José Carlos Mariátegui
7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana
El Problema de la Tierra
COLONIALISMO = FEUDALISMO
El problema de la tierra esclarece la actitud vanguardista o socialista,
ante las supervivencias del Virreinato. El "perricholismo" literario
no nos interesa sino como signo o reflejo del colonialismo económico.
La herencia colonial que queremos liquidar no es, fundamentalmente, la de
"tapadas" y celosías, sino la del régimen económico
feudal, cuyas expresiones son el gamonalismo, el latifundio y la servidumbre.
La literatura colonialista -evocación nostálgica del Virreinato
y de sus fastos-, no es para mí sino el mediocre producto de un espíritu
engendrado y alimentado por ese régimen. El Virreinato no sobrevive
en el "perricholismo" de algunos trovadores y algunos cronistas.
Sobrevive en el feudalismo, en el cual se asienta, sin imponerle todavía
su ley, un capitalismo larvado e incipiente. No renegamos, propiamente,
la herencia española; renegamos la herencia feudal.
España nos trajo el Medioevo: inquisición, feudalidad, etc.
Nos trajo luego, la Contrarreforma: espíritu reaccionario, método
jesuítico, casuismo escolástico. De la mayor parte de estas
cosas, nos hemos ido liberando, penosamente, mediante la asimilación
de la cultura occidental, obtenida a veces a través de la propia
España. Pero de su cimiento económico, arraigado en los intereses
de una clase cuya hegemonía no canceló la revolución
de la independencia, no nos hemos liberado todavía. Los raigones
de la feudalidad están intactos. Su subsistencia es responsable,
por ejemplo, del retardamiento de nuestro desarrollo capitalista.
El régimen de propiedad de la tierra determina el régimen
político y administrativo de toda nación. El problema agrario
-que la República no ha podido hasta ahora resolver- domina todos
los problemas de la nuestra. Sobre una economía semifeudal no pueden
prosperar ni funcionar instituciones democráticas y liberales.
En lo que concierne al problema indígena, la subordinación
al problema de la tierra resulta más absoluta aún, por razones
especiales. La raza indígena es una raza de agricultores. El pueblo
inkaico era un pueblo de campesinos, dedicados ordinariamente a la agricultura
y el pastoreo. Las industrias, las artes, tenían un carácter
doméstico y rural. En el Perú de los Inkas era más
cierto que en pueblo alguno el principio de que "la vida viene de la
tierra". Los trabajos públicos, las obras colectivas más
admirables del Tawantinsuyo, tuvieron un objeto militar, religioso o agrícola.
Los canales de irrigación de la sierra y de la costa, los andenes
y terrazas de cultivo de los Andes, quedan como los mejores testimonios
del grado de organización económica alcanzado por el Perú
inkaico. Su civilización se caracterizaba, en todos sus rasgos dominantes,
como una civilización agraria. "La tierra -escribe Valcárcel
estudiando la vida económica del Tawantinsuyo- en la tradición
regnícola, es la madre común: de sus entrañas no sólo
salen los frutos alimenticios, sino el hombre mismo. La tierra depara todos
los bienes. El culto de la Mama Pacha es par de la heliolatría, y
como el sol no es de nadie en particular, tampoco el planeta lo es. Hermanados
los dos conceptos en la ideología aborigen, nació el agrarismo,
que es propiedad comunitaria de los campos y religión universal del
astro del día" (l).
Al comunismo inkaico -que no puede ser negado ni disminuido por haberse
desenvuelto bajo el régimen autocrático de los Inkas-, se
le designa por esto como comunismo agrario. Los caracteres fundamentales
de la econo-mía inkaica -según César Ugarte, que define
en general los rasgos de nuestro proceso con suma ponderación-, eran
los siguientes: "Propiedad colectiva de la tierra cultivable por el
'ayllu' o conjunto de familias emparentadas, aunque dividida en lotes individuales
intransferibles; propiedad colectiva de las aguas, tierras de pasto y bosques
por la marca o tribu, o sea la federación de ayllus establecidos
alrededor de una misma aldea; cooperación común en el trabajo;
apropiación individual de las cosechas y frutos" (2).
La destrucción de esta economía -y por ende de la cultura
que se nutría de su savia- es una de las responsabilidades menos
discutibles del coloniaje, no por haber constituido la destrucción
de las formas autóctonas, sino por no haber traído consigo
su sustitución por formas superiores. El régimen colonial
desorganizó y aniquiló la economía agraria inkaica,
sin reemplazarla por una economía de mayores rendimientos. Bajo una
aristocracia indígena, los nativos componían una nación
de diez millones de hombres, con un Estado eficiente y orgánico cuya
acción arribaba a todos los ámbitos de su soberanía;
bajo una aristocracia extranjera, los nativos se redujeron a una dispersa
y anárquica masa de un millón de hombres, caídos en
la servidumbre y el "felahísmo".
El dato demográfico es, a este respecto, el más fehaciente
y decisivo. Contra todos los reproches que -en el nombre de conceptos liberales,
esto es modernos, de libertad y justicia- se puedan hacer al régimen
inkaico, está el hecho histórico -positivo, material- de que
aseguraba la subsistencia y el crecimiento de una población que,
cuando arribaron al Perú los conquistadores, ascendía a diez
millones y que, en tres siglos de dominio español, descendió
a un millón. Este hecho condena al coloniaje y no desde los puntos
de vista abstractos o teóricos o morales -o como quiera calificárseles-
de la justicia, sino desde los puntos de vista prácticos, concretos
y materiales de la utilidad.
El coloniaje, impotente para organizar en el Perú al menos una economía
feudal, injertó en ésta elementos de economía esclavista.