencia como la burocratización oligárquica.