La población del Imperio Inkaico, conforme a cálculos prudentes,
no era menor de diez millones. Hay quienes la hacen subir a doce y aun a
quince millones. La Conquista fue, ante todo, una tremenda carnicería.
Los conquistadores españoles, por su escaso número, no podían
imponer su dominio sino aterrorizando a la población indígena,
en la cual produjeron una impresión supersticiosa las armas y los
caballos de los invasores, mirados como seres sobrenaturales. La organización
política y económica de la Colonia, que siguió a la
Conquista, no puso término al exterminio de la raza indígena.
El Virreinato estableció un régimen de brutal explotación.
La codicia de los metales preciosos, orientó la actividad económica
española hacia la explotación de las minas que, bajo los inkas,
habían sido trabajadas en muy modesta escala, en razón de
no tener el oro y la plata sino aplicaciones ornamentales y de ignorar los
indios, que componían un pueblo esencialmente agrícola, el
empleo del hierro. Establecieron los españoles, para la explotación
de las minas y los "obrajes", un sistema abrumador de trabajos
forzados y gratuitos, que diezmó la población aborigen. Esta
no quedó así reducida sólo a un estado de servidumbre
-como habría acontecido si los españoles se hubiesen limitado
a la explotación de las tierras conservando el carácter agrario
del país- sino, en gran parte, a un estado de esclavitud. No faltaron
voces humanitarias y civilizadoras que asumieron ante el Rey de España
la defensa de los indios.EI padre de Las Casas sobresalió eficazmente
en esta defensa. Las Leyes de Indias se inspiraron en propósitos
de protección de los indios, reconociendo su organización
típica en "comunidades". Pero, prácticamente, los
indios continuaron a merced de una feudalidad despiadada que destruyó
la sociedad y la economía inkaicas, sin sustituirlas con un orden
capaz de organizar progresivamente la producción. La tendencia de
los españoles a establecerse en la Costa ahuyentó de esta
región a los aborígenes a tal punto que se carecía
de brazos para el trabajo. El Virreinato quiso resolver este problema mediante
la importación de esclavos negros, gente que resulto adecuada al
clima y las fatigas de los valles o llanos cálidos de la Costa, e
inaparente, en cambio, para el trabajo de las minas, situadas en la Sierra
fría. El esclavo negro reforzó la dominación española
que a pesar de la despoblación indígena, se habría
sentido de otro modo demográficamente demasiado débil frente
al indio, aunque sometido, hostil y enemigo. El negro fue dedicado al servicio
doméstico y a los oficios. El blanco se mezcló fácilmente
con el negro, produciendo este mestizaje uno de los tipos de población
costeña con características de mayor adhesión a lo
español y mayor resistencia a lo indígena.
La Revolución de la Independencia no constituyó, como se sabe,
un movimiento indígena. La promovieron y usufructuaron los criollos
y aun los españoles de las colonias. Pero aprovechó el apoyo
de la masa indígena. Y, además, algunos indios ilustrados
como Pumacahua, tuvieron en su gestación parte importante. El programa
liberal de la Revolución comprendía lógicamente la
redención del indio, consecuencia automática de la aplicación
de sus postulados igualitarios. Y, así, entre los primeros actos
de la República, se contaron varias leyes y decretos favorables a
los indios. Se ordenó el reparto de tierras, la abolición
de los trabajos gratuitos, etc.; pero no representando la revolución
en el Perú el advenimiento de una nueva clase dirigente, todas estas
disposiciones quedaron sólo escritas, faltas de gobernantes capaces
de actuarlas. La aristocracia latifundista de la Colonia, dueña del
poder, conservó intactos sus derechos feudales sobre la tierra y,
por consiguiente, sobre el indio. Todas las disposiciones aparentemente
enderezadas a protegerlo, no han podido nada contra la feudalidad subsistente
hasta hoy.
El Virreinato aparece menos culpable que la República. Al Virreinato
le corresponde, originalmente, toda la responsabilidad de la miseria y la
depresión de los indios. Pero, en ese tiempo inquisitorial, una gran
voz cristiana, la de fray Bartolomé de Las Casas, defendió
vibrantemente a los indios contra los métodos brutales de los colonizadores.
No ha habido en la República un defensor tan eficaz y tan porfiado
de la raza aborigen.
Mientras el Virreinato era un régimen medioeval y extranjero, la
República es formalmente un régimen peruano y liberal. Tiene,
por consiguiente, la República deberes que no tenía el Virreinato.
A la República le tocaba elevar la condición del indio. Y
contrariando este deber, la República ha pauperizado al indio, ha
agravado su depresión y ha exasperado su miseria. La República
ha significado para los indios la ascensión de una nueva clase dominante
que se ha apropiado sistemáticamente de sus tierras. En una raza
de costumbre y de alma agrarias, como la raza indígena, este despojo
ha constituido una causa de disolución material y moral. La tierra
ha sido siempre toda la alegría del indio. El indio ha desposado
la tierra. Siente que "la vida viene de la tierra" y vuelve a
la tierra. Por ende, el indio puede ser indiferente a todo, menos a la posesión
de la tierra que sus manos y su aliento labran y fecundan religiosamente.
La feudalidad criolla se ha comportado, a este respecto, más ávida
y más duramente que la feudalidad española. En general, en
el encomendero español había frecuentemente algunos hábitos
nobles de señorío. El encomendero criollo tiene todos los
defectos del plebeyo y ninguna de las virtudes del hidalgo. La servidumbre
del indio, en suma, no ha disminuido bajo la República. Todas las
revueltas, todas las tempestades del indio, han sido ahogadas en sangre.
A las reivindicaciones desesperadas del indio les ha sido dada siempre una
respuesta marcial. El silencio de la puna ha guardado luego el trágico
secreto de estas respuestas. La República ha restaurado, en fin,
bajo el título de conscripción vial, el régimen de
las mitas.
La República, además, es responsable de haber aletargado y
debilitado las energías de la raza. La causa de la redención
del indio se convirtió bajo la República, en una especulación
demagógica de algunos caudillos. Los partidos criollos la inscribieron
en su programa. Disminuyeron así en los indios la voluntad de luchar
por sus reivindicaciones.
En la Sierra, la región habitada principalmente por los indios, subsiste
apenas modificada en sus lineamientos, la más bárbara y omnipotente
feudalidad. El dominio de la tierra coloca en manos de los gamonales, la
suerte de la raza indígena, caída en un grado extremo de depresión
y de ignorancia. Además de la agricultura, trabajada muy primitivamente,
la Sierra peruana presenta otra actividad económica: la minería,
casi totalmente en manos de dos grandes empresas norteamericanas. En las
minas rige el salariado; pero la paga es ínfima, la defensa de la
vida del obrero casi nula, la ley de accidentes de trabajo burlada. El sistema
del "enganche", que por medio de anticipos falaces esclaviza al
obrero, coloca a los indios a merced de estas empresas capitalistas. Es
tanta la miseria a que los condena la feudalidad agraria, que los indios
encuentran preferible, con todo, la suerte que les ofrecen las minas.
La propagación en el Perú de las ideas socialistas ha traído
como consecuencia un fuerte movimiento de reivindicación indígena.
La nueva generación peruana siente y sabe que el progreso del Perú
será ficticio, o por lo menos no será peruano, mientras no
constituya la obra y no signifique el bienestar de la masa peruana que en
sus cuatro quintas partes es indígena y campesina. Este mismo movimiento
se manifiesta en el arte y en la literatura nacionales en los cuales se
nota una creciente revalorización de las formas y asuntos autóctonos,
antes depreciados por el predominio de un espíritu y una mentalidad
coloniales españolas. La literatura indigenista parece destinada
a cumplir la misma función que la literatura "mujikista"
en el período pre-revolucionario ruso. Los propios indios empiezan
a dar señales de una nueva conciencia. Crece día a día
la articulación entre los diversos núcleos indígenas
antes incomunicados por las enormes distancias. Inició esta vinculación,
la reunión periódica de congresos indígenas, patrocinada
por el Gobierno, pero como el carácter de sus reivindicaciones se
hizo pronto revolucionario, fue desnaturalizada luego con la exclusión
de los elementos avanzados y la leva de representaciones apócrifas.
La corriente indigenista presiona ya la acción oficial. Por primera
vez el Gobierno se ha visto obligado a aceptar y proclamar puntos de vista
indigenistas, dictando algunas medidas que no tocan los intereses del gamonalismo
y que resultan por esto ineficaces. Por primera vez también el problema
indígena, escamoteado antes por la retórica de las clases
dirigentes, es planteado en sus términos sociales y económicos,
identificándosele ante todo con el problema de la tierra. Cada día
se impone, con más evidencia, la convicción de que este problema
no puede encontrar su solución en una fórmula humanitaria.
No puede ser la consecuencia de un movimiento filantrópico. Los patronatos
de caciques y de rábulas son una befa. Las ligas del tipo de la extinguida
Asociación Pro-Indígena son una voz que clama en el desierto.
La Asociación Pro-Indígena no llegó en su tiempo a
convertirse en un movimiento. Su acción se redujo gradualmente a
la acción generosa, abnegada, nobilísima, personal de Pedro
S. Zulen y Dora Mayer. Como experimento, el de la Asociación Pro-Indígena
sirvió para contrastar, para medir, la insensibilidad moral de una
generación y de una época.
La solución del problema del indio tiene que ser una solución
social. Sus realizadores deben ser los propios indios. Este concepto conduce
a ver en la reunión de los congresos indígenas un hecho histórico.
Los congresos indígenas, desvirtuados en los últimos años
por el burocratismo, no representaban todavía un programa; pero sus
primeras reuniones señalaron una ruta comunicando a los indios de
las diversas regiones. A los indios les falta vinculación nacional.
Sus protestas han sido siempre regionales. Esto ha contribuido, en gran
parte, a su abatimiento. Un pueblo de cuatro millones de hombres, consciente
de su número, no desespera nunca de su porvenir. Los mismos cuatro
millones de hombres, mientras no sean sino una masa inorgánica, una
muchedumbre dispersa, son incapaces de decidir su rumbo histórico.