7 Ensayos de Interpretación
de la Realidad Peruana
Esquema de la Evolución Económica
II. LAS BASES ECONÓMICAS DE LA REPÚBLICA
Como la primera, la segunda etapa de esta economía arranca de un
hecho político y militar. La primera etapa nace de la Conquista.
La segunda etapa se inicia con la Independencia. Pero, mientras la Conquista
engendra totalmente el proceso de la formación de nuestra economía
colonial, la Independencia aparece determinada y dominada por ese proceso.
He tenido ya -desde mi primer esfuerzo marxista por fundamentar en el estudio
del hecho económico la historia peruana- ocasión de ocuparme
en esta faz de la revolución de la Independencia, sosteniendo la
siguiente tesis: "Las ideas de la revolución francesa y de la
constitución norteamericana encontraron un clima favorable a su difusión
en Sudamérica, a causa de que en Sudamérica existía
ya aunque fuese embrionariamente, una burguesía que, a causa de sus
necesidades e intereses económicos, podía y debía contagiarse
del humor revolucionario de la burguesía europea. La Independencia
de Hispanoamérica no se habría realizado, ciertamente, si
no hubiese contado con una generación heroica, sensible a la emoción
de su época, con capacidad y voluntad para actuar en estos pueblos
una verdadera revolución. La Independencia, bajo este aspecto, se
presenta como una empresa romántica. Pero esto no contradice la tesis
de la trama económica de la revolución emancipadora. Los conductores,
los caudillos, los ideólogos de esta revolución no fueron
anteriores ni superiores a las premisas y razones económicas de este
acontecimiento. El hecho intelectual y sentimental no fue anterior al hecho
económico".
La política de España obstaculizaba y contrariaba totalmente
el desenvolvimiento económico de las colonias al no permitirles traficar
con ninguna otra nación y reservarse como metrópoli, acaparándolo
exclusivamente, el derecho de todo comercio y empresa en sus dominios.
El impulso natural de las fuerzas productoras de las colonias pugnaba por
romper este lazo. La naciente economía de las embrionarias formaciones
nacionales de América necesitaba imperiosamente, para conseguir su
desarrollo, desvincularse de la rígida autoridad y emanciparse de
la medioeval mentalidad del rey de España. El hombre de estudio de
nuestra época no puede dejar de ver aquí el más dominante
factor histórico de la revolución de la independencia sudamericana,
inspirada y movida, de modo demasiado evidente, por los intereses de la
población criolla y aun de la española, mucho más que
por los intereses de la población indígena.
Enfocada sobre el plano de la historia mundial, la independencia sudamericana
se presenta decidida por las necesidades del desarrollo de la civilización
occidental o, mejor dicho, capitalista. El ritmo del fenómeno capitalista
tuvo en la elaboración de la independencia una función menos
aparente y ostensible, pero sin duda mucho más decisiva y profunda
que el eco de la filosofía y la literatura de los enciclopedistas.
El Imperio Británico, destinado a representar tan genuina y trascendentalmente
los intereses de la civilización capitalista, estaba entonces en
formación. En Inglaterra, sede del liberalismo y el protestantismo,
la industria y la máquina preparaban el porvenir del capitalismo,
esto es del fenómeno material del cual aquellos dos fenómenos,
político el uno, religioso el otro, aparecen en la historia como
la levadura espiritual y filosófica. Por esto le tocó a Inglaterra
-con esa clara conciencia de su destino y su misión históricas
a que debe su hegemonía en la civilización capitalista-, jugar
un papel primario en la independencia de Sudamérica. Y, por esto,
mientras el primer ministro de Francia, de la nación que algunos
años antes les había dado el ejemplo de su gran revolución,
se negaba a reconocer a estas jóvenes repúblicas sudamericanas
que podían enviarle "junto con sus productos sus ideas revolucionarias"
(2), Mr. Canning, traductor y
ejecutor fiel del interés de Inglaterra, consagraba con ese reconocimiento
el derecho de estos pueblos a separarse de España y, anexamente,
a organizarse republicana y democráticamente. A Mr. Canning, de otro
lado, se habían adelantado prácticamente los banqueros de
Londres que, con sus préstamos -no por usurarios menos oportunos
y eficaces-, habían financiado la fundación de las nuevas
repúblicas.
El Imperio español tramontaba por no reposar sino sobre bases militares
y políticas y, sobre todo, por representar una economía superada.
España no podía abastecer abundantemente a sus colonias sino
de eclesiásticos, doctores y nobles. Sus colonias sentían
apetencia de cosas más prácticas y necesidad de instrumentos
más nuevos. Y, en consecuencia, se volvían hacia Inglaterra,
cuyos industriales y cuyos banqueros, colonizadores de nuevo tipo, querían
a su turno enseñorearse en estos mercados, cumpliendo su función
de agentes de un imperio que surgía como creación de una economía
manufacturera y librecambista.
El interés económico de las colonias de España y el
interés económico del Occidente capitalista se correspondían
absolutamente, aunque de esto, como ocurre frecuentemente en la historia,
no se diesen exacta cuenta los protagonistas históricos de una ni
otra parte.
Apenas estas naciones fueron independientes, guiadas por el mismo impulso
natural que las había conducido a la revolución de la Independencia,
buscaron en el tráfico con el capital y la industria de Occidente
los elementos y las relaciones que el incremento de su economía requería.
Al Occidente capitalista empezaron a enviar los productos de su suelo y
su subsuelo. Y del Occidente capitalista empezaron a recibir tejidos, máquinas
y mil productos industriales. Se estableció así un contacto
continuo y creciente entre la América del Sur y la civilización
occidental. Los países más favorecidos por este tráfico
fueron, naturalmente, a causa de su mayor proximidad a Europa, los países
situados sobre el Atlántico. La Argentina y el Brasil, sobre todo,
atrajeron a su territorio capitales e inmigrantes europeos en gran cantidad.
Fuertes y homogéneos aluviones occidentales aceleraron en estos países
la transformación de la economía y la cultura que adquirieron
gradualmente la función y la estructura de la economía y la
cultura europeas. La democracia burguesa y liberal pudo ahí echar
raíces seguras, mientras en el resto de la América del Sur
se lo impedía la subsistencia de tenaces y extensos residuos de feudalidad.
En este período, el proceso histórico general del Perú
entra en una etapa de diferenciación y desvinculación del
proceso histórico de otros pueblos de Sudamérica. Por su geografía,
unos estaban destinados a marchar más de prisa que otros. La independencia
los había mancomunado en una empresa común para separarlos
más tarde en empresas individuales. El Perú se encontraba
a una enorme distancia de Europa. Los barcos europeos, para arribar a sus
puertos, debían aventurarse en un viaje larguísimo. Por su
posición geográfica, el Perú resultaba más vecino
y más cercano al Oriente. Y el comercio entre el Perú y Asia
comenzó como era lógico a tornarse considerable. La costa
peruana recibió aquellos famosos contingentes de inmigrantes chinos
destinados a sustituir en las haciendas a los esclavos negros, importados
por el Virreinato, cuya manumisión fue también en cierto modo
una consecuencia del trabajo de transformación de una economía
feudal en economía más o menos burguesa. Pero el tráfico
con Asia, no podía concurrir eficazmente a la formación de
la nueva economía peruana. El Perú emergido de la Conquista,
afirmado en la Independencia, había menester de las máquinas,
de los métodos y de las ideas de los europeos, de los occidentales.