José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Problema de la Tierra
LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA Y LA
PROPIEDAD AGRARIA
Entremos a examinar ahora cómo se presenta el problema de la tierra
bajo la República. Para precisar mis puntos de vista sobre este período,
en lo que concierne a la cuestión agraria, debo insistir en un concepto
que ya he expresado respecto al carácter de la revolución
de la independencia en el Perú. La revolución encontró
al Perú retrasado en la formación de su burguesía.
Los elementos de una economía capitalista eran en nuestro país
más embrionarios que en otros países de América donde
la revolución contó con una burguesía menos larvada,
menos incipiente.
Si la revolución hubiese sido un movimiento de las masas indígenas
o hubiese representado sus reivindicaciones, habría tenido necesariamente
una fisonomía agrarista. Está ya bien estudiado cómo
la revolución francesa benefició particularmente a la clase
rural, en la cual tuvo que apoyarse para evitar el retorno del antiguo régimen.
Este fenómeno, además, parece peculiar en general así
a la revolución burguesa como a la revolución socialista,
a juzgar por las consecuencias mejor definidas y más estables del
abatimiento de la feudalidad en la Europa central y del zarismo en Rusia.
Dirigidas y actuadas principalmente por la burguesía urbana y el
proletariado urbano, una y otra revolución han tenido como inmediatos
usufructuarios a los campesinos. Particularmente en Rusia, ha sido ésta
la clase que ha cosechado los primeros frutos de la revolución bolchevique,
debido a que en ese país no se había operado aún una
revolución burguesa que a su tiempo hubiera liquidado la feudalidad
y el absolutismo e instaurado en su lugar un régimen demo-liberal.
Pero, para que la revolución demo-liberal haya tenido estos efectos,
dos premisas han sido necesarias: la existencia de una burguesía
consciente de los fines y los intereses de su acción y la existencia
de un estado de ánimo revolucionario en la clase campesina y, sobre
todo, su reivindicación del derecho a la tierra en términos
incompatibles con el poder de la aristocracia terrateniente. En el Perú,
menos todavía que en otros países de América, la revolución
de la independencia no respondía a estas premisas. La revolución
había triunfado por la obligada solidaridad continental de los pueblos
que se rebelaban contra el dominio de España y porque las circunstancias
políticas y económicas del mundo trabajaban a su favor. El
nacionalismo continental de los revolucionarios hispanoamericanos se juntaba
a esa mancomunidad forzosa de sus destinos, para nivelar a los pueblos más
avanzados en su marcha al capitalismo con los más retrasados en la
misma vía.
Estudiando la revolución argentina y por ende, la americana, Echeverría
clasifica las clases en la siguiente forma: "La sociedad americana
-dice- estaba dividida en tres clases opuestas en intereses, sin vínculo
alguno de sociabilidad moral y política. Componían la primera
los togados, el clero y los mandones; la segunda los enriquecidos por el
monopolio y el capricho de la fortuna; la tercera los villanos, llamados
'gauchos' y 'compadritos' en el Río de la Plata, 'cholos' en el Perú,
'rotos' en Chile, 'leperos' en México. Las castas indígenas
y africanas eran esclavas y tenían una existencia extrasocial. La
primera gozaba sin producir y tenía el poder y fuero del hidalgo.
Era la aristocracia compuesta en su mayor parte de españoles y de
muy pocos americanos. La segunda gozaba, ejerciendo tranquilamente su industria
o comercio, era la clase media que se sentaba en los cabildos; la tercera,
única productora por el trabajo manual, componíase de artesanos
y proletarios de todo género. Los descendientes americanos de las
dos primeras clases que recibían alguna educación en América
o en la Península, fueron los que levantaron el estandarte de la
revolución" (10).
La revolución americana, en vez del conflicto entre la nobleza terrateniente
y la burguesía comerciante, produjo en muchos casos su colaboración,
ya por la impregnación de ideas liberales que acusaba la aristocracia,
ya porque ésta en muchos casos no veía en esa revolución
sino un movimiento de emancipación de la corona de España.
La población campesina, que en el Perú era indígena,
no tenía en la revolución una presencia directa, activa. El
programa revolucionario no representaba sus reivindicaciones.
Mas este programa se inspiraba en el ideario liberal. La revolución
no podía prescindir de principios que consideraban existentes reivindicaciones
agrarias, fundadas en la necesidad práctica y en la justicia teórica
de liberar el dominio de la tierra de las trabas feudales. La República
insertó en su estatuto estos principios. El Perú no tenía
una clase burguesa que los aplicase en armonía con sus intereses
económicos y su doctrina política y jurídica. Pero
la República -porque este era el curso y el mandato de la historia-
debía constituirse sobre principios liberales y burgueses. Sólo
que las consecuencias prácticas de la revolución en lo que
se relacionaba con la propiedad agraria, no podían dejar de detenerse
en el límite que les fijaban los intereses de los grandes propietarios.
Por esto, la política de desvinculación de la propiedad agraria,
impuesta por los fundamentos políticos de la República, no
atacó al latifundio. Y -aunque en compensación las nuevas
leyes ordenaban el reparto de tierras a los indígenas- atacó,
en cambio, en el nombre de los postulados liberales, a la "comunidad".
Se inauguró así un régimen que, cualesquiera que fuesen
sus principios, empeoraba en cierto grado la condición de los indígenas
en vez de mejorarla. Y esto no era culpa del ideario que inspiraba la nueva
política y que, rectamente aplicado, debía haber dado fin
al dominio feudal de la tierra convirtiendo a los indígenas en pequeños
propietarios.
La nueva política abolía formalmente las "mitas",
encomiendas, etc. Comprendía un conjunto de medidas que significaban
la emancipación del indígena como siervo. Pero como, de otro
lado, dejaba intactos el poder y la fuerza de la propiedad feudal, invalidaba
sus propias medidas de protección de la pequeña propiedad
y del trabajador de la tierra.
La aristocracia terrateniente, si no sus privilegios de principio, conservaba
sus posiciones de hecho. Seguía siendo en el Perú la clase
dominante. La revolución no había realmente elevado al poder
a una nueva clase. La burguesía profesional y comerciante era muy
débil para gobernar. La abolición de la servidumbre no pasaba,
por esto, de ser una declaración teórica. Porque la revolución
no había tocado el latifundio. Y la servidumbre no es sino una de
las caras de la feudalidad, pero no la feudalidad misma.