José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Problema de la Tierra
"COLONIALISMO" DE NUESTRA AGRICULTURA COSTEÑA
El grado de desarrollo alcanzado por la industrialización de la agricultura,
bajo un régimen y una técnica capitalistas, en los valles
de la costa, tiene su principal factor en el interesamiento del capital
británico y norteamericano en la producción peruana de azúcar
y algodón. De la extensión de estos cultivos no es un agente
primario la aptitud industrial ni la capacidad capitalista de los terratenientes.
Estos dedican sus tierras a la producción de algodón y caña
financiados o habilitados por fuertes firmas exportadoras.
Las mejores tierras de los valles de la costa están sembradas de
algodón y caña, no precisamente porque sean apropiadas sólo
a estos cultivos, sino porque únicamente ellos importan, en la actualidad,
a los comerciantes ingleses y yanquis. El crédito agrícola
-subordinado absolutamente a los intereses de estas firmas, mientras no
se establezca el Banco Agrícola Nacional-, no impulsa ningún
otro cultivo. Los de frutos alimenticios, destinados al mercado interno,
están generalmente en manos de pequeños propietarios y arrendatarios.
Sólo en los valles de Lima, por la vecindad de mercados urbanos de
importancia, existen fundos extensos dedicados por sus propietarios a la
producción de frutos alimenticios. En las haciendas algodoneras o
azucareras, no se cultiva estos frutos, en muchos casos, ni en la medida
necesaria para el abastecimiento de la propia población rural.
El mismo pequeño propietario, o pequeño arrendatario, se encuentra
empujado al cultivo del algodón por esta corriente que tan poco tiene
en cuenta las necesidades particulares de la economía nacional. El
desplazamiento de los tradicionales cultivos alimenticios por el del algodón
en las campiñas de la costa donde subsiste la pequeña propiedad,
ha constituido una de las causas más visibles del encarecimiento
de las subsistencias en las poblaciones de la costa.
Casi únicamente para el cultivo del algodón, el agricultor
encuentra facilidades comerciales. Las habilitaciones están reservadas,
de arriba a abajo, casi exclusivamente al algodonero. La producción
de algodón no está regida por ningún criterio de economía
nacional. Se produce para el mercado mundial, sin un control que prevea
en el interés de esta economía, las posibles bajas de los
precios derivados de períodos de crisis industrial o de superproducción
algodonera.
Un ganadero me observaba últimamente que, mientras sobre una cosecha
de algodón el crédito que se puede conseguir no está
limitado sino por las fluctuaciones de los precios, sobre un rebaño
o un criadero, el crédito es completamente convencional o inseguro.
Los ganaderos de la costa no pueden contar con préstamos bancarios
considerables para el desarrollo de sus negocios. En la misma condición,
están todos los agricultores que no pueden ofrecer como garantía
de sus empréstitos, cosechas de algodón o caña de azúcar.
Si las necesidades del consumo nacional estuviesen satisfechas por la producción
agrícola del país, este fenómeno no tendría
ciertamente tanto de artificial. Pero no es así. El suelo del país
no produce aún todo lo que la población necesita para su subsistencia.
El capítulo más alto de nuestras importaciones es el de "víveres
y especias": Lp. 3'620,235, en el año 1924. Esta cifra, dentro
de una importación total de dieciocho millones de libras, denuncia
uno de los problemas de nuestra economía. No es posible la supresión
de todas nuestras importaciones de víveres y especias, pero sí
de sus más fuertes renglones. El más grueso de todos es la
importación de trigo y harina, que en 1924 ascendió a más
de doce millones de soles.
Un interés urgente y claro de la economía peruana exige, desde
hace mucho tiempo, que el país produzca el trigo necesario para el
pan de su población. Si este objetivo hubiese sido alcanzado, el
Perú no tendría ya que seguir pagando al extranjero doce o
más millones de soles al año por el trigo que consumen las
ciudades de la costa.
¿Por qué no se ha resuelto este problema de nuestra economía?
No es sólo porque el Estado no se ha preocupado aún de hacer
una política de subsistencias. Tampoco es, repito, porque el cultivo
de la caña y el de algodón son los más adecuados al
suelo y al clima de la costa. Uno solo de los valles, uno solo de los llanos
interandinos -que algunos kilómetros de ferrocarriles y caminos abrirían
al tráfico- puede abastecer superabundantemente de trigo, cebada,
etc., a toda la población del Perú. En la misma costa, los
españoles cultivaron trigo en los primeros tiempos de la colonia,
hasta el cataclismo que mudó las condiciones climáticas del
litoral. No se estudió posteriormente, en forma científica
y orgánica, la posibilidad de establecer ese cultivo. Y el experimento
practicado en el Norte, en tierras del "Salamanca", demuestra
que existen variedades de trigo resistentes a las plagas que atacan en la
costa este cereal y que la pereza criolla, hasta este experimento, parecía
haber renunciado a vencer (30).
El obstáculo, la resistencia a una solución, se encuentra
en la estructura misma de la economía peruana. La economía
del Perú es una economía colonial. Su movimiento, su desarrollo,
están subordinados a los intereses y a las necesidades de los mercados
de Londres y de Nueva York. Estos mercados miran en el Perú un depósito
de materias primas y una plaza para sus manufacturas. La agricultura peruana
obtiene, por eso, créditos y transportes sólo para los productos
que puede ofrecer con ventaja en los grandes mercados. La finanza extranjera
se interesa un día por el caucho, otro día por el algodón,
otro día por el azúcar. El día en que Londres puede
recibir un producto a mejor precio y en cantidad suficiente de la India
o del Egipto, abandona instantáneamente a su propia suerte a sus
proveedores del Perú. Nuestros latifundistas, nuestros terratenientes,
cualesquiera que sean las ilusiones que se hagan de su independencia, no
actúan en realidad sino como intermediarios o agentes del capitalismo
extranjero.