José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Problema de la Tierra
LA GRAN PROPIEDAD Y EL PODER POLÍTICO
Los dos factores que se opusieron a que la revolución de la independencia
planteara y abordara en el Perú el problema agrario -extrema incipiencia
de la burguesía urbana y situación extrasocial, como la define
Echeverría, de los indígenas-, impidieron más tarde
que los gobiernos de la República desa-rrollasen una política
dirigida en alguna forma a una distribución menos desigual e injusta
de la tierra.
Durante el período del caudillaje militar, en vez de fortalecerse
el demos urbano, se robusteció la aristocracia latifundista. En poder
de extranjeros el comercio y la finanza, no era posible económicamente
el surgimiento de una vigorosa burguesía urbana. La educación
española, extraña radicalmente a los fines y necesidades del
industrialismo y del capitalismo, no preparaba comerciantes ni técnicos
sino abogados, literatos, teólogos, etc. Estos, a menos de sentir
una especial vocación por el jacobinismo o la demagogia, tenían
que constituir la clientela de la casta propietaria. El capital comercial,
casi exclusivamente extranjero, no podía a su vez hacer otra cosa
que entenderse y asociarse con esta aristocracia que, por otra parte, tácita
o explícitamente, conservaba su predominio político. Fue así
como la aristocracia terrateniente y sus ralliés resultaron
usufructuarios de la política fiscal y de la explotación del
guano y del salitre. Fue así también como esta casta, forzada
por su rol económico, asumió en el Perú la función
de clase burguesa, aunque sin perder sus resabios y prejuicios coloniales
y aristocráticos. Fue así, en fin, como las categorías
burguesas urbanas -profesionales, comerciantes- concluyeron por ser absorbidas
por el civilismo.
El poder de esta clase -civilistas o "neogodos"- procedía
en buena cuenta de la propiedad de la tierra. En los primeros años
de la Independencia, no era precisamente una clase de capitalistas sino
una clase de propietarios. Su condición de clase propietaria -y no
de clase ilustrada- le había consentido solidarizar sus intereses
con los de los comerciantes y prestamistas extranjeros y traficar a este
título con el Estado y la riqueza pública. La propiedad de
la tierra, debida al Virreinato, le había dado bajo la República
la posesión del capital comercial. Los privilegios de la Colonia
habían engendrado los privilegios de la República.
Era, por consiguiente, natural e instintivo en esta clase el criterio más
conservador respecto al dominio de la tierra. La subsistencia de la condición
extrasocial de los indígenas, de otro lado, no oponía a los
intereses feudales del latifundismo las reivindicaciones de masas campesinas
conscientes.
Estos han sido los factores principales del mantenimiento y desarrollo de
la gran propiedad. El liberalismo de la legislación republicana,
inerte ante la propiedad feudal, se sentía activo sólo ante
la propiedad comunitaria. Si no podía nada contra el latifundio,
podía mucho contra la "comunidad". En un pueblo de tradición
comunista, disolver la "comunidad" no servía a crear la
pequeña propiedad. No se transforma artificialmente a una sociedad.
Menos aún a una sociedad campesina, profundamente adherida a su tradición
y a sus instituciones jurídicas. El individualismo no ha tenido su
origen en ningún país ni en la Constitución del Estado
ni en el Código Civil. Su formación ha tenido siempre un proceso
a la vez más complicado y más espontáneo. Destruir
las comunida-des no significaba convertir a los indígenas en pequeños
propietarios y ni siquiera en asalariados libres, sino entregar sus tierras
a los gamonales y a su clientela. El latifundista encontraba así,
más fácilmente, el modo de vincular el indígena al
latifundio.
Se pretende que el resorte de la concentración de la propiedad agraria
en la costa ha sido la necesidad de los propietarios de disponer pacíficamente
de suficiente cantidad de agua. La agricultura de riego, en valles formados
por ríos de escaso caudal, ha determinado, según esta tesis,
el florecimiento de la gran propiedad y el sofocamiento de la media y la
pequeña. Pero esta es una tesis especiosa y sólo en mínima
parte exacta. Porque la razón técnica o material que superestima,
únicamente influye en la concentración de la propiedad desde
que se han establecido y desarrollado en la costa vastos cultivos industriales.
Antes de que estos prosperaran, antes de que la agricultura de la costa
adquiriera una organización capitalista, el móvil de los riegos
era demasiado débil para decidir la concentración de la propiedad.
Es cierto que la escasez de las aguas de regadío, por las dificultades
de su distribución entre múltiples regantes, favorece a la
gran propiedad. Mas no es cierto que ésta sea el origen de que la
propiedad no se haya subdividido. Los orígenes del latifundio costeño
se remontan al régimen colonial. La despoblación de la costa,
a consecuencia de la práctica colonial, he ahí, a la vez que
una de las consecuencias, una de las razones del régimen de gran
propiedad. El problema de los brazos, el único que ha sentido el
terrateniente costeño, tiene todas sus raíces en el latifundio.
Los terratenientes quisieron resolverlo con el esclavo negro en los tiempos
de la colonia, con el culi chino en los de la república. Vano empeño.
No se puebla ya la tierra con esclavos. Y sobre todo no se la fecunda. Debido
a su política, los grandes propietarios tienen en la costa toda la
tierra que se puede poseer; pero en cambio no tienen hombres bastantes para
vivificarla y explotarla. Esta es la defensa de la gran propiedad. Mas es
también su miseria y su tara.
La situación agraria de la sierra demuestra, por otra parte, lo artificioso
de la tesis antecitada. En la sierra no existe el problema del agua. Las
lluvias abundantes permiten, al latifundista como al comunero, los mismos
cultivos. Sin embargo, también en la sierra se constata el fenómeno
de concentración de la propiedad agraria. Este hecho prueba el carácter
esencialmente político-social de la cuestión.
El desarrollo de cultivos industriales, de una agricultura de exportación,
en las haciendas de la costa, aparece íntegramente subordinado a
la colonización económica de los países de América
Latina por el capitalismo occidental. Los comerciantes y prestamistas británicos
se interesaron por la explotación de estas tierras cuando comprobaron
la posibilidad de dedicarlas con ventaja a la producción de azúcar
primero y de algodón después. Las hipotecas de la propiedad
agraria las colocaban, en buena parte, desde época muy lejana, bajo
el control de las firmas extranjeras. Los hacendados, deudores a los comerciantes,
prestamistas extranjeros, servían de intermediarios, casi de yanacones,
al capitalismo anglosajón para asegurarle la explotación de
campos cultivados a un costo mínimo por braceros esclavizados y miserables,
curvados sobre la tierra bajo el látigo de los "negreros"
coloniales.
Pero en la costa el latifundio ha alcanzado un grado más o menos
avanzado de técnica capitalista, aunque su explotación repose
aún sobre prácticas y principios feudales. Los coeficientes
de producción de algodón y caña corresponden al sistema
capitalista. Las empresas cuentan con capitales poderosos y las tierras
son trabajadas con máquinas y procedimientos modernos. Para el beneficio
de los productos funcionan poderosas plantas industriales. Mientras tanto,
en la sierra las cifras de producción de las tierras de latifundio
no son generalmente mayores a las de tierras de la comunidad. Y, si la justificación
de un sistema de producción está en sus resultados, como lo
quiere un criterio económico objetivo, este solo dato condena en
la sierra de manera irremediable el régimen de propiedad agraria.