José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Problema de la Tierra
EL RÉGIMEN DE TRABAJO. -SERVIDUMBRE
Y SALARIADO
El régimen de trabajo está determinado principalmente, en
la agricultura, por el régimen de propiedad. No es posible, por tanto,
sorprenderse de que en la misma medida en que sobrevive en el Perú
el latifundio feudal, sobreviva también, bajo diversas formas y con
distintos nombres, la servidumbre. La diferencia entre la agricultura de
la costa y la agricultura de la sierra, aparece menor en lo que concierne
al trabajo que en lo que respecta a la técnica. La agricultura de
la costa ha evolucionado con más o menos prontitud hacia una técnica
capitalista en el cultivo del suelo y la transformación y comercio
de los productos. Pero, en cambio, se ha mantenido demasiado estacionaria
en su criterio y conducta respecto al trabajo. Acerca del trabajador, el
latifundio colonial no ha renunciado a sus hábitos feudales sino
cuando las circunstancias se lo han exigido de modo perentorio.
Este fenómeno se explica, no sólo por el hecho de haber conservado
la propiedad de la tierra los antiguos señores feudales, que han
adoptado, como intermediarios del capital extranjero, la práctica,
mas no el espíritu del capitalismo moderno. Se explica además
por la mentalidad colonial de esta casta de propietarios, acostumbrados
a considerar el trabajo con el criterio de esclavistas y "negreros".
En Europa, el señor feudal encarnaba, hasta cierto punto, la primitiva
tradición patriarcal, de suerte que respecto de sus siervos se sentía
naturalmente superior, pero no étnica ni nacionalmente diverso. Al
propio terrateniente aristócrata de Europa le ha sido dable aceptar
un nuevo concepto y una nueva práctica en sus relaciones con el trabajador
de la tierra. En la América colonial, mientras tanto, se ha opuesto
a esta evolución, la orgullosa y arraigada convicción del
blanco, de la inferioridad de los hombres de color.
En la costa peruana el trabajador de la tierra, cuando no ha sido el indio,
ha sido el negro esclavo, el culi chino, mirados, si cabe, con mayor desprecio.
En el latifundista costeño, han actuado a la vez los sentimientos
del aristócrata medioeval y del colonizador blanco, saturados de
prejuicios de raza.
El yanaconazgo y el "enganche" no son la única expresión
de la subsistencia de métodos más o menos feudales en la agricultura
costeña. El ambiente de la hacienda se mantiene íntegramente
señorial. Las leyes del Estado no son válidas en el latifundio,
mientras no obtienen el consenso tácito o formal de los grandes propietarios.
La autoridad de los funcionarios políticos o administrativos, se
encuentra de hecho sometida a la autoridad del terrateniente en el territorio
de su dominio. Este considera prácticamente a su latifundio fuera
de la potestad del Estado, sin preocuparse mínimamente de los derechos
civiles de la población que vive dentro de los confines de su propiedad.
Cobra arbitrios, otorga monopolios, establece sanciones contrarias siempre
a la libertad de los braceros y de sus familias. Los transportes, los negocios
y hasta las costumbres están sujetos al control del propietario dentro
de la hacienda. Y con frecuencia las rancherías que alojan a la población
obrera, no difieren grandemente de los galpones que albergaban a la población
esclava.
Los grandes propietarios costeños no tienen legalmente este orden
de derechos feudales o semifeudales; pero su condición de clase dominante
y el acaparamiento ilimitado de la propiedad de la tierra en un territorio
sin industrias y sin transportes les permite prácticamente un poder
casi incontrolable. Mediante el "enganche" y el yanaconazgo, los
grandes propietarios resisten al establecimiento del régimen del
salario libre, funcionalmente necesario en una economía liberal y
capitalista. El "enganche", que priva al bracero del derecho de
disponer de su persona y su trabajo, mientras no satisfaga las obligaciones
contraídas con el propietario, desciende inequívocamente del
tráfico semiesclavista de culis; el "yanaconazgo" es una
variedad del sistema de servi-dumbre a través del cual se ha prolongado
la feudalidad hasta nuestra edad capitalista en los pueblos política
y económicamente retardados. El sistema peruano del yanaconazgo se
identifica, por ejemplo, con el sistema ruso del polovnischestvo dentro
del cual los frutos de la tierra, en unos casos, se dividían en partes
iguales entre el propietario y el campesino y en otros casos este último
no recibía sino una tercera parte (24).
La escasa población de la costa representa para las empresas agrícolas
una constante amenaza de carencia o insuficiencia de brazos. El yanaconazgo
vincula a la tierra a la poca población regnícola, que sin
esta mínima garantía de usufructo de tierra, tendería
a disminuir y emigrar. El "enganche" asegura a la agricultura
de la costa el concurso de los braceros de la sierra que, si bien encuentran
en las haciendas costeñas un suelo y un medio extraños, obtienen
al menos un trabajo mejor remunerado.
Esto indica que, a pesar de todo y aunque no sea sino aparente o parcialmente
(25), la situación del
bracero en los fundos de la costa es mejor que en los feudos de la sierra,
donde el feudalismo mantiene intacta su omnipotencia. Los terratenientes
costeños se ven obligados a admitir, aunque sea restringido y atenuado,
el régimen del salario y del trabajo libres. El carácter capitalista
de sus empresas los constriñe a la concurrencia. El bracero conserva,
aunque sólo sea relativamente, su libertad de emigrar así
como de rehusar su fuerza de trabajo al patrón que lo oprime demasiado.
La vecindad de puertos y ciudades; la conexión con las vías
modernas de tráfico y comercio, ofrecen, de otro lado, al bracero,
la posibilidad de escapar a su destino rural y de ensayar otro medio de
ganar su subsistencia.
Si la agricultura de la costa hubiera tenido otro carácter, más
progresista, más capitalista, habría tendido a resolver de
manera lógica, el problema de los brazos sobre el cual tanto se ha
declamado. Propietarios más avisados, se habrían dado cuenta
de que, tal como funciona hasta ahora, el latifundio es un agente de despoblación
y de que, por consiguiente, el problema de los brazos constituye una de
sus más claras y lógicas consecuencias (26).
En la misma medida en que progresa en la agricultura de la costa la técnica
capitalista, el salariado reemplaza al yanaconazgo. El cultivo científico
-empleo de máquinas, abonos, etc.- no se aviene con un régimen
de trabajo peculiar de una agricultura rutinaria y primitiva. Pero el factor
demográfico -el "problema de los brazos"-, opone una resistencia
seria a este proceso de desarrollo capitalista. El yanaconazgo y sus variedades
sirven para mantener en los valles una base demográfica que garantice
a las negociaciones el mínimo de brazos necesarios para las labores
permanentes. El jornalero inmigrante no ofrece las mismas seguridades de
continuidad en el trabajo que el colono nativo o el yanacón regnícola.
Este último representa, además, el arraigo de una familia
campesina, cuyos hijos mayores se encontrarán más o menos
forzados a alquilar sus brazos al hacendado.
La constatación de este hecho, conduce ahora a los propios grandes
propietarios a considerar la conveniencia de establecer muy gradual y prudentemente,
sin sombra de ataque a sus intereses, colonias o núcleos de pequeños
propietarios. Una parte de las tierras irrigadas en el Imperial han sido
reservadas así a la pequeña propiedad. Hay el propósito
de aplicar el mismo principio en las otras zonas donde se realizan trabajos
de irrigación. Un rico propietario inteligente y experimentado que
conversaba conmigo últimamente, me decía que la existencia
de la pequeña propiedad, al lado de la gran propiedad, era indispensable
a la formación de una población rural, sin la cual la explotación
de la tierra, estaría siempre a merced de las posibilidades de la
inmigración o del "enganche". El programa de la Compañía
de Subdivisión Agraria, es otra de las expresiones de una política
agraria tendiente al establecimiento paulatino de la pequeña propiedad
(27).
Pero, como esta política evita sistemáticamente la expropiación,
o, más precisamente, la expropiación en vasta escala por el
Estado, por razón de utilidad pública o justicia distributiva,
y sus restringidas posibilidades de desenvolvimiento, están por el
momento circunscritas a pocos valles, no resulta probable que la pequeña
propiedad reemplace oportuna y ampliamente al yanaconazgo en su función
demográfica. En los valles a los cuales el "enganche" de
braceros de la sierra no sea capaz de abastecer de brazos, en condiciones
ventajosas para los hacendados, el yanaconazgo subsistirá, pues,
por algún tiempo, en sus diversas variedades, junto con el salariado.
Las formas de yanaconazgo, aparcería o arrendamiento, varían
en la costa y en la sierra según las regiones, los usos o los cultivos.
Tienen también diversos nombres. Pero en su misma variedad se identifican
en general con los métodos precapitalistas de explotación
de la tierra observados en otros países de agricultura semifeudal.
Verbigracia, en la Rusia zarista. El sistema del otrabotki ruso presentaba
todas las variedades del arrendamiento por trabajo, dinero o frutos existentes
en el Perú. Para comprobarlo no hay sino que leer lo que acerca de
ese sistema escribe Schkaff en su documentado libro sobre la cuestión
agraria en Rusia: "Entre el antiguo trabajo servil en que la violencia
o la coacción juegan un rol tan grande y el trabajo libre en que
la única coacción que subsiste es una coacción puramente
económica, aparece todo un sistema transitorio de formas extremadamente
variadas que unen los rasgos de la barchtchina y del salariado. Es
el otrabototschnaia sistema. El salario es pagado sea en dinero en caso
de locación de servicios, sea en productos, sea en tierra; en este
último caso (otrabotki en el sentido estricto de la palabra)
el propietario presta su tierra al campesino a guisa de salario por el trabajo
efectuado por éste en los campos señoriales". "El
pago del trabajo, en el sistema de otrabotki, es siempre inferior
al salario de libre alquiler capitalista. La retribución en productos
hace a los propietarios más independientes de las variaciones de
precios observadas en los mercados del trigo y del trabajo. Encuentran en
los campesinos de su vecindad una mano de obra más barata y gozan
así de un verdadero monopolio local". "El arrendamiento
pagado por el campesino reviste formas diversas: a veces, además
de su trabajo, el campesino debe dar dinero y productos. Por una deciatina
que recibirá, se comprometerá a trabajar una y media deciatina
de tierra señorial, a dar diez huevos y una gallina. Entregará
también el estiércol de su ganado, pues todo, hasta el estiércol,
se vuelve objeto de pago. Frecuentemente aún el campesino se obliga
'a hacer todo lo que exigirá el propietario', a transportar las cosechas,
a cortar la leña, a cargar los fardos" (28).
En la agricultura de la sierra se encuentran particular y exactamente estos
rasgos de propiedad y trabajo feudales. El régimen del salario libre
no se ha desarrollado ahí. El hacendado no se preocupa de la productividad
de las tierras. Sólo se preocupa de su rentabilidad. Los factores
de la producción se reducen para él casi únicamente
a dos: la tierra y el indio. La propiedad de la tierra le permite explotar
ilimitadamente la fuerza de trabajo del indio. La usura practicada sobre
esta fuerza de trabajo -que se traduce en la miseria del indio-, se suma
a la renta de la tierra, calculada al tipo usual de arrendamiento. El hacendado
se reserva las mejores tierras y reparte las menos productivas entre sus
braceros indios, quienes se obligan a trabajar de preferencia y gratuitamente
las primeras y a contentarse para su sustento con los frutos de las segundas.
El arrendamiento del suelo es pagado por el indio en trabajo o frutos, muy
rara vez en dinero (por ser la fuerza del indio lo que mayor valor tiene
para el propietario), más comúnmente en formas combinadas
o mixtas. Un estudio del doctor Ponce de León, de la Universidad
del Cuzco, que entre otros informes tengo a la vista, y que revista con
documentación de primera mano todas las variedades de arrendamiento
y yanaconazgo en ese vasto departamento, presenta un cuadro bastante objetivo
-a pesar de las conclusiones del autor, respetuosas a los privilegios de
los propietarios- de la explotación feudal. He aquí algunas
de sus constataciones: "En la provincia de Paucartambo el propietario
concede el uso de sus terrenos a un grupo de indígenas con la condición
de que hagan todo el trabajo que requiere el cultivo de los terrenos de
la hacienda, que se ha reservado el dueño o patrón. Generalmente
trabajan tres días alternativos por semana durante todo el año.
Tienen además los arrendatarios o 'yanaconas' como se les llama en
esta provincia, la obligación de acarrear en sus propias bestias
la cosecha del hacendado a esta ciudad sin remuneración; y la de
servir de pongos en la misma hacienda o más comúnmente en
el Cuzco, donde preferentemente residen los propietarios". "Cosa
igual ocurre en Chumbivilcas. Los arrendatarios cultivan la extensión
que pueden, debiendo en cambio trabajar para el patrón cuantas veces
lo exija. Esta forma de arrendamiento puede simplificarse así: el
propietario propone al arrendatario: utiliza la extensión de terreno
que 'puedas', con la condición de trabajar en mi provecho siempre
que yo lo necesite". "En la provincia de Anta el propietario cede
el uso de sus terrenos en las siguientes condiciones: el arrendatario pone
de su parte el capital (semilla, abonos) y el trabajo necesario para que
el cultivo se realice hasta sus últimos momentos (cosecha). Una vez
concluido, el arrendatario y el propietario se dividen por partes iguales
todos los productos. Es decir que cada uno de ellos recoge el 50 por ciento
de la producción sin que el propietario haya hecho otra cosa que
ceder el uso de sus terrenos sin abonarlos siquiera. Pero no es esto todo.
El aparcero está obligado a concurrir personalmente a los trabajos
del propietario si bien con la remuneración acostumbrada de 25 centavos
diarios"(29).
La confrontación entre estos datos y los de Schkaff, basta para persuadir
de que ninguna de las sombrías faces de la propiedad y el trabajo
precapitalistas falta en la sierra feudal.