| José Carlos Mariátegui 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana |
res influencias se suceden en el proceso de la
instrucción en la República: la influencia o, mejor, la herencia
española, la influencia francesa y la influencia norteamericana.
Pero sólo la española logra en su tiempo un dominio completo.
Las otras dos se insertan mediocremente en el cuadro español, sin
alterar demasiado sus líneas fundamentales.La República, que heredó del Virreinato, esto es de un
régimen feudal y aristocrático, sus instituciones y métodos
de instrucción pública, buscó en Francia los modelos
de la reforma de la enseñanza tan luego como, esbozada la organización
de una economía y una clase capitalistas, la gestión del nuevo
Estado adquirió cierto impulso progresista y cierta aptitud ordenadora.
De este modo, a los vicios originales de la herencia española se
añadieron los defectos de la influencia francesa que, en vez de venir
a atenuar y corregir el concepto literario y retórico de la enseñanza
trasmitido a la República por el Virreinato, vino más bien
a acentuarlo y complicarlo.
La civilización capitalista no ha logrado en Francia, como en Inglaterra,
Alemania y Estados Unidos, un cabal desarrollo, entre otras razones, por
lo inadecuado del sistema educacional francés. Todavía no
se ha resuelto en esa nación -de la cual hemos copiado anacrónicamente
tantas cosas-, problemas fundamentales como el de la escuela única
primaria y el de la enseñanza técnica.
Estudiando detenidamente esta cuestión en su obra Crear, Herriot
hace las siguientes constataciones: "En verdad, conscientemente o no,
hemos permanecido fieles a ese gusto de la cultura universal que parecía
a nuestros padres el mejor medio de alcanzar la distinción del espíritu.
El francés ama la idea general sin saber siempre lo que entiende
por ese término. Nuestra prensa, nuestra elocuencia, se nutren de
lugares comunes" (11). "En
pleno siglo XX no tenemos aún un plan de educación nacional.
Las experiencias políticas a las que hemos estado condenados han
reaccionado cada una a su manera sobre la enseñanza. Si se le mira
desde un poco de altura, la mediocridad del esfuerzo tentado aparece lamentable"
(12).
Y, más adelante, después de recordar que Renán atribuía
en parte la responsabilidad de las desventuras de 1870 a una instrucción
pública cerrada a todo progreso, convencida de haber dejado que el
espíritu de Francia se malograse en la nulidad, Herriot agrega:
"Los hombres de 1848 habían concebido para nuestro país
un programa de instrucción que no ha sido jamás ejecutado
y ni siquiera comprendido. Nuestro maestro Constantino Pecqueur, lamentaba
que la instrucción pública no fuese aún organizada
socialmente, que el privilegio de nacimiento se prolongase en la educación
de los niños" (13).
Herriot, cuya ponderación democrática no puede ser contestada,
suscribe a este respecto juicios sustentados por los Compagnons de l'Université
Nouvelle y otros propugnadores de una radical reforma de la enseñanza.
Conforme a su esquema de la Historia de la Instrucción Pública
de Francia, la revolución tuvo un amplio y nuevo ideario educacional.
"Con un vigor y una decisión de espíritu remarcables,
Condorcet reclamaba para todos los ciudadanos todas las posibilidades de
instrucción, la gratuidad de todos los grados, la triple cultura
de las facultades físicas, intelectuales y morales". Pero después
de Condorcet, vino Napoleón. "La obra de 1808, escribe Herriot,
es la antítesis del esfuerzo de 1792. En adelante los dos principios
antagónicos no cesarán de luchar. Los encontraremos, así
al uno como al otro, en la base de nuestras instituciones tan mal coordinadas
todavía. Napoleón se ocupó sobre todo de la enseñanza
secundaria que debía darle a sus funcionarios y oficiales. Nosotros
lo estimamos en gran parte responsable de la larga ignorancia de nuestro
pueblo en el curso del siglo XIX. Los hombres de 1793 habían tenido
otras esperanzas. Hasta en los colegios y los liceos, nada que pueda despertar
la libertad de la inteligencia; hasta en la enseñanza superior, ninguna
parte para el culto desinteresado de la ciencia o las letras. La tercera
República ha podido desprender a las universidades de esta tutela
y volver a la tradición de los pretendidos sectarios que crearon
la Escuela Normal, el Conservatorio de Artes y Oficios o el Instituto. Pero
no ha podido romper completamente con la concepción estrecha tendiente
a aislar la cooperación universitaria del resto de la nación.
Ha conservado del Imperio una afición exagerada a los grados, un
respeto excesivo por los procedimientos que habían constituido la
fuerza pero también el peligro de la educación de los jesuitas"
(14).
Esta es, según un estadista demoliberal de la burguesía francesa,
la situación de la enseñanza en la nación de la cual,
con desorientación deplorable hemos importado métodos y textos
durante largos años. Le debemos este desacierto a la aristocracia
virreinal que, disfrazada de burguesía republicana, ha mantenido
en la República los fueros y los principios de orden colonial. Esta
clase quiso para sus hijos, ya que no la educación acremente dogmática
de los colegios reales de la Metrópoli, la educación elegantemente
conservadora de los colegios jesuitas de Francia de la restauración.
El Dr. M. V. Villarán, propugnador de la orientación norteamericana,
denunció en 1908, en su tesis sobre la influencia extranjera en la
educación, el error de inspirarse en Francia. "Con toda su admirable
intelectualidad -decía-ese país no ha podido aún modernizar,
democratizar y unificar suficientemente su sistema y sus métodos
de educación. Los escritores franceses de más nota son los
primeros en reconocerlo" (15).
Se apoya el doctor Villarán en la opinión de Taine, de autoridad
incontestable para los intelectuales civilistas a quienes le tocaba dirigirse.
La influencia francesa no está aún liquidada. Quedan aún
de ella demasiados rezagos en los programas y, sobre todo, en el espíritu
de la enseñanza secundaria y superior. Pero su ciclo ha concluido
con la adopción de modelos norteamericanos que caracteriza las últimas
reformas. Su balance, pues, puede ser hecho. Ya sabemos por anticipado que
arroja un pasivo enorme. Hay que poner en su cuenta la responsabilidad del
predominio de las profesiones liberales. Impotente para preparar una clase
dirigente apta y sana, la enseñanza ha tenido en el Perú,
para un criterio rigurosamente histórico, el vicio fundamental de
su incongruencia con las necesidades de la evolución de la economía
nacional y de su olvido de la existencia del factor indígena. Vale
decir el mismo vicio que encontramos en casi todo proceso político
de la República.
El período de reorganización económica del país
sobre bases civilistas, inaugurado en 1895 por el gobierno de Piérola,
trajo un período de revisión del régimen y métodos
de la enseñanza. Recomenzaba el trabajo de formación de una
economía capitalista interrumpido por la guerra del 79 y sus consecuencias
y, por tanto, se planteaba el problema de adaptar gradualmente la instrucción
pública a las necesidades de esta economía en desenvolvimiento.
El Estado, que en sus tiempos de miseria o falencia abandonó obligadamente
la enseñanza primaria a los municipios, reasumió este servicio.
Con la fundación de la Escuela Normal de Preceptores se preparó
el cimiento de la escuela primaria pública o, mejor, popular, que
hasta entonces no era sino rutinarismo y diletantismo criollos. Con el restablecimiento
de la Escuela de Artes y Oficios se diseñó una ruta en orden
a la enseñanza técnica.
Este período se caracteriza en la historia de la instrucción
pública por su progresivo orientamiento hacia el modelo anglosajón.
La reforma de la segunda enseñanza en 1902 fue el primer paso en
tal sentido. Pero, limitada a un solo plano de la enseñanza, constituyó
un paso falso. El régimen civilista restablecido por Piérola
no supo ni pudo dar una dirección segura a su política educacional.
Sus intelectuales, educados en un gárrulo e hinchado verbalismo o
en un erudicionismo linfático y académico, no tenían
sino una mediocre habilidad de tinterillos. Sus caciques o capataces, cuando
se elevaban sobre el nivel mental de un mero traficante de culis y caña
de azúcar, permanecían demasiado adheridos a los más
caducos prejuicios aristocráticos.
El doctor M. V. Villarán, aparece desde 1900 como el preconizador
de una reforma coherente con el embrionario desarrollo capitalista del país.
Su discurso de ese año sobre las profesiones liberales, fue la primera
requisitoria eficaz contra el concepto literario y aristocrático
de la enseñanza trasmitido a la República por el Virreinato.
Ese discurso condenaba al gaseoso y arcaico idealismo extranjero que hasta
entonces había prevalecido en la enseñanza pública
-reducida a la educación de los jóvenes "decentes"-,
en el nombre de una concepción francamente materialista, o sea capitalista,
del progreso. Y concluía con la aserción de que era "urgente
rehacer el sistema de nuestra educación en forma tal que produzca
pocos diplomados y literatos y en cambio eduque hombres útiles, creadores
de riqueza". "Los grandes pueblos europeos -agregaba- reforman
hoy sus planes de instrucción adoptando generalmente el tipo de la
educación yanqui, porque comprenden que las necesidades de la época
exigen ante todo, hombres de empresa, y no literatos ni eruditos, y porque
todos esos pueblos se hallan empeñados más o menos en la gran
obra humana de extender a todas partes su comercio, su civilización
y su raza. Así también nosotros, siguiendo el ejemplo de las
grandes naciones de Europa, debemos enmendar el equivocado rumbo que hemos
dado a la educación nacional, a fin de producir hombres prácticos,
industriosos y enérgicos porque ellos son los que necesita la Patria
para hacerse rica y por lo mismo fuerte" (16).
La reforma de 1920 señala la victoria de la orientación preconizada
por el doctor Villarán y, por tanto, el predominio de la influencia
norteamericana. De un lado, la ley orgánica de enseñanza,
en convencional vigor desde ese año, tiene su origen en un proyecto
elaborado primero por una comisión que presidió Villarán
y asesoró un técnico yanqui, el doctor Bard, destilado y refinado
luego por otra comisión que encabezó también el doctor
Villarán y rectificado finalmente por el doctor Bard, en su calidad
de jefe de la misión norteamericana traído por el Gobierno
para reorganizar la instrucción pública. De otro lado, la
aplicación de los principios de la misma ley, fue confiada por algún
tiempo a este equipo de técnicos yanquis.
La importación del método norteamericano no se explica, fundamentalmente,
por el cansancio del verbalismo latinista sino por el impulso espiritual
que determinaban la afirmación y el crecimiento de una economía
capitalista. Este proceso histórico -que en el plano político
produjo la caída de la oligarquía representativa de la casta
feudal a causa de su ineptitud para devenir clase capitalista-, en el plano
educacional impuso la definitiva adopción de una reforma pedagógica
inspirada en el ejemplo de la nación de más próspero
desarrollo industrial.
Se aborda, pues, con la reforma de 1920, una empresa congruente con el rumbo
de la evolución histórica del país. Pero, como el movimiento
político que canceló el dominio del viejo civilismo aristocrático,
el movimiento educacional -paralelo y solidario a aquél- estaba destinado
a detenerse. La ejecución de un programa demoliberal, resultaba en
la práctica entrabada y saboteada por la subsistencia de un régimen
de feudalidad en la mayor parte del país. No es posible democratizar
la enseñanza de un país sin democratizar su economía
y sin democratizar, por ende, su superestructura política.
En un pueblo que cumple conscientemente su proceso histórico, la
reor-ganización de la enseñanza tiene que estar dirigida por
sus propios hombres. La intervención de especialistas extranjeros
no puede rebasar los límites de una colaboración.
Por estas razones, fracasó el experimento de la misión norteamericana.
Por estas razones, sobre todo, la nueva ley orgánica quedó
más bien como un programa teórico que como una pauta de acción.
Ni la organización ni la existencia de la enseñanza se conforman
a la ley orgánica. El contraste, la distancia entre la ley y la práctica
no pueden ser atenuados en sus puntos capitales. El doctor Bouroncle, en
un estudio que nadie supondrá inspirado en propósitos negativos
ni polémicos, apunta varias de las fallas y remiendos que se han
sucedido en la accidentada historia de esta reforma. "Un ligero análisis
-escribe- de las actuales disposiciones legales y regla-mentarias en materia
de instrucción nos hace ver el gran número de las que no han
tenido ni podían tener aplicación en la práctica. En
primer término, la organización de la Dirección General
y del Consejo Nacional de enseñanza ha sido reformada a mérito
de una autorización legislativa, suprimiéndose las direcciones
regionales que eran las entidades ejecutivas con mayores atribuciones técnicas
y administrativas en el ramo. Las direcciones y secciones han sido modificadas
y los planes de estudio de enseñanza primaria y secundaria han tenido
que ser revisados. Las distintas clases de escuelas consideradas en la ley
no se han tomado en cuenta y los exámenes y títulos preceptorales
han necesitado ya una total reforma. Las categorías de escuelas no
se han considerado, ni tampoco la complicada clasificación de los
colegios que preconizó el reglamen-to de enseñanza secundaria.
La Junta examinadora nacional ha sido reempla-zada en sus funciones por
la Dirección de Exámenes y Estudios y el sistema total ha
sido modificado. Y por último, la enseñanza superior, la que
con más detalles organiza la ley, ha dado sólo parcial cumplimiento
a sus mandatos. La Universidad de Escuelas Técnicas fracasó
a las primeras tentativas de organización y las Escuelas Superiores
de Agricultura, Ciencias Pedagógicas, Artes Industriales y Comercio,
no han sido fundadas. El plan de estudios para la Universidad de San Marcos
no ha tenido total aplicación y el Centro Estudiantil Universitario,
para cuya dirección se contrató personal especial, no ha podido
ni siquiera crearse. Y si examinamos los actuales reglamentos de enseñanza
primaria y secundaria veremos asimismo un sinnúmero de disposiciones
reformadas o sin aplicación. Pocas leyes y reglamentos de los que
se han dado en el Perú, han tenido tan pronta y diversa modificación
al extremo de que los pre-ceptos reformatorios y aquellos que no se aplican
están hoy en mayor número en la práctica escolar que
los que aún se conservan en vigencia en la ley y sus reglamentos"
(17).
Esta es la crítica ponderada y prudente de un funcionario a quien
mueve, como es natural, un espíritu de colaboración; pero
no hacen falta otras constataciones, ni aun la de que no se consigue todavía
dedicar a la enseñanza primaria el l0 por ciento de los ingresos
fiscales ordenado por la ley, para declarar la quiebra de la reforma de
1920 (18). Por otra parte, esta
declaración ha sido implícitamente pronunciada por el Consejo
Nacional de Enseñanza al acometer la revisión de la Ley Orgánica.
A los que en este debate ocupamos una posición ideológica
revolucionaria, nos toca constatar, ante todo, que la quiebra de la reforma
de 1920, no depende de ambición excesiva ni de idealismo ultramoderno
de sus postulados. Bajo muchos aspectos, esa reforma se presenta restringida
en su aspiración y conservadora en su alcance. Mantiene en la enseñanza,
sin la menor atenuación sustancial, todos los privilegios de clase
y de fortuna. No franquea los grados superiores de la enseñanza a
los niños seleccionados por la escuela primaria, pues no encarga
absolutamente a ésta dicha selección. Confina a los niños
de la clase proletaria en la instrucción primaria dividida, sin ningún
fin selectivo, en común y profesional, y conserva a la escuela primaria
privada, que separa desde la niñez, con rígida barrera, a
las clases sociales y hasta a sus categorías. Establece únicamente
la gratuidad de la primera enseñanza sin sentar por lo menos el principio
de que el acceso a la instrucción secundaria, que el Estado ofrece
a un pequeño porcentaje con su antiguo sistema de becas, está
reservado expresamente a los mejores. La ley orgánica, en cuanto
a las becas, se expresa en términos extremadamente vagos, además
de que no reconoce prácticamente el derecho de ser sostenidos por
el Estado sino a los estudiantes que han ingresado ya a los colegios de
segunda enseñanza. Dice, en efecto, el artículo 254: "Por
disposición reglamentaria, podrá exonerarse de derechos de
enseñanza y de pensión en los internados de los colegios nacionales,
como premio, a los jóvenes pobres, que se distingan por su capacidad,
moralidad y dedicación al estudio. Estas becas serán otorgadas
por el director regional a propuesta de la Junta de Profesores del Colegio
respectivo" (19).
Tantas limitaciones impiden considerar la reforma de 1920 aún como
la reforma democrática, propugnada por el doctor Villarán
en nombre de principios demoburgueses.
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