José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Problema de la Tierra
EL COLONIZADOR ESPAÑOL
La incapacidad del coloniaje para organizar la economía peruana sobre
sus naturales bases agrícolas, se explica por el tipo de colonizador
que nos tocó. Mientras en Norteamérica la colonización
depositó los gérmenes de un espíritu y una economía
que se plasmaban entonces en Europa y a los cuales pertenecía el
porvenir, a la América española trajo los efectos y los métodos
de un espíritu y una economía que declinaban ya y a los cuales
no pertenecía sino el pasado. Esta tesis puede parecer demasiado
simplista a quienes consideran sólo su aspecto de tesis económica
y, supérstites, aunque lo ignoren, del viejo escolasticismo retórico,
muestran esa falta de aptitud para entender el hecho económico que
constituye el defecto capital de nuestros aficionados a la histo-ria. Me
complace por esto encontrar en el reciente libro de José Vasconcelos
Indología, un juicio que tiene el valor de venir de un pensador
a quien no se puede atribuir ni mucho marxismo ni poco hispanismo. "Si
no hubiese tantas otras causas de orden moral y de orden físico -escribe
Vasconcelos- que explican perfectamente el espectáculo aparentemente
desesperado del enorme progreso de los sajones en el Norte y el lento paso
desorientado de los latinos del Sur, sólo la comparación de
los dos sistemas, de los dos regímenes de propiedad, bastaría
para explicar las razones del contraste. En el Norte no hubo reyes que estuviesen
disponiendo de la tierra ajena como de cosa propia. Sin mayor gracia de
parte de sus monarcas y más bien en cierto estado de rebelión
moral contra el monarca inglés, los colonizadores del norte fueron
desarrollando un sistema de propiedad privada en el cual cada quien pagaba
el precio de su tierra y no ocupaba sino la extensión que podía
cultivar. Así fue que en lugar de enco-miendas hubo cultivos. Y en
vez de una aristocracia guerrera y agrícola, con timbres de turbio
abolengo real, abolengo cortesano de abyección y homicidio, se desarrolló
una aristocracia de la aptitud que es lo que se llama democracia, una democracia
que en sus comienzos no reconoció más preceptos que los del
lema francés: libertad, igualdad, fraternidad. Los hombres del norte
fueron conquistando la selva virgen, pero no permitían que el general
victorioso en la lucha contra los indios se apoderase, a la manera antigua
nuestra, 'hasta donde alcanza la vista'. Las tierras recién conquistadas
no quedaban tampoco a merced del soberano para que las repartiese a su arbitrio
y crease nobleza de doble condición moral: lacayuna ante el soberano
e insolente y opresora del más débil. En el Norte, la República
coincidió con el gran movimiento de expansión y la República
apartó una buena cantidad de las tierras buenas, creó grandes
reservas sustraídas al comercio privado, pero no las empleó
en crear ducados, ni en premiar servicios patrióticos, sino que las
destinó al fomento de la instrucción popular. Y así,
a medida que una población crecía, el aumento del valor de
las tierras bastaba para asegurar el servicio de la enseñanza. Y
cada vez que se levantaba una nueva ciudad en medio del desierto no era
el régimen de concesión, el régimen de favor el que
privaba, sino el remate público de los lotes en que previamente se
subdividía el plano de la futura urbe. Y con la limitación
de que una sola persona no pudiera adquirir muchos lotes a la vez. De este
sabio, de este justiciero régimen social procede el gran poderío
norte-americano. Por no haber procedido en forma semejante, nosotros hemos
ido caminando tantas veces para atrás"(5).
La feudalidad es, como resulta del juicio de Vasconcelos, la tara que nos
dejó el coloniaje. Los países que, después de la Independencia,
han conseguido curarse de esa tara son los que han progresado; los que no
lo han logrado todavía, son los retardados. Ya hemos visto cómo
a la tara de la feudalidad, se juntó la tara del esclavismo.
El español no tenía las condiciones de colonización
del anglosajón. La creación de los EE. UU. se presenta como
la obra del pioneer. España después de la epopeya de
la conquista no nos mandó casi sino nobles, clérigos y villanos.
Los conquistadores eran de una estirpe heroica; los colonizadores, no. Se
sentían señores, no se sentían pioneers. Los
que pensaron que la riqueza del Perú eran sus metales preciosos,
convirtieron a la minería, con la práctica de las mitas, en
un factor de aniquilamiento del capital humano y de decadencia de la agricultura.
En el propio repertorio civilista encontramos testimonios de acusación.
Javier Prado escribe que "el estado que presenta la agricultura en
el virreinato del Perú es del todo lamentable debido al absurdo sistema
económico mantenido por los españoles", y que de la despoblación
del país era culpable su régimen de explotación (6).
El colonizador, que en vez de establecerse en los campos se estableció
en las minas, tenía la psicología del buscador de oro. No
era, por consiguiente, un creador de riqueza. Una economía, una sociedad,
son la obra de los que colonizan y vivifican la tierra; no de los que precariamente
extraen los tesoros de su subsuelo. La historia del florecimiento y decadencia
de no pocas poblaciones coloniales de la sierra, determinados por el descubrimiento
y el abandono de minas prontamente agotadas o relegadas, demuestra ampliamente
entre nosotros esta ley histórica.
Tal vez las únicas falanges de verdaderos colonizadores que nos envió
España fueron las misiones de jesuitas y dominicos. Ambas congregaciones,
especialmente la de jesuitas, crearon en el Perú varios interesantes
núcleos de producción. Los jesuitas asociaron en su empresa
los factores religioso, político y económico, no en la misma
medida que en el Paraguay, donde realizaron su más famoso y extenso
experimento, pero sí de acuerdo con los mismos principios.
Esta función de las congregaciones no sólo se conforma con
toda la política de los jesuitas en la América española,
sino con la tradición misma de los monasterios en el Medioevo. Los
monasterios tuvieron en la sociedad medioeval, entre otros, un rol económico.
En una época guerrera y mística, se encargaron de salvar la
técnica de los oficios y las artes, disciplinando y cultivando elementos
sobre los cuales debía constituirse más tarde la industria
burguesa. Jorge Sorel es uno de los economistas modernos que mejor remarca
y define el papel de los monasterios en la economía europea, estudiando
a la orden benedictina como el prototipo del monasterio-empresa industrial.
"Hallar capitales -apunta Sorel-era en ese tiempo un problema muy difícil
de resolver; para los monjes era asaz simple. Muy rápidamente las
donaciones de ricas familias les prodigaron grandes cantidades de metales
preciosos; la acumulación primitiva resultaba muy facilitada. Por
otra parte los conventos gastaban poco y la estricta economía que
imponían las reglas recuerda los hábitos parsimoniosos de
los primeros capitalistas. Durante largo tiempo los monjes estuvieron en
grado de hacer operaciones excelentes para aumentar su fortuna". Sorel
nos expone, cómo "después de haber prestado a Europa
servicios eminentes que todo el mundo reconoce, estas instituciones declinaron
rápidamente" y cómo los benedictinos "cesaron de
ser obreros agrupados en un taller casi capitalista y se convirtieron en
burgueses retirados de los negocios, que no pensaban sino en vivir en una
dulce ociosidad en la campiña" (7).
Este aspecto de la colonización, como otros muchos de nuestra economía,
no ha sido aún estudiado. Me ha correspondido a mí, marxista
convicto y con-feso, su constatación. Juzgo este estudio, fundamental
para la justificación económica de las medidas que, en la
futura política agraria, concernirán a los fun-dos de los
conventos y congregaciones, porque establecerá concluyentemente la
caducidad práctica de su dominio y de los títulos reales en
que reposaba.