José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Problema de la Tierra
REFERENCIAS
1. Luis E. Valcárcel, Del Ayllu al Imperio, p. 166.
2. César Antonio Ugarte, Bosquejo de la Historia Económica
del Perú, p. 9.
3. Javier Prado, "Estado Social del Perú durante la dominación
española", en Anales Universitarios del Perú,
tomo XXII, pp. 125 y 126.
4. Ugarte, ob. citada, p. 64.
5. José Vasconcelos, Indología.
6. Javier Prado, ob. citada, p. 37.
7. Georges Sorel, Introduction à l'economie moderne, pp. 120
y 130.
8. Ugarte, ob. citada, p. 24.
9. Eugéne Schkaff, La Question Agraire en Russie, p. 118.
10. Esteban Echeverría, Antecedentes y primeros pasos de la revolución
de Mayo.
11. Vasconcelos, conferencia sobre "El Nacionalismo en la América
Latina", en Amauta Nº 4, p. 15. Este juicio, exacto en
lo que respecta a las relaciones entre caudillaje militar y propiedad agraria
en América, no es igualmente válido para todas las épocas
y situaciones históricas. No es posible suscribirlo sin esta precisa
reserva.
12. Ugarte, ob. citada, p. 57.
13. Le Pérou Contemporain, pp. 98 y 99.
14. Ugarte, ob. citada, p. 58
15. Si la evidencia histórica del comunismo inkaico no apareciese
incontestable, la comunidad, órgano específico de comunismo,
bastaría para despejar cualquier duda. El "despotismo"
de los inkas ha herido sin embargo, los escrúpulos liberales de algunos
espíritus de nuestro tiempo. Quiero reafirmar aquí la defensa
que hice del comunismo inkaico objetando la tesis de su más reciente
impugnador, Augusto Aguirre Morales, autor de la novela El Pueblo del
Sol.
El comunismo moderno es una cosa distinta del comunismo inkaico. Esto es
lo primero que necesita aprender y entender, el hombre de estudio que explora
el Tawantinsuyo. Uno y otro comunismo son un producto de diferentes experiencias
humanas. Pertenecen a distintas épocas históricas. Constituyen
la elaboración de disímiles civilizaciones. La de los inkas
fue una civilización agraria. La de Marx y Sorel es una civilización
industrial. En aquélla el hombre se sometía a la naturaleza.
En ésta la naturaleza se somete a veces al hombre. Es absurdo, por
ende, confrontar las formas y las instituciones de uno y otro comunismo.
Lo único que puede confrontarse es su incorpórea semejanza
esencial, dentro de la diferencia esencial y material de tiempo y de espacio.
Y para esta confrontación hace falta un poco de relativismo histórico.
De otra suerte se corre el riesgo cierto de caer en los clamorosos errores
en que ha caído Víctor Andrés Belaunde en una tentativa
de este género.
Los cronistas de la conquista y de la colonia miraron el panorama indígena
con ojos medioevales. Su testimonio indudablemente no puede ser aceptado,
sin beneficio de inventario.
Sus juicios corresponden inflexiblemente a sus puntos de vista españoles
y católicos. Pero Aguirre Morales es, a su turno, víctima
del falaz punto de vista. Su posición en el estudio del Imperio Inkaico
no es una posición relativista. Aguirre considera y examina el Imperio
con apriorismos liberales e individualistas. Y piensa que el pueblo inkaico
fue un pueblo esclavo e infeliz porque careció de libertad.
La libertad individual es un aspecto del complejo fenómeno liberal.
Una crítica realista puede definirla como la base jurídica
de la civilización capitalista, (Sin el libre arbitrio no habría
libre tráfico, ni libre concurrencia, ni libre industria). Una crítica
idealista puede definirla como una adquisición del espíritu
humano en la edad moderna. En ningún caso, esta libertad cabía
en la vida inkaica. El hombre del Tawantinsuyo no sentía absolutamente
ninguna necesidad de libertad individual. Así como no sentía
absolutamente, por ejemplo, ninguna necesidad de libertad de imprenta. La
libertad de imprenta puede servirnos para algo a Aguirre Morales y a mí;
pero los indios podían ser felices sin conocerla y aun sin concebirla.
La vida y el espíritu del indio no estaban atormentados por el afán
de especulación y de creación intelectuales. No estaban tampoco
subordinados a la necesidad de comerciar, de contratar, de traficar. ¿Para
qué podría servirle, por consiguiente, al indio esta libertad
inventada por nuestra civilización? Si el espíritu de la libertad
se reveló al quechua, fue sin duda en una fórmula o, más
bien, en una emoción diferente de la fórmula liberal, jacobina
e individualista de la libertad. La revelación de la libertad, como
la revelación de Dios, varía con las edades, los pueblos y
los climas. Consustanciar la idea abstracta de la libertad con las imágenes
concretas de una libertad con gorro frigio -hija del protestantismo y del
renacimiento y de la revolución francesa- es dejarse coger por una
ilusión que depende tal vez de un mero, aunque no desinteresado,
astigmatismo filosófico de la burguesía y de su democracia.
La tesis de Aguirre, negando el carácter comunista de la sociedad
inkaica, descansa íntegramente en un concepto erróneo. Aguirre
parte de la idea de que autocracia y comunismo son dos términos inconciliables.
El régimen inkaico -constata- fue despótico y teocrático;
luego -afirma- no fue comunista. Mas el comunismo no supone, históricamente,
libertad individual ni sufragio popular. La autocracia y el comunismo son
incompatibles en nuestra época; pero no lo fueron en sociedades primitivas.
Hoy un orden nuevo no puede renunciar a ninguno de los progresos morales
de la sociedad moderna. El socialismo contemporáneo -otras épocas
han tenido otros tipos de socialismo que la historia designa con diversos
nombres- es la antítesis del liberalismo; pero nace de su entraña
y se nutre de su experiencia. No desdeña ninguna de sus conquistas
intelectuales. No escarnece y vilipendia sino sus limitaciones. Aprecia
y comprende todo lo que en la idea liberal hay de positivo: condena y ataca
sólo lo que en esta idea hay de negativo y temporal.
Teocrático y despótico fue, ciertamente, el régimen
inkaico. Pero este es un rasgo común de todos los regímenes
de la antigüedad. Todas las monarquías de la historia se han
apoyado en el sentimiento religioso de sus pueblos. El divorcio del poder
temporal y del poder espiritual es un hecho nuevo. Y más que un divorcio
es una separación de cuerpos. Hasta Guillermo de Hohenzollern los
monarcas han invocado su derecho divino.
No es posible hablar de tiranía abstractamente. Una tiranía
es un hecho concreto. Y es real sólo en la medida en que oprime la
voluntad de un pueblo o en que contraría y sofoca su impulso vital.
Muchas veces, en la antigüedad, un régimen absolutista y teocrático
ha encarnado y representado, por el contrario, esa voluntad y ese impulso.
Este parece haber sido el caso del imperio inkaico. No creo en la obra taumatúrgica
de los Inkas. Juzgo evidente su capacidad política, pero juzgo no
menos evidente que su obra consistió en construir el Imperio con
los materiales humanos y los elementos morales allegados por los siglos.
El ayllu -la comunidad-, fue la célula del Imperio. Los Inkas hicieron
la unidad, inventaron el Imperio; pero no crearon la célula. El Estado
jurídico organizado por los Inkas reprodujo, sin duda, el Estado
natural pre-existente. Los Inkas no violentaron nada. Está bien que
se exalte su obra; no que se desprecie y disminuya la gesta milenaria y
multitudinaria de la cual esa obra no es sino una expresión y una
consecuencia.
No se debe empequeñecer, ni mucho menos negar, lo que en esa obra
pertenece a la masa. Aguirre, literato individualista, se complace en ignorar
en la historia a la muchedumbre. Su mirada de romántico busca exclusivamente
al héroe.
Los vestigios de la civilización inkaica declaran unánimemente,
contra la requisitoria de Aguirre Morales. El autor de El Pueblo del
Sol invoca el testimonio de los millares de huacos que han desfilado
ante sus ojos. Y bien. Esos huacos dicen que el arte inkaico fue un arte
popular. Y el mejor documento de la civilización inkaica es, acaso,
su arte. La cerámica estilizada sintetista de los indios no puede
haber sido producida por un pueblo grosero y bárbaro.
James George Frazer -muy distante espiritual y físicamente de los
cronistas de la colonia-, escribe: "Remontando el curso de la historia,
se encontrará que no es por un puro accidente que los primeros grandes
pasos hacia la civilización han sido hechos bajo gobiernos despóticos
y teocráticos como los de la China, del Egipto, de Babilonia, de
México, del Perú, países en todos los cuales el jefe
supremo exigía y obtenía la obediencia servil de sus súbditos
por su doble carácter de rey y de dios. Sería apenas una exageración
decir que en esa época lejana el despotismo es el más grande
amigo de la humanidad y por paradojal que esto parezca, de la libertad.
Pues después de todo, hay más libertad, en el mejor sentido
de la palabra -libertad de pensar nuestros pensamientos y de modelar nuestros
destinos-, bajo el despotismo más absoluto y la tiranía más
opresora que bajo la aparente libertad de la vida salvaje, en la cual la
suerte del individuo, de la cuna a la tumba, es vaciada en el molde rígido
de las costumbres hereditarias" (The Golden Bough, Part. I ).
Aguirre Morales dice que en la sociedad inkaica se desconocía el
robo por una simple falta de imaginación para el mal. Pero no se
destruye con una frase de ingenioso humorismo literario un hecho social
que prueba, precisamente, lo que Aguirre se obstina en negar: el comunismo
inkaico. El economista francés Charles Gide piensa que más
exacta que la célebre fórmula de Proudhon, es la siguiente
fórmula: "El robo es la propiedad". En la sociedad inkaica
no existía el robo porque no existía la propiedad. O, si se
quiere, porque existía una organización socialista de la propiedad.
Invalidemos y anulemos, si hace falta, el testimonio de los cronistas de
la colonia. Pero es el caso que la teoría de Aguirre busca amparo,
justamente, en la interpretación, medioeval en su espíritu,
de esos cronistas de la forma de distribución de las tierras y de
los productos.
Los frutos del suelo no son atesorables. No es verosímil, por consiguiente,
que las dos terceras partes fuesen acaparadas para el consumo de los funcionarios
y sacerdotes del Imperio. Mucho más verosímil es que los frutos
que se supone reservados para los nobles y el Inka, estuviesen destinados
a constituir los depósitos del Estado.
Y que representasen, en suma, un acto de providencia social, peculiar y
característico en un orden socialista.
16. Castro Pozo, Nuestra Comunidad Indígena.
17. Ibíd., pp. 16 y 17.
18. Escrito este trabajo, encuentro en el libro de Haya de la Torre Por
la emancipación de la América Latina, conceptos que coinciden
absolutamente con los míos sobre la cuestión agraria en general
y sobre la comunidad indígena en particular. Parti-mos de los mismos
puntos de vista, de manera que es forzoso que nuestras conclusiones sean
también las mismas.
19. Castro Pozo, ob. citada, pp. 66 y 67.
20. Ibíd., p. 434.
21. Schkaff, ob. citada, p. 188.
22. Castro Pozo, ob. citada, p. 47. El autor tiene observaciones muy interesantes
sobre los elementos espirituales de la economía comunitaria. "La
energía, perseverancia e interés -apunta- con que un comunero
siega, gavilla el trigo o la cebada, quipicha (Quipichar:
cargar a la espalda. Costumbre indígena extendida en toda la sierra.
Los cargadores, fleteros y estibadores de la costa, cargan sobre el hombro)
y desfila, a paso ligero, hacia la era alegre, corriéndole una broma
al compañero o sufriendo la del que va detrás halándole
el extremo de la manta, constituyen una tan honda y decisiva diferencia,
comparados con la desidia, frialdad, laxitud del ánimo y, al parecer,
cansancio, con que prestan sus servicios los yanaconas, en idénticos
trabajos u otros de la misma naturaleza; que a primera vista salta el abismo
que diversifica el valor de ambos estados psico-físicos, y la primera
interrogación que se insinúa al espíritu, es la de
¿qué influencia ejerce en el proceso del trabajo su objetivación
y finalidad concreta e inmediata?"
23. Sorel, que tanta atención ha dedicado a los conceptos de Proudhon
y Le Play sobre el rol de la familia en la estructura y el espíritu
de la sociedad, ha considerado con buida y sagaz penetración "la
parte espiritual del medio económico". Si algo ha echado de
menos en Marx, ha sido un insuficiente espíritu jurídico,
aunque haya convenido en que este aspecto de la producción no escapaba
al dialéctico de Tréveris. "Se sabe -escribe en su Introduction
a l'economie moderne- que la observación de las costumbres de
las familias de la plana sajona impresionó mucho a Le Play en el
comienzo de sus viajes y ejerció una influencia decisiva sobre su
pensamiento. Me he preguntado si Marx no había pensado en estas antiguas
costumbres cuando ha acusado al capitalismo de hacer del proletario un hombre
sin familia". Con relación a las observaciones de Castro Pozo,
quiero recordar otro concepto de Sorel: "El trabajo depende, en muy
vasta medida, de los sentimientos que experimentan los obreros ante su tarea".
24. Schkaff, ob. citada, p. 135.
25. No hay que olvidar, por lo que toca a los braceros serranos, el efecto
extenuan-te de la costa cálida e insalubre en el organismo del indio
de la sierra, presa segura del paludismo, que lo amenaza y predispone a
la tuberculosis. Tampoco hay que olvidar el profundo apego del indio a sus
lares y a su naturaleza. En la costa se siente un exiliado, un mitimae.
26. Una de las constataciones más importantes a que este tópico
conduce es la de la íntima solidaridad de nuestro problema agrario
con nuestro problema demográfico. La concentración de las
tierras en manos de los gamonales constituye un freno, un cáncer
de la demografía nacional. Sólo cuando se haya roto esa traba
del progreso peruano, se habrá adoptado realmente el principio sudamericano:
"Gobernar es poblar".
27. El proyecto concebido por el Gobierno con el objeto de crear la pequeña
propiedad agraria se inspira en el criterio económico liberal y capitalista.
En la costa su aplicación, subordinada a la expropiación de
fundos y a la irrigación de tierras eriazas, puede corresponder aún
a posibilidades más o menos amplias de colonización. En la
sierra sus efectos serían mucho más restringidos y dudosos.
Como todas las tentativas de dotación de tierras que registra nuestra
historia republicana, se caracteriza por su prescindencia del valor social
de la "comunidad" y por su timidez ante el latifundista cuyos
intereses salvaguarda con expresivo celo. Estableciendo el pago de la parcela
al contado o en 20 anualidades, resulta inaplicable en las regiones de sierra
donde no existe todavía una economía comercial monetaria.
El pago, en estos casos, debería ser estipulado no en dinero sino
en productos. El sistema del Estado de adquirir fundos para repartirlos
entre los indios manifiesta un extremado miramiento por los latifundistas,
a los cuales ofrece la ocasión de vender fundos poco productivos
o mal explotados, en condiciones ventajosas.
28. Schkaff, ob. citada, pp. 133, 134 y 135.
29. Francisco Ponce de León, Sistemas de arrendamiento de terrenos
de cultivo en el departamento del Cuzco y el problema de la tierra.
30. Los experimentos recientemente practicados, en distintos puntos de la
costa por la Comisión Impulsora del Cultivo del Trigo, han tenido,
según se anuncia, éxito satisfactorio. Se ha obtenido apreciables
rendimientos de la variedad "Kappli Emmer" -inmune a la "roya"-,
aun en las "lomas".
31. Herriot, Créer.