José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Problema de la Tierra
PROPOSICIONES FINALES
A las proposiciones fundamentales, expuestas ya en este estudio, sobre los
aspectos presentes de la cuestión agraria en el Perú, debo
agregar las siguientes:
1º- El carácter de la propiedad agraria en el Perú se
presenta como una de las mayores trabas del propio desarrollo del capitalismo
nacional. Es muy elevado el porcentaje de las tierras, explotadas por arrendatarios
grandes o medios, que pertenecen a terratenientes que jamás han manejado
sus fundos. Estos terratenientes, por completo extraños y ausentes
de la agricultura y de sus problemas, viven de su renta territorial sin
dar ningún aporte de trabajo ni de inteligencia a la actividad económica
del país. Corresponden a la categoría del aristócrata
o del rentista, consumidor improductivo. Por sus hereditarios derechos de
propiedad perciben un arrendamiento que se puede considerar como un canon
feudal. El agricultor arrendatario corresponde, en cambio, con más
o menos propiedad, al tipo de jefe de empresa capitalista. Dentro de un
verdadero sistema capitalista, la plusvalía obtenida por su empresa,
debería beneficiar a este industrial y al capital que financiase
sus trabajos. El dominio de la tierra por una clase de rentistas, impone
a la producción la pesada carga de sostener una renta que no está
sujeta a los eventuales descensos de los productos agrícolas. El
arrendamiento no encuentra, generalmente, en este sistema, todos los estímulos
indispensables para efectuar los trabajos de perfecta valorización
de las tierras y de sus cultivos e instalaciones. El temor a un aumento
de la locación, al vencimiento de su escritura, lo induce a una gran
parsimonia en las inversiones. La ambición del agricultor arrendatario
es, por supuesto, convertirse en propietario; pero su propio empeño
contribuye al encarecimiento de la propiedad agraria en provecho de los
latifundistas. Las condiciones incipientes del crédito agrícola
en el Perú impiden una más intensa expropiación capitalista
de la tierra para esta clase de industriales. La explotación capitalista
e industrialista de la tierra, que requiere para su libre y pleno desenvolvimiento
la eliminación de todo canon feudal, avanza por esto en nuestro país
con suma lentitud. Hay aquí un problema, evidente no sólo
para un criterio socialista sino, también, para un criterio capitalista.
Formulando un principio que integra el programa agrario de la burguesía
liberal francesa, Edouard Herriot afirma que "la tierra exige la
presencia real" (31).
No está demás remarcar que a este respecto el Occidente no
aventaja por cierto al Oriente, puesto que la ley mahometana establece,
como lo observa Charles Gide, que "la tierra pertenece al que la fecunda
y vivifica".
2º- El latifundismo subsistente en el Perú se acusa, de otro
lado, como la más grave barrera para la inmigración blanca.
La inmigración que podemos esperar es, por obvias razones, de campesinos
provenientes de Italia, de Europa Central y de los Balcanes. La población
urbana occidental emigra en mucha menor escala y los obreros industriales
saben, además, que tienen muy poco que hacer en la América
Latina. Y bien. El campesino europeo no viene a América para trabajar
como bracero, sino en los casos en que el alto salario le consiente ahorrar
largamente. Y éste no es el caso del Perú. Ni el más
miserable labrador de Polonia o de Rumania aceptaría el tenor de
vida de nuestros jornaleros de las haciendas de caña o algodón.
Su aspiración es devenir pequeño propietario. Para que nuestros
campos estén en grado de atraer esta inmigración es indis-pensable
que puedan brindarle tierras dotadas de viviendas, animales y herramientas
y comunicadas con ferrocarriles y mercados. Un funcionario o pro-pagandista
del fascismo, que visitó el Perú hace aproximadamente tres
años, declaró en los diarios locales que nuestro régimen
de gran propiedad era incompatible con un programa de colonización
e inmigración capaz de atraer al campesino italiano.
3º- El enfeudamiento de la agricultura de la costa a los intereses
de los capitales y los mercados británicos y americanos, se opone
no sólo a que se organice y desarrolle de acuerdo con las necesidades
específicas de la economía nacional -esto es asegurando primeramente
el abastecimiento de la población- sino también a que ensaye
y adopte nuevos cultivos. La mayor empresa acometida en este orden en los
últimos años -la de las plantaciones de tabaco de Tumbes-
ha sido posible sólo por la intervención del Estado. Este
hecho abona mejor que ningún otro la tesis de que la política
liberal del laisser faire, que tan pobres frutos ha dado en el Perú,
debe ser definitivamente reemplazada por una política social de nacionalización
de las grandes fuentes de riqueza.
4º- La propiedad agraria de la costa, no obstante los tiempos prósperos
de que ha gozado, se muestra hasta ahora incapaz de atender los problemas
de la salubridad rural, en la medida que el Estado exige y que es, desde
luego, asaz modesta. Los requerimientos de la Dirección de Salubridad
Pública a los hacendados no consiguen aún el cumplimiento
de las disposiciones vigentes contra el paludismo. No se ha obtenido siquiera
un mejoramiento general de las rancherías. Está probado que
la población rural de la costa arroja los más altos índices
de mortalidad y morbilidad del país. (Exceptúase naturalmente
los de las regiones excesivamente mórbidas de la selva). La estadística
demográfica del distrito rural de Pativilca acusaba hace tres años
una mortalidad superior a la natalidad. Las obras de irrigación,
como lo observa el ingeniero Sutton a propósito de la de Olmos, comportan
posiblemente la más radical solución del problema de las paludes
o pantanos. Pero, sin las obras de aprovechamiento de las aguas sobrantes
del río Chancay realizadas en Huacho por el señor Antonio
Graña, a quien se debe también un interesante plan de colonización,
y sin las obras de aprovechamiento de las aguas del subsuelo practicadas
en Chiclín y alguna otra negociación del Norte, la acción
del capital privado en la irrigación de la costa peruana resultaría
verdaderamente insignificante en los últimos años.
5º- En la sierra, el feudalismo agrario sobreviviente se muestra del
todo inepto como creador de riqueza y de progreso. Excepción hecha
de las negociaciones ganaderas que exportan lana y alguna otra, en los valles
y planicies serranos el latifundio tiene una producción miserable.
Los rendimientos del suelo son ínfimos; los métodos de trabajo,
primitivos. Un órgano de la prensa local decía una vez que
en la sierra peruana el gamonal aparece relativamente tan pobre como el
indio. Este argumento -que resulta completamente nulo dentro de un criterio
de relatividad- lejos de justificar al gamonal, lo condena inapelablemente.
Porque para la economía moderna -entendida como ciencia objetiva
y concreta- la única justificación del capitalismo y de sus
capitanes de industria y de finanza está en su función de
creadores de riqueza. En el plano económico, el señor feudal
o gamonal es el primer responsable del poco valor de sus dominios. Ya hemos
visto cómo este latifundista no se preocupa de la productividad sino
de la rentabilidad de la tierra. Ya hemos visto también cómo,
a pesar de ser sus tierras las mejores, sus cifras de producción
no son mayores que las obtenidas por el indio, con su primitivo equipo de
labranza, en sus magras tierras comunales. El gamonal, como factor económico,
está, pues, completamente descalificado.
6º- Como explicación de este fenómeno se dice que la
situación económica de la agricultura de la sierra depende
absolutamente de las vías de comunicación y transporte. Quienes
así razonan no entienden sin duda la diferencia orgánica,
fundamental, que existe entre una economía feudal o semifeudal y
una economía capitalista. No comprenden que el tipo patriarcal primitivo
de terrateniente feudal es sustancialmente distinto del tipo del moderno
jefe de empresa. De otro lado el gamonalismo y el latifundismo aparecen
también como un obstáculo hasta para la ejecución del
propio programa vial que el Estado sigue actualmente. Los abusos e intereses
de los gamonales se oponen totalmente a una recta aplicación de la
ley de conscripción vial. El indio la mira instintivamente como una
arma del gamonalismo. Dentro del régimen inkaico, el servicio vial
debidamente establecido sería un servicio público obligatorio,
del todo compatible con los principios del socialismo moderno; dentro del
régimen colonial de latifundio y servidumbre, el mismo servicio adquiere
el carácter odioso de una "mita".