7 Ensayos de Interpretación
de la Realidad Peruana
Esquema de la Evolución Económica
V. ECONOMÍA AGRARIA Y LATIFUNDISMO FEUDAL
El Perú, mantiene, no obstante el incremento de la minería,
su carácter de país agrícola. El cultivo de la tierra
ocupa a la gran mayoría de la población nacional. El indio,
que representa las cuatro quintas partes de ésta, es tradicional
y habitualmente agricultor. Desde 1925, a consecuencia del descenso de los
precios del azúcar y el algodón y de la disminución
de las cosechas, las exportaciones de la minería han sobrepasado
largamente a las de la agricultura. La exportación de petróleo
y sus derivados, en rápido ascenso, influye poderosamente en este
suceso (De Lp. 1'387,778 en 1916 se ha elevado a Lp. 7'421,128 en 1926).
Pero la producción agropecuaria no está representada sino
en una parte por los productos exportados: algodón, azúcar
y derivados, lanas, cueros, gomas. La agricultura y ganadería nacionales
proveen al consumo nacional, mientras los productos mineros son casi íntegramente
exportados. Las importaciones de sustancias alimenticias y bebidas alcanzaron
en 1925 a Lp. 4'148,311. El más grueso renglón de estas importaciones,
corresponde al trigo, que se produce en el país en cantidad muy insuficiente
aún. No existe estadística completa de la producción
y el consumo nacionales. Calculando un consumo diario de 50 centavos de
sol por habitante en productos agrícolas y pecuarios del país
se obtendrá un total de más de Lp. 84'000,000 sobre la población
de 4'609,999 que arroja el cómputo de 1896. Si se supone una población
de 5'000,000 de habitantes, el valor del consumo nacional sube a Lp. 91'250,000.
Estas cifras atribuyen una enorme primacía a la producción
agropecuaria en la economía del país.
La minería, de otra parte, ocupa a un número reducido aún
de trabajadores. Conforme al Extracto Estadístico, en 1926 trabajaban
en esta industria 28,592 obreros. La industria manufacturera emplea también
un contingente modesto de brazos (7).
Sólo las haciendas de caña de azúcar ocupaban en 1926
en sus faenas de campo 22,367 hombres y 1,173 mujeres. Las haciendas de
algodón de la costa, en la campaña de 1922-23, la última
a que alcanza la estadística publicada, se sirvieron de 40,557 braceros;
y las haciendas de arroz, en la campaña 1924­p;25, de 11,332.
La mayor parte de los productos agrícolas y ganaderos que se consumen
en el país proceden de los valles y planicies de la Sierra. En las
haciendas de la costa, los cultivos alimenticios están por debajo
del mínimum obligatorio que señala una ley expedida en el
período en que el alza del algodón y el azúcar incitó
a los terratenientes a suprimir casi totalmente aquellos cultivos, con grave
efecto en el encarecimiento de las subsistencias.
La clase terrateniente no ha logrado transformarse en una burguesía
capitalista, patrona de la economía nacional (8).
La minería, el comercio, los transportes, se encuentran en manos
del capital extranjero. Los latifundistas se han contentado con servir de
intermediarios a éste, en la producción de algodón
y azúcar. Este sistema económico, ha mantenido en la agricultura,
una organización semifeudal que constituye el más pesado lastre
del desarrollo del país.
La supervivencia de la feudalidad en la Costa, se traduce en la languidez
y pobreza de su vida urbana. El número de burgos y ciudades de la
Costa, es insignificante. Y la aldea propiamente dicha, no existe casi sino
en los pocos retazos de tierra donde la campiña enciende todavía
la alegría de sus parcelas en medio del agro feudalizado.
En Europa, la aldea desciende del feudo disuelto (9).
En la costa peruana la aldea no existe casi, porque el feudo, más
o menos intacto, subsiste todavía. La hacienda -con su casa más
o menos clásica, la ranchería generalmente miserable, y el
ingenio y sus colcas-, es el tipo dominante de agrupación
rural. Todos los puntos de un itinerario están señalados por
nombres de haciendas. La ausencia de la aldea, la rareza del burgo, prolonga
el desierto dentro del valle, en la tierra cultivada y productiva.
Las ciudades, conforme a una ley de geografía económica, se
forman regularmente en los valles, en el punto donde se entrecruzan sus
caminos. En la costa peruana, valles ricos y extensos, que ocupan un lugar
conspicuo en la estadística de la producción nacional, no
han dado vida hasta ahora a una ciudad. Apenas si en sus cruceros o sus
estaciones, medra a veces un burgo, un pueblo estagnado, palúdico,
macilento, sin salud rural y sin traje urbano. Y, en algunos casos, como
en el del valle de Chicama, el latifundio ha empezado a sofocar a la ciudad.
La negociación capitalista se torna más hostil a los fueros
de la ciudad que el castillo o el dominio feudal. Le disputa su comercio,
la despoja de su función.
Dentro de la feudalidad europea los elementos de crecimiento, los factores
de vida del burgo, eran, a pesar de la economía rural, mucho mayores
que dentro de la semifeudalidad criolla. El campo necesitaba de los servicios
del burgo, por clausurado que se mantuviese. Disponía, sobre todo,
de un remanente de productos de la tierra que tenía que ofrecerle.
Mientras tanto, la hacienda costeña produce algodón o caña
para mercados lejanos. Asegurado el transporte de estos productos, su comunicación
con la vecindad no le interesa sino secundariamente. El cultivo de frutos
alimenticios, cuando no ha sido totalmente extinguido por el cultivo del
algodón o la caña, tiene por objeto abastecer al consumo de
la hacienda. El burgo, en muchos valles, no recibe nada del campo ni posee
nada en el campo. Vive, por esto, en la miseria, de uno que otro oficio
urbano, de los hombres que suministra al trabajo de las haciendas, de su
fatiga triste de estación por donde pasan anualmente muchos miles
de toneladas de frutos de la tierra. Una porción de campiña,
con sus hombres libres, con su comunidad hacendosa, es un raro oasis en
una sucesión de feudos deformados, con máquinas y rieles,
sin los timbres de la tradición señorial.
La hacienda, en gran número de casos, cierra completamente sus puertas
a todo comercio con el exterior: los "tambos" tienen la exclusiva
del aprovisionamiento de su población. Esta práctica que,
por una parte, acusa el hábito de tratar al peón como una
cosa y no como una persona, por otra parte impide que los pueblos tengan
la función que garantizaría su subsistencia y desarrollo,
dentro de la economía rural de los valles. La hacienda, acaparando
con la tierra y las industrias anexas, el comercio y los transportes, priva
de medios de vida al burgo, lo condena a una existencia sórdida y
exigua.
Las industrias y el comercio de las ciudades están sujetos a un contralor,
reglamentos, contribuciones municipales. La vida y los servicios comunales
se alimentan de su actividad. El latifundio, en tanto, escapa a estas reglas
y tasas. Puede hacer a la industria y comercio urbanos una competencia desleal.
Está en actitud de arruinarlos.
El argumento favorito de los abogados de la gran propiedad es el de la imposibilidad
de crear, sin ella, grandes centros de producción. La agricultura
moderna -se arguye- requiere costosas maquinarias, ingentes inversiones,
administración experta. La pequeña propiedad no se concilia
con estas necesidades. Las exportaciones de azúcar y algodón
establecen el equilibrio de nuestra balanza comercial.
Mas los cultivos, los "ingenios" y las exportaciones de que se
enorgullecen los latifundistas, están muy lejos de constituir su
propia obra. La producción de algodón y azúcar ha prosperado
al impulso de créditos obtenidos con este objeto, sobre la base de
tierras apropiadas y mano de obra barata. La organización financiera
de estos cultivos, cuyo desarrollo y cuyas utilidades están regidas
por el mercado mundial, no es un resultado de la previsión ni la
cooperación de los latifundistas. La gran propiedad no ha hecho sino
adaptarse al impulso que le ha venido de fuera. El capitalismo extranjero,
en su perenne búsqueda de tierras, brazos y mercados, ha financiado
y dirigido el trabajo de los propietarios, prestándoles dinero con
la garantía de sus productos y de sus tierras. Ya muchas propiedades
cargadas de hipotecas han empezado a pasar a la administración directa
de las firmas exportadoras.
La experiencia más vasta y típica de la capacidad de los terratenientes
del país, nos la ofrece el departarnento de La Libertad. Las grandes
haciendas de sus valles se encontraban en manos de su aristocracia latifundista.
El balance de largos años de desarrollo capitalista se resume en
los hechos notorios: la concentración de la industria azucarera de
la región en dos grandes centrales, la de Cartavio y la de Casa Grande,
extranjeras ambas: la absorción de las negociaciones nacionales por
estas dos empresas, particularmente por la segunda; el acaparamiento del
propio comercio de importación por esta misma empresa; la decadencia
comercial de la ciudad de Trujillo y la liquidación de la mayor parte
de sus firmas importadoras (10).
Los sistemas provinciales, los hábitos feudales de los antiguos grandes
propietarios de La Libertad no han podido resistir a la expansión
de las empresas capitalistas extranjeras. Estas no deben su éxito
exclusivamente a sus capitales: lo deben también a su técnica,
a sus métodos, a su disciplina. Lo deben a su voluntad de potencia.
Lo deben, en general, a todo aquello que ha faltado a los propietarios locales,
algunos de los cuales habrían podido hacer lo mismo que la empresa
alemana ha hecho, si hubiesen tenido condiciones de capitanes de industria.
Pesan sobre el propietario criollo la herencia y educación españolas,
que le impiden percibir y entender netamente todo lo que distingue al capitalismo
de la feudalidad. Los elementos morales, políticos, psicológicos
del capitalismo no parecen haber encontrado aquí su clima (11).
El capitalista, o mejor el propietario criollo, tiene el concepto de la
renta antes que el de la producción. El sentimiento de aventura,
el ímpetu de creación, el poder organizador, que caracterizan
al capitalista auténtico, son entre nosotros casi desconocidos.
La concentración capitalista ha estado precedida por una etapa de
libre concurrencia. La gran propiedad moderna no surge, por consiguiente,
de la gran propiedad feudal, como los terratenientes criollos se imaginan
probablemente. Todo lo contrario, para que la gran propiedad moderna surgiese,
fue necesario el fraccionamiento, la disolución de la gran propiedad
feudal. El capitalismo es un fenómeno urbano: tiene el espíritu
del burgo industrial, manufacturero, mercantil. Por esto, uno de sus primeros
actos fue la liberación de la tierra, la destrucción del feudo.
El desarrollo de la ciudad necesitaba nutrirse de la actividad libre del
campesino.
En el Perú, contra el sentido de la emancipación republicana,
se ha encargado al espíritu del feudo -antítesis y negación
del espíritu del burgo-la creación de una economía
capitalista.